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METÁFORA DE LOS LIBROS
José Edmundo Clemente. La Prensa, Buenos Aires, 26 de Octubre de 1969.

Trabajo escrito especialmente para “La prensa”,
en ocasión del centenario de su fundación.

Escritor argentino, especializado en la conjunción de arte y ciencia que representan la bibliotecografía y la biblioteconomía; conocedor avezado de la psicología del lector y mentor de su estética en algún libro premiado. Director de eseñanza de bibliotecarios, vicedirector de la Biblioteca Nacional y asesor editorial, ha tratado en otros libros los temas esenciales de la literatura, y el ensayo, en particular. Ha anotado y comentado el “Martín Fierro” y facilitado una ordenación del pensamiento estético de Ortega. Colaborador asiduo de diarios y revistas, sus versados artículos contribuyen al conocimiento general de su especialidad.

Siempre recurrimos a nuestras manos en los momentos de mayor peligro; ellas nos aferran en seguida a la seguridad de las cosas. Son la expresión práctica –o desesperada– de nuestro instinto principal. Luego, ya en circunstancias menos urgentes, la confianza en las manos continúa atenta. Todo lo que no alcanzan a tomar entre sus dedos nos parece meramente imaginativo, apartado de nuestra codicia febril. Las manos son cómodas pinzas para atrapar la realidad, cuya etimología deriva, precisamente, de rei, res, cosa, objeto trdimensional; táctil. De ahí que al mundo de los sentidos corresponda la evidencia del triunfo –y la sensualidad de los triunfadores–, y que los llamados gobiernos fuertes se obstinen en la demagogia de las obras públicas; esa forma irrefutable del poder. Y de la nostalgia. Porque el tiempo demuestra pronto que la materia cumple un ciclo biológico casi tan breve como el brazo que la trabaja; que la verdadera historia del hombre no está hecha con simples cosas. Con el impulso interior que las trasciende y justifica: con la palabra –verbo– que las prestigia, aún más alla de la palabra misma. Desde su última metáfora.

Troya fue destruída varias veces antes que llegaran los griegos; y otras más, después. Dörpfeld cuenta siete hasta encontrar la definitiva. Ninguna de esas caídas violentas, precedidas de grandes depredaciones y continuadas de incendios totales, tienen vigencia en la imaginación humana. Sólo aquella cantada por Homero emerge de la distancia y del olvido con la frescura de una fecha reciente. Aqueos y troyanos siguen moviéndose en un escenario macizo poblado de picas, arcos y espadas, después de treinta siglos, en miles y miles de sucesivas ediciones. Que la “Ilíada” escrita por un griego concluya con el triunfo de los aqueos era previsible, aunque no resulte ahora fundamental. La poesía carece de fronteras alambradas. El nacionalismo no le impide a Homero destacar, por encima del temperamental Aquiles, la figura sencilla y heroica de Héctor, príncipe de los troyanos: el mejor de los enemigos. De esa grandeza, alta como la luz de su hstoria, viene la brillante cultura helena que tanto nos asombra y que ostenta como heráldica este libro magistral.

Homero nunca supuso que también dejaba sueltos los hilos de una metáfora futura; una metáfora que habría de doblar al revés la apoteosis de sus compatriotas. Ella resulta eficaz y contrastada si tenemos en cuenta que el personaje ejecutor cruza casi inadvertido el texto homérico hasta tomar dimensión preponderante en una obra de Virgilio. La suerte había sido echada entonces. El troyano Eneas se aleja furtivamente de las últimas páginas de la “Ilíada” y ya empiezan a correr los días en que el oscuro cónsul Lucio Mummio convertirá a la grande Grecia en una modesta provincia romana con el desconocido nombre de Acaya. Cuando los hechos alcancen a la metáfora, Troya resultará vencedora de sus vencedores y la “Eneida” un símbolo literario más allá de la atribuida imitación de la “Odisea”, o la oficiosa traducción de dioses griegos a la nominación latina. O la interesada obsecuencia del poeta hacia Octavio Augustus, el hombre que hizo de Roma una voluntad indiscutida.

De Troya vino esa voluntad. Eneas transforma su destierro obligado en meta definitiva, donde “su ilustre posteridad someterá un día a sus leyes a todos los pueblos que el Sol alumbra” (En.; VII, 100). Virgilio construye su patria de una leyenda y la apoya en un libro para que el comienzo sea igualmente mágico y venturoso; como ironía oblicua toma un guerrero de antecedente homérico (“De los dardanios era caudillo Eneas, valiente hijo de Anquises, de quien lo tuvo la divina Afrodita después de que la diosa se unió con el mortal en un bosque del Ida” (Il.; II, 819). Afrodita, Venus: amor. Siempre amor. Las palabras se reflejan mutuamente e inviertan su grafía biselada. Amor-Roma. En el comienzo fue la pasión. Un laborioso porvenir empuja a Eneas y a sus descendientes, porque un Imperium del ancho de cinco siglos se prepara cuando aquél pone sus pies en el Lacio y el río Tíber le da la bienvenida: “Oh, príncipe salido de la sangre de los dioses y tan esperado en estas riberas, puesto que debe renacer por ti Ilion en estos países…” (En.; VIII, 40). La Nueva Ilion dará pronto sus leyes “a todos los pueblos que el Sol alumbra” y todos los caminos convergirán en Roma, porque todos los caminos partirán de Roma, como parten del Sol las flechas tensas de su fuego.

