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Escrito por
Luis Caro Figueroa,
jueves, 19 de febrero de 2009
Durante nuestro reciente viaje a
Salta, mi afición a la Genealogía me llevó, casi sin quererlo, a
explorar en detalle dos sitios muy diferentes entre sí. El primero
de estos lugares, que atesora una gran cantidad de información
relevante para los estudios genealógicos, es el antiguo cementerio
de la Santa Cruz, aquel viejo predio arrinconado contra el cerro, al
que hoy se llega a través de un acceso endemoniado, por causa de ese
gran mamarracho urbano que es la nueva terminal de ómnibus de Salta.
Gregorio Caro Figueroa, un hombre
entre los libros. La foto es de Isidoro Zang, a quien
agradecemos
La visita tenía por finalidad
apuntar fechas y nombres en mi archivo informático y, si acaso,
tomar fotos de algunas sepulturas; pero no dejó de llamarme la
atención, en todo momento, el mal estado general de los mausoleos de
las antaño prominentes familias de Salta. A pesar de que en algunas
de estas construcciones descansan personas fallecidas recientemente,
es notable cómo los usos fúnebres de Salta han cambiado, hasta el
punto de llegar a conceder más importancia a ciertas manifestaciones
dinámicas de la socialización de la muerte (las pomposas salas de
velatorio) que al cuidado de los espacios familiares en los
cementerios más viejos.
Desde luego que hay excepciones y algunas muy notables como la del
magnífico mausoleo de la familia de don Fortunato Torres,
fallecido en 1953, que probablemente sea el mejor y el más
primorosamente cuidado de todo el cementerio. Allí descansa, entre
otros, un salteño de pro, cuya intensa actividad pública y acendrada
vocación de servicio social merecen, sin dudas, un estudio histórico
a la altura de la grandeza del personaje. Éste no es otro que mi
tío, el doctor Atilio Osvaldo Caro, fallecido prematuramente
en 1980.
Pero no fueron ni el mal estado de las tumbas, ni el calor ni la
humedad reinantes las que hicieron mi visita al cementerio más corta
de lo que había previsto inicialmente. Mi salida del lugar se
aceleró -y mucho- cuando fui sobrevolado por una nube de mosquitos
de muy buen pulso que se dirigían presurosos a abrevar en los mal
conservados floreros del lugar. En aquellos días pendía sobre Salta
la amenaza del dengue, pero, en un primer arranque y en contra del
elemental instinto de supervivencia, pensé continuar mi visita.
Porque, a pesar del caldo bacteriano de los pestilentes floreros,
había más probabilidades estadísticas de que los mosquitos
perecieran intoxicados por una hipercolesterolemia fulminante al
intentar picarme, de que me contagiaran a mí el dengue. Pero
aquellos insectos eran demasiados en número, y muy gordos, como para
hacerme yo el valiente en semejantes circunstancias.
El otro sitio al que acudí con entusiasmo en busca de nuevos
materiales para mi Genealogía fue a la biblioteca de mi hermano
Gregorio Caro Figueroa en Cerrillos, la que -¡parece mentira!- no
conocía en su nuevo emplazamiento.
Llegué a conocerla cuando aquel gigantesco sistema bibliográfico
había desbordado largamente los límites de su casa y obligado a su
propietario a alquilar una vivienda cercana, sólo para hospedar sus
libros. No sé de ningún bibliómano del mundo que haya hecho algo
como esto. Algunos han comprado castillos, pero nunca alquilado otra
casa, casi tan modesta como la propia, para dar cabida a una
biblioteca.
Al regresar a de mi viaje pensé en escribir un artículo sobre este
sitio peculiar, cuya existencia, a nivel nacional e internacional,
es ya muy conocida desde que el escritor Marcos Aguinis publicó en
el diario La Nación de Buenos Aires un recordado artículo, y,
especialmente, desde que la biblioteca formalizó en Toledo su
candidatura al primer Premio Internacional Don Quijote de La Mancha.
Tengo que admitir que dudé mucho a la hora de escribir sobre la
biblioteca porque, a diferencia de Aguinis, yo no podría, aunque me
lo propusiera, evitar referirme a las cualidades humanas, morales e
intelectuales de su creador, que para mayor dificultad es uno de mis
hermanos. Al final, pensé que si no lo hacía y ejercía una especie
de autocensura por aquella tontería procesal de "las generales de la
ley", terminaría dándole la razón al sapiente filósofo aquel que
intentó -sin éxito ninguno, como viene siendo una constante en su
vida intelectual- bastardear un artículo escrito por Soledad Moya
Grondona en Iruya.com, calificándolo, con tanto lujo de
pedantería como falta del sentido del ridículo, como un "desvarío
autolaudatorio del Gori".
No hay motivos serios ni respetables para inhibirse de escribir
sobre la obra de un hermano, especialmente cuando, como aquí, no se
persiguen intereses ocultos. Sólo los que no tienen hermanos, o los
tienen, pero son éstos tan inanes e inconsistentes como ellos
mismos, pueden cometer la torpeza de desconfiar de las verdades que
normalmente encierran los escritos que unos hermanos dedican a los
otros. A los años que tengo, ya nada ni nadie puede obligarme a
escribir sobre una realidad determinada o a abstenerme de hacerlo,
ni menos hacerme creer que el cariño filial anula la objetividad y
el buen juicio de las personas serias.
Con el correr de los años, la monumental nave que Gori mandó
construir en el amplio terreno que ocupa su propiedad, casi al pie
del más pequeño de los cerros que jalonan el pueblo de Cerrillos y
que le dan a éste su tricentenario nombre, se ha quedado igualmente
pequeña. La cantidad de libros, de documentos, de publicaciones
periódicas e, incluso, de objetos de museo, es tal, que ni la más
optimista de las previsiones arquitectónicas hubiera podido dar una
solución razonable.
Sólo trasponer la sólida puerta de algarrobo y hierro que protege
aquel recinto de miradas indiscretas es ya toda una experiencia
religiosa. Nadie que hubiera entrado allí alguna vez ha salido
indiferente, no sólo de lo que ha visto, sino de lo que ha podido
tocar, oler y oír. Así escritores e intelectuales de diferente
pelaje, como pintores de brocha gorda, electricistas o carpinteros
que realizaron algún servicio en el lugar. Lo primero que dije a mi
hermano nada más conocer su asombrosa biblioteca es que el famoso
artículo de Aguinis se quedó corto, en cierta medida, porque en
realidad no hay pluma en el mundo capaz de describir toda la
sensualidad que desprenden aquellas paredes, aquellos anaqueles,
aquellos objetos a los que la mano de su dueño ha salvado de un
deterioro casi fatal e inevitable.
No es su sobriedad exterior lo que impresiona, no es su aspecto de
capilla desacralizada ni sus características de seguridad que la
convierten en moderna fortaleza, sino la fuerza que se proyecta
desde los lomos de cada uno de los libros que allí se encuentