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El
encanto de los libros
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(Especial para LA PRENSA) Madrid 1935. Hay
varias clases de bibliotecas. Están
las grandes, copiosas, ordenadas, con toda c1ase de libros
antiguos y modernos. Están las reducidas y un tanto
caóticas. Las primeras se hallan instaladas en salas a
propósito. Los estantes son de maderas preciosas. Si la
madera es vulgar, una brillante pintura las cubre. Las
modernas son ya de hierro.
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Tienen
los estantes cristales diáfanos, o los cierran espesa
tela de alambre. En la colocación de los volúmenes
se ha seguido un riguroso orden científico. Sabe el
lector que la bibliografía ha llegado a extremos de rigor
sumo. Se publican revistas especiales sobre la materia y se
reúnen congresos internacionales de bibliotecarios. En
las grandes bibliotecas los libros se hallan según reglas
y ordenanzas peculiares. No se puede sufrir en esas bibliotecas
la menor inadvertencia. Lo negligente se halla totalmente
excluido de 1a ciencia bibliográfica. Entrar en una
biblioteca de éstas es como entrar en un imponente
santuario. Si hay libros traviesos, arriscados, desenvueltos,
aquí se ven en la obligación de perder su
frivolidad nativa. La seriedad se impone a todo. Entramos en
estas bibliotecas con pasos atentados; y tras diversos trámites,
pónese a nuestra disposición un libro. La sala es
vasta, clara, fresca en verano, templada en invierno. Los libros
no se ven. En las farmacias modernas no se ven tampoco las
drogas. Nos hallamos en una biblioteca como si pudiéramos
hallarnos en la antecámara. de un ministro o en el
gabinete de un matemático. Nada trasciende a libros. En
torno a nosotros, sospechamos una rigidez que se impone a
nuestro espíritu.
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¿Y
qué hacemos con el libro? ¿Cómo lo vamos a
leer? ¿Es que este libro de 1a gran biblioteca nos
entrega su espíritu? ¿Es que nosotros podemos
entregarnos a él? Lo leemos como se lee una instrucción
para hacer alguna cosa: el reglamento de ferrocarriles o los
estatutos de una sociedad industrial. Lo leemos para saber, no
para gozar. Lo vamos leyendo y vamos anotando lo que deseamos
conocer. Hemos venido a 1a biblioteca a cumplir una misión.
Si trajimos el deseo de delectación pura, eso parece,
entre estas austeras paredes, un enorme absurdo. Lejos de
nosotros la idea más leve de fruición. Los
aficionados que mariposean sobre los 1ibros, leyendo acá
y allá, dejando uno y tomando otro, no deben entrar en
estos ámbitos doctos. Son estas bibliotecas para los que
ansían a toda costa estar bien orientados. No se publica
1ibro importante en el mundo que no sea pedido para tales
bibliotecas. Vienen hasta estas salas los volúmenes
nuevos de un modo periódico y sistemático. No
puede faltar el libro nuevo en estas bibliotecas, como no puede
faltar, al terminar la noche, el sol rabicundo y esplendente. El
lector puede sentirse descansado. En estas bibliotecas le será
servido todo cuanto desee. Y el lector, el 1ector libre, e1
lector caprichoso, lo que desea es leer entregándose a1
libro, leer desinteresadamente, leer sin propósito de
aprender nada. Y esto no puede hacer en estas bibliotecas.
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En
el extremo opuesto de tales sabios almacenes de 1ibros se hallan
las bibliotecas reducidas y formadas al azar. Nada en ellas es
sistemático. Ni siquiera existe catálogo de los
libros que en sus anaqueles reposan. Los libros han ido viniendo
aquí por casualidad. El dueño de la biblioteca es
un bibliófilo andariego que a lo largo de su vida ha ido
reuniendo unos millares de volúmenes. En los puestos de
libros viejos, en las tiendecillas oscuras de los libreros de
lance, en la librería de una estación, en casa de
un amigo generoso, un día tras otro, han sido escogidos
todos estos vo1úmenes. El dueño de 1a biblioteca
divaga a la ventura por las calles. Sale de su casa y no lleva
propósito de comprar libros. Libros tiene ya muchos. Se
amontonan en los rincones, sobre las sillas, en las mesas, en
1os pasil1os, en los diversos aposentos de la casa. La
biblioteca ya está repleta y parece que desborda
volúmenes por todos los ámbitos de la morada. No
quiere adquirir ya más libros el bibliófilo
callejero. Pasea gratamente por 1as calles. Al retorno no traerá
los bolsillos abultados por dos o tres vo1úmenes. De
pronto, aparece un puestecillo de libros viejos. Se acerca el
bibliófilo distraídamente. Mirar no cuesta nada. Y
apenas ha tomado un libro en la mano, el propósito
desaparece. Si salió de casa sin ánimo de compara
un volumen, ya no puede resistir a la tentación. Tras un
libro examina febrilmente otro. Todos van pasando por sus manos,
y al fin, dos o tres son embutidos en la faltriquera. El
bibliófilo los ha mirado y remirado bien. Se ha fijado en
cómo están impresos.