Las cosas se miden con las cosas. En la prosperidad creciente del Imperio, poco interesaba que unos cuantos alborotadores hablaran de la bienaventuranza de los pobres, de la igualdad de los hombres; del amor al prójimo, de la paz y del arrepentimiento. Roma era sólida como las sólidas columnas de sus palacios y la realidad todavía era abundante e inmediata. Sin embargo, algo empezaba a molestar. Pese al conciliador “al César lo que es del César”, las autoridades advierten que aquello de “no se puede servir ados señores” comienza a ser una opción. Entonces la furia pretoriana se arroja sobre esos crédulos indefensos. Los resultados son conocidos. Hoy las débiles páginas de los Evangelios sobreviven a la grandeza de la piedra, a las espadas sin brazos arrumbadas en los museos. Metáfora de los libros.

O paradoja de los libros por cuanto la religión perseguida hizo de Roma el símbolo espiritual de Occidente; centro y referencia ecuménica de la cronología moderna. Un nuevo imperio, cristiano y apostólico, levanta su duradera geografía de murallas invisibles. Universidades, descubrimientos, estilos artísticos, imprenta, América, son parte del fecundo legado de aquellos doce acólitos que una tarde partieron de las polvorientas calles de Jerusalén avisando la Buena Nueva. En la actualidad, cerca de la mitad de la población religiosa del mundo se agrupa en torno de esas Escrituras. Nunca se es poco cuando la prédica se apoya en la creencia de un libro.

“Libro de la generación de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham”, con esas líneas genealógicas inicia San Mateo el Nuevo Testamento. La circuncisión, los dracmas pagados como tributo al Templo, según era costumbre entre los islraelíes varones, corroboran la ascendencia de Jesús. Él mismo actúa como el Mesías, el Cristo, envíado a encarrilar las “ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt.; XV, 24) y tranquiliza que no viene a abolir la Ley (Thorá), “sino a perfeccionarla” (Mt.; V, 17). Su intención, sin duda, no era escindir la religión hebrea; era de protesta (¿Será el cristianismo un protestantismo judío?) por lo que considera desviaciones del espíritu de la Ley. Tras de su muerte se constituye la facción disidente; pero ello es sólo voluntad de los hombres. El Antiguo Testamento late en el trasfondo de las palabras evangélicas y la influencia del judaísmo en la cultura contemporánea es obra, también paradójica, de la absoluta influencia del cristianismo. Sin el cristianismo no sentiríamos esa fascinación cercana y familiar por las antiguas leyendas bíblicas. (Adán y Eva, Sansón y Dalila, Thamar y Amnón; Ruth, Jonás, Jeremías…). Los vitrales de las catedrales góticas, los relieves de sus muros, las iluminaciones de los Libros de horas, difunden generosamente escenas de la religión originaria. Las múltiples reimpresiones de la Biblia (Libro de libros) y su traducción a más de seiscientos idiomas del mundo cristiano completan la evidencia. Más aún; en el siglo XII la decisión de rescatar el Santo Sepulcro fue una firme resolución de ahondar las huellas iniciales. Las cruzadas alistan legiones de fieles contra los hombres del “al-Corán” (la-Lectura), libro escrito a inspiración del arcángel Gabriel, quien antes se había revelado al profeta judío Daniel (D.; VIII, 16) y luego anunciado a María Virgen: “El señor es contigo”. De ahí que no resulta exagerado afirmar que la inmensa Edad Media, edad de la fe católica por antonomasia y de la fe musulmana, por contraposición, sea igualmente edad del Antiguo Testamento. Edad de libros. O de un Libro.

La Biblia informa con prolijidad de los descendientes de Ahraham; de su grandeza y afincamiento territorial en época de David, rey y poeta, y del posterior sometimiento a manos de los babilonios. Durante el célebre cautiverio, los hebreos (egipcio lvrim = nómade del desierto?) enriquecen el Libro caudal. Investigadores especializados señalan que la mayoría de los Salmos de David fueron agregados entonces (586-538). Por lo pronto, la conocida leyenda de la Torre de Babel (Babilonia) pertenecía ya al folklore caldeo; así como la del diluvio universal y su atareado constructor del arca.
 
Otros van más lejos; aseguran que esos temas bíblicos y otros de mayor delicadeza –la serpiente del paraíso– fueron tomados de un acervo rnesopotámico aún más antiguo y traído a Babilonia entre los despojos de un vencido eminente: los sumerios, cuya otrora resplandeciente capital Ur era a la fecha apenas una estela amarillenta y deleble. Un montón de gloriosas batallas ya desvanecidas.

