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- Pasado y presente de las
Bibliotecas Populares
Por Rodrigo Alcorta (*)
“Nadie lee en aldea o provincia”, se quejaba Sarmiento en 1833, trece
años después de promulgada la Ley 419 que creó, por iniciativa suya y
durante su presidencia, la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares.
“Apenas se reflexiona sobre los motivos que retardan el progreso
intelectual de nuestras poblaciones”, advertía. Según él, la carencia o
casi nula circulación de libros en provincias era una causa del atraso.
“Ciudades principales como Tucumán, Salta y otras, a pesar de su
población y riqueza respectivas, no tienen hasta hoy una biblioteca
pública; y les faltan hasta las librerías, donde pueda hacerse la
adquisición del libro”.
Pese a sus esfuerzos, la escasez de bibliotecas y la ausencia de hábitos
de lectura poco habían cambiado en provincias durante los cincuenta
transcurridos entre los días de su juventud en San Juan y los de su
ancianidad en Buenos Aires.
“Viví en mi provincia en época en que sólo seis personas teníamos
hábitos de leer; pudiera nombrarlas”. Las mujeres no leían una hoja de
papel en su vida, “Esa era la América de entonces, y ya sabemos hasta a
dónde ha dejado de serlo”.
El ejemplo de Franklin
Su interés por las bibliotecas populares, rayano en la obsesión, se
remonta a 1841 cuando en sus primeros artículos en los periódicos
chilenos elogió la tarea de la Sociedad de Lectura y a Benjamín
Franklin, su creador.
Preocupado por la escasez de libros y de hábitos de lectura en
Filadelfia y conocedor de las asociaciones de lectura y los clubes del
libro que funcionaban en Inglaterra, Franklin había fundó allí en 1731,
la Library Company of Philadelphia, la primera biblioteca pública
sostenida con aportes de los vecinos y de carácter asociativo. Ciento
treinta años después esa biblioteca reunía 800.000 volúmenes.
Cada persona interesada en la lectura debía contribuir con una cuota
inicial de 40 chelines para la compra de libros y después con 10
chelines mensuales durante cincuenta años. La propuesta de Franklin fue
apoyada por cien suscriptores. El ejemplo se propagó a otras ciudades.
“Nuestra biblioteca por suscripción fue madre de las que existen en la
América Septentrional actualmente. Estos establecimientos han
contribuido a que la conversación sea más instructiva, a derramar entre
los mercaderes y hacendados tantas luces como las que en otros países
hay, entre las personas que han recibido educación”, escribió Franklin.
Sarmiento encontró allí la matriz del modelo basado en la cooperación y
en la ayuda mutua que aspiraba transplantar adaptado a aquel desierto
argentino donde todo estaba por hacer. Pedro Quiroga también se inspiró
en esa idea y de modo más directo, según Sarmiento, en las del francés
Eduardo Laboulaye cuando fundó en 1865 la Sociedad Bibliófila de San
Juan, antecedente directo de la Sociedad Franklin fundada a comienzos de
1866.
“Si cada uno de nosotros tiene un volumen y lo pone en comunidad
tendremos doce volúmenes para cada uno. Pongamos cien, doscientos,
trescientos y tendremos cada uno cien, doscientos, trescientos volúmenes
a nuestra disposición”, argumentó el doctor Quiroga para entusiasmar al
núcleo fundador.
Unirse para ser fuertes
Inspirado en Tocqueville, Sarmiento pensaba que en sociedades
aristocráticas los poderosos no necesitan “unirse para actuar porque
solos son fuertes”. Pero en las democráticas, los ciudadanos aislados y
enfrentados son débiles. Todos caen en la impotencia, si no aprenden a
ayudarse libremente”,
Sarmiento no ignoraba las limitaciones materiales y la casi nula
tradición democrática y asociativa de nuestro país: contaba con tales
carencias.
De allí que su modelo de biblioteca popular consistía en complementar la
acción constante del Estado con las energías y las incipientes
iniciativas sociales encaminadas a constituir bibliotecas autónomas y
pluralistas.