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Ha
advertido lo que pesan. Hasta el olfato ha intervenido en esta
gran operación. La humedad o la sequedad del libro tienen
sus olores especiales.
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Toda la
persona, en suma, toma parte en este amor al libro. Existe una
enorme distancia entre el bibliófilo apasionado y el otro
bibliófilo en frío, que en su despacho lujoso
recibe catálogos de los grandes libreros de París
y o Londres y luego, al cabo de unos días, según
sus indicaciones postales o telegráficas, recibe los
libros. El primer bibliófilo vive intensa y amorosamente
con sus libros. Las manos, los ojos, el olfato y el inte1ecto se
hacen una piña con el volumen. El fluido nervioso del
bibliófilo impregna las páginas del 1ibro. Lleva
este bibliófilo el volumen en el bolsillo y lo va
apretando amorosamente contra su persona. El libro así
tratado, así querido, debe sentirse también
solidario con su dueño. El otro bibliófilo se
muestra distante y correcto. Sus contactos con el libro son
diplomáticos. El libro debe sentirse cohibido. Ya en la
casa, ya en su biblioteca, el bibliófilo apasionado saca
el libro del bolsillo y lo vuelve a examinar cuidadosamente. Lo
sopesa como se sopesa un fruto gustoso. Todo lo que tiene de
íntimo este libro, él lo revela con mucho gusto al
lector. Lector y libro se ríen de la rigidez, de la
sistematización y de la ciencia de las grandes
bibliotecas. La obra de arte es producto de la irregularidad. No
puede haber norma regular para la gestación artística.
La obra genial se produce cuando quiere. Y si la gestación
es libre e inesperada, ¿por qué el libro,
resultado de esa gestación, no ha de ser leído
también de un modo irregular y caprichoso?
Las
lecturas que se hacen para saber no son en realidad lecturas.
Las buenas, las fecundas, las placenteras, son las que se hacen
sin pensar que vamos a instruirnos. Poco a poco, los libros a lo
largo de los años, de muchos años, han ido
amontonándose en la casa del bibliófilo
aventurero. Todos los ha leído el bibliófilo. De
todos puede dar señas minuciosas. Como un campesino
conoce el fondo y estiaje del menor regato o arroyo de su
tierra, así el bibliófilo ocasional puede decir
cuál es la existencia o cuál la falla de un libro.
En discreta conversación, confidencialmente, sintiendo
por los libros un vivo amor, el bibliófilo nos irá
describiendo las particularidades de sus libros.
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Es
verdad que tal libro tiene pasajes magníficos; pero
también lo es que en tal o cual pasaje, en este o el otro
camino, el autor flaquea. No siente indignación el
bibliófilo al hacer esta incubación confidencial.
Su indulgencia se extiende a todo. No en balde ha llevado él
durante horas, desde 1a librería hasta su casa, como se
lleva un niño, este volumen de que ahora, habla.
Paternalmente, el bibliófilo sabe disculpar los defectos
de sus libros. ¿Y dónde irán a parar con el
tiempo los libros del bibliófilo callejero?
Todos
estos libros reunidos aquí a lo largo de veinte, de
treinta, de cuarenta años, ¿quién los
poseerá luego? Las grandes bibliotecas, las bibliotecas
de los bibliófilos ricos, imponen a los compradores. Como
todo en ellas es lujoso y sistemático, los libros se
sienten realzados. Tienen en ellas los libros mucho más
valor que en otras partes. Las ventas de estas bibliotecas se
hacen por catálogos. El anuncio pomposo precede a las
enajenaciones. En el mundo de los bibliófilos se produce
viva emoción. ¡Qué lejos de todo esto está
la dispersión de una biblioteca humilde! Los libros que
figuren en ella son todos libros curiosos. Pero su curiosidad es
distinta de la que atrae a los aficionados en las bibliotecas
suntuosas. ¿Qué puede interesar a un hombre
inteligente un libro de gineta del siglo XVI o la relación
de las fiestas regias que en el siglo XVII celebrara tal o cual
ciudad. Los grandes bibliófilos sienten pasión por
estos libros. En cambio, los libros verdaderamente curiosos que
figuran en las bibliotecas modestas no alcanzan nunca precios
elevados. Y sin embargo, estos volúmenes nos ofrecen
aspectos de arte y de curiosidad que no encontraríamos en
otros volúmenes. No se hallan estos volúmenes en
las librerías. Si los buscáramos, no podríamos
encontrarlos. No nos darían razón de ellos ni los
libreros más expertos. Aquí están, a
nuestra disposición. ¿Qué será de
estos millares de volúmenes? La muerte va a dispersarlos.
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Representan
todos afanes y anhelos sin cuento. Tan calladamente como han
venido se marcharán. Un día, un librero de lance
vendrá por ellos. Dará una suma irrisoria y se los
llevará, bárbara y rudamente metidos en capazos o
sacos. La vida es así.
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