Estamos al borde del final; en Súmer nace la escritura. Y la historia. Cuatro mil años antes de Cristo los hábiles escribas sumerios inventan la memoria del mundo al grabar en las tabletas de arcillas los símbolos fonéticos del lenguaje humano. Luego crean las hazañas de Gilgamesh, el más lejano héroe de la literatura universal; los amores de la diosa Ishtar y su descenso a los infiernos en busca de Tammuz, imprevista anticipación del viaje de Dante; de los apasionados poemas del rey Shu-Sin, antecesor del cantar de los cantares salomónicos. Por el mismo material escriptorio sabemos el uso ritual y científico de las torres escalonadas o zigurats, conocidas por la célebre réplica babilónica que llegara a ser justificación de lenguas y de lingüísticas. Metáfora de los libros. Hoy la olvidada sumeria vuelve al plano de la cultura gracias a los semitas acadios y amoritas que la sometieron, porque ellos fueron también pueblos de libros. Pueblos con libros.

Arcilla, pergamino, papel; seis mil años de síntesis histórica sin fronteras borrosas ni batallas innecesarías, esas formas demasiado efímeras del patriotismo. Al cabo, los pueblos son libres o esclavos, no por mayor o menor coraje, sino por tener o carecer de imaginación. La libertad es problema para el alma, no para el cuerpo. Quizás, algún día retrocedamos esta referencia paleografica; por ahora, importantes lingüistas (Labat, Févreier, Benveniste), arqueólogos (Wooley, Kramer Pritchard), historiadores (Schmökel, Conteneau, Turner) se detienen al borde de las ásperas praderas de Ur, Uruk y Lagash. Aquí los signos cuneiformes de la escritura sumeria persisten silenciosos aunque seguros de su destino. Destino que se cumple a medida que la paciencia del hombre los descifra para mirar en ellos el rostro de su propia antigüedad. O de su soledad.

Otros estudiosos mantienen la preponderancia egipcia como prioridad de los márgenes últimos de la civilización (Goetz, Hauser, Toynbee) o, cuando mucho, transigen en una pareja indecisión sobre la nitidez inicial de las culturas egipcia y sumeria (Pirenne, J.; Erman-Ranke). La precaución es explicable. Egipto posee una bibliografía avasalladora que domina todos los campos de la cultura del pasado. Fue el primero que tuvo un libro religioso de secuencia y contenido uniforme: el "Libro de los muertos" o Totenbuch como lo titulara Lepsius, por haber encontrado su fragmentario texto dentro de las tumbas. Biblia piadosa del antiguo Egipto, esas páginas dispersas contenían rezos y viáticos para asegurar a los difuntos la senda eterna. Por ello, al pasar, conviene apuntar una rectificación oportuna al nombre catastral, por éste de ajustado sentido teleológico: el de "Libro para la otra vida" o, simplemente, Libro de la vida. Porque esa era la aspiración póstuma –vida inextinguible– de sus quietos portadores. Dejo abierta la digresión; por ahora, me interesa puntualizar que, pese a no poder saberse nunca si la religión de los egipcios salvó de verdad a sus almas, es innegable que salvó su recuerdo; al conocimiento de unos de los momentos más interesantes e intensos de la humanidad. De no ser por el ritual conservado en los trozos jeroglíficos e hieráticos, nada conoceríamos de ese maravilloso pasado. Solamente arena tibia del desierto habría quedado de tanta grandeza. Aquí también la palabra escrita cumplió su promesa de inmortalidad.

En el principio fue la palabra; y sigue al terminar. Historia quiere decir “testigo”, y es de raíz griega; igualmente Dios, Biblia, Sinagoga, Iglesia, Evangelios, filosofía, poesía… Libro viene de “corteza de árbol” y es latina; así también Virgen, fe, vida, amor, eternidad, amigo, humano… La evaluación paralela de ambas influencias en las voces capitales de los idiomas modernos sería infinita. Toda palabra de importancia para el espíritu trae su etimología de uno de esos orígenes, como si “el testimonio grabado en la delgada corteza del árbol” fuera algo más que la imagen de un juramento romántico y adolescente. Grecia y Roma en la doble vertiente del tiempo, un enorme cielo cóncavo donde se reflejan las culturas anteriores y desde donde vuelven claramente proyectadas hasta nosotros con la suma de su grandioso aporte fundamental. “llíada” y “Eneida”.

El sencillo secreto de los grandes pueblos fue hacer del libro su mejor protagonista y creer en el milagro de la palabra escrita. Porque la metáfora de los libros consiste en hacer perdurable las acciones de los hombres, por encima de las cosas, del porvenir administrativo de las cosas. Librarnos de la muerte, ese fanatismo final de las cosas.
 
 
 

 

 

 
 
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