Estaba claro que la educación era una de las condiciones necesarias para
remover el atraso y la ignorancia. Comprendía que educación pública y
biblioteca pública, aunque sin confundirse, debían marchar de la mano.
Escuela y biblioteca “son el alfa y el omega del sistema”. Hacia el
final de su vida, su experiencia le dará más contundencia a sus
palabras: “La civilización de la América del Sur está ahí, en ligar la
escuela con el libro”.
Sarmiento se anticipó en formular aquel ideal republicano sintetizado
por Jules Ferry, según el cual se puede hacer todo por la escuela o por
la universidad “pero si después no hay bibliotecas, no se habrá hecho
nada”.
Las escuelas piden libros
La lenta y dificultosa expansión de nuestras bibliotecas públicas es una
consecuencia de la generalización de la escuela pública, del ensanche de
universo de persona con capacidad de leer y escribir y de una mayor
demanda de lectura.
“Los libros piden escuelas, las escuelas libros”, añade Sarmiento. El
derecho a la educación quedaría mutilado sino fuera acompañado del
correlativo derecho a tener a los libros adecuados.
El Estado tiene el deber de garantizar la educación pública y también la
obligación de cooperar en el mantenimiento de las bibliotecas públicas o
populares, sin que sus aportes pongan en riesgo su autonomía y su
pluralismo.
Las bibliotecas populares se expandieron a partir de 1870, gracias al
impulso dado por Sarmiento durante su presidencia. Entre 1872 y 1876 se
abrieron 128 bibliotecas. Seis años después de creada la Comisión y, al
suspender el Estado sus aportes, la mayoría terminó muriendo. Hacia 1895
de las 120 bibliotecas sólo que daban en pie 15.
La recuperación tardó en llegar. De 262 bibliotecas existentes en 1914,
en el país, pasamos a las 1.177 en 1926. En 1947, incluyendo todo tipo
de bibliotecas inclusive las de organismos del Estado nacional, sumaban
2.400.
A partir de 1914 marchaban de la mano sociedades barriales y bibliotecas
populares encaradas no sólo como centros culturales, sino como amplios
espacios de sociabilidad y recreación.
Difundir y consolidar bibliotecas debe ser uno de los objetivos
estratégicos del país. La promoción de las bibliotecas populares formó
parte de una política de Estado, como lo demuestra el interés
gubernamental demostrado con la creación de la Comisión Protectora en
1870.
Los nuevos desafíos
Debe serlo en virtud de que ellas componen la demanda de nuevos
servicios derivados de su crecimiento demográfico y su expansión urbana.
Tanto la información y los conocimientos como los libros que los
contienen y las bibliotecas que los acumulan, los hacen accesibles y los
distribuyen son necesidades básicas de nuestra sociedad.
Nuestra vasta red de bibliotecas populares conforma una plataforma desde
la cual es posible responder a los complejos desafíos de la sociedad de
la información, incorporando las tecnologías y, a partir de nuestra rica
historia, mejorar sus servicios y expandir su horizonte.
La demanda de libros y lectura merece ser considerada en el mismo rango
que las referidas al agua potable, luz, pavimento, escuela y centros
asistenciales o deportivos. A fines del siglo XIX las bibliotecas
populares fueron instrumentos para erradicar el analfabetismo. A
comienzos del siglo XXI deben ser herramientas para cerrar el paso al
nuevo analfabetismo.
El actual reto es tender un puente que nos permita pasar de la
biblioteca tradicional a la biblioteca moderna; de la biblioteca
rutinaria a la biblioteca creativa y eficiente; de la biblioteca aislada
a la biblioteca abierta y vinculada; de la biblioteca del siglo XIX y XX
a la del siglo XX. Una biblioteca popular moderna por barrio, un libro
por habitante, debe ser uno de los ejes de la recuperación argentina.-
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(*) Periodista especializado en temas culturales.