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ORDENAR
LA BIBLIOTECA
Jesús Aguirre. El País, lunes 24
de septiembre de 1990.
Convendría, en verano,
ordenar la biblioteca. Precisamente porque no se está en
casa y es imposible, por tanto, cualquier fatiga que no sea
mental y todo deleite que riegue fuera de la mente. Los
desperfectos en lomos y guardas se desvanecen en la distancia;
no así la lisura con nervios de las encuadernaciones.
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Un
único criterio resultara impracticable. El alfabético
por autores, desde luego que nunca. Jaima Gil de Biedma
quedaría, en tal caso, al alcance de Juan Goytisolo.
Podría, sí, jugarse con esta ordenación
tomando la primera letra del nombre de pila por la del apellido
para acercar Juan Benet a Benito Pérez Galdós.
(Bien es verdad que el genial autor de Episodios nacionales no
escribió mayormente ensayos; vale como novelista). Julien
Green sí que estaría cómodo, sobre todo
ahora que –a la vejez viruelas– estropea sus
enemigas sonsacándoles a posteriori su misterioso meollo,
en el vecindario de André Gidé; y este inquilino
en la calle Vaneau también gustaría, por lo del
callejero parisiense, colocarse un poquito a la vera de Paul
Valéry, a quien ayudó a expirar
ininteligiblemente. Por justicia, debieran reflejarse todas las
pecas de Juan García Hortelano sobre las espaldas del
eximio y mal comprendido lingüista Batistesa, enemigo que
fue de Vanesa, la perra de doña Victoria Ocampo.
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Según
temas: ¡qué alteración de nuestras horas,
que mezclan la lectura de biografías con la de filosofía,
y la de poemas con la de estudios políticos! De alguna
manera hay que sobreponerse al despotismo de que de día
sea siembre de día y noche siempre por la noche. Los
colores constituyen un principio válido a lo sumo por una
estación. ¿Quién soporta acumulación
de rojos rebajados en primavera? ¿O qué nostalgia
del otoño, que sin duda es la irremediable nostalgia
periódica, propugnarían en otras temporadas los
volúmenes que provocan llamada de hoja caída, si
son de tonalidad verdosa, o incendio de los oros, cuando el
editor o el encuadernador se ha dado a la aventura del amarillo?
Por nada del mundo me enfrentaría a las esquelas
(mortuorias, en cierto rotativo sevillano) en que se unirían,
plañideros, los misales, rituales y demás
compilaciones devotas.
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Nunca
tendré problemas con los contigüidades de los
productos de Fernando Savater. A más de por cariño,
por supuesto que también por mi tranquilidad personal,
tomé hace tiempo la resolución de no adquirir
ninguno escrito por sus enemigos; ésos los hojeo, de pie,
en librerías de dueños y regentes desconocidos.
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No
ha de olvidarase que una biblioteca es la biografía más
fiel y minuciosa que jamás podría redactarse de su
propietario. Vayamos, en consecuencia, con pies de plomo. Puesto
que al ordenarla podemos topar, insensatamente, con la cifra de
una afición desechada o con una de esas que hoy
consideramos puro descarrío. O lo que peor fuera, volver
a tener entre manos pasiones soterradas porque hacen aún
mucha pupa. ¿Con qué ánimo sostendría
yo la edición, inconclusa por cierto de las obras de
Guillermo de Ockham, si hace siglos que no me ocupo de
cataclismos lógicos? ¿Qué decisión
inquietante habría de adoptar, ahora que ya no soy
editor, tras el reencuentro con la poesía de Pierre
Réverdy o de Paul Celan, que apenas llenan ejemplares
delgadísmos con su contenido de láminas de acero
que corta y quema; o de los testimonios extraviados, de una
altura literaria tan inasequible como ignorada, de Víctor
Ségalen? No son éstos tiempos de incumplibles
propósitos de enmienda. Porque arrepentirnos sí
que podemos cara a nuestras debilidades de juventud; de espaldas
al endurecimiento de la madurez, carece siempre el
arrepentimiento de eficacia. A no ser que la ejecución de
ésta aboque a la destrucción. Bajo presión
fuerte o ladina, se deslizará siempre la sugerencia
tramposa de que debiéramos distanciar los originales de
las traducciones de los originales. Don Marcelino Menéndez
Pelayo, primer director competente de nuestra primera
biblioteca, no se avendría al engaño. Mantuvo sin
remilgos que prefería, desde una fundada estimativa
literaria, la versión de nuestro Boscán, también
preceptor y un poco diplomático, al texto italiano de
Baltasar de Castiglione. A mis oídos, la Oda a los
mártires de la guerra española resuena menos
ampulosa en la versión de Jorge Guillén en la base
original de Paul Claudel. ¿Y qué hacer con
Vladimir Nabokov, si poseemos, tal es debido, textos en lenguas
diversas, todos ellos escritos por el ruso?
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So
capa de utilitarismo a favor de una comodidad engañosamente
vacilante, la de las chimeneas sin muchos leños, Manuel
Vázquez Montalbán arroja a éstas libros y
más libros. Piromanía laica que, según dije
en artículo publicado en este mismo diario, había
sido practicada por un obrero en la Francia de los años
veinte con amplio eco de comentarios, incluidos los de Louis
Ferdinand Céline. Decididamente no soy partidario de
tales crepitaciones. Las virtudes de una biblioteca resaltan
entre sus dislates, tal la naranja en la canción de
cuando éramos chicos, “como la más hermosa
entre las feas”. O dicho en términos de biblia:
“Soy negra, más hermosa”. Porque yo sí
quiero seguir teniendo biblioteca. Mi única revolución
continúa siendo la que imposible ha sido para todos.
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Por
fortuna, no hay que ocuparse de manuscritos y recortes de
prensa. Los primeros, de los demás y míos, sestean
en cajones. Los segundos obran en un archivo de secretaría,
salvo los que me son hondamente dilectos. Pongo por caso los
dardos en la palabra, de Fernando Lázaro Carreter, la
saga memoriosa que Pablo Beltrán de Heredia ha dado,
sobre Caneja, el oftalmólogo, al Diario Montanés,
las églogas o más bien idilios de Maruja Torres
doquier, y algunos artículos, en catalán muy fino,
de Eric Bruguera. La videoteca es otro cantar. De mis videos
agrarios, la reina es Regina Farré.
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Revelaré
un secreto que lo es a medias, porque abriga una aspiración
muy extendida. La biblioteca es la única estancia de la
cada, de la que una mañana, con la prensa tediosa que nos
trae precisamente el lechero, pueden anunciarnos haberse hallado
en ella tendido por los suelos, atragantado con una separata de
comunicología o colgado sañudamente de la nueva
edición crítica de Saint-Simon, por fin y al cabo,
un cadáver suculento, o asentado con negligencia fingida
sobre una pila de almanaques de Gotha, el persistente fantasma
de un lector indiscreto. Un cadáver de nuestro cuarto, en
el rincón de cualquier pasillo, daría en
ordinariez menos llevadera que otras; un fantasma en el
dormitorio constituiría, desde luego, indiscreción
de menor cuantía, mas nos obligaría a saludar
antes del desayuno. ¡Bastante tenemos con llegar desde la
cama al baño, desde éste a la ventana por indagar
temperatura y pluviosidad o sequera externas, y desde este
suspiro contrariado a la mesita volandera que nos ofrece el
primer brebaje! Hasta después de haberlo saboreado, decir
algo equivale a perpetrar pecado casi capital de soberbia a la
vida.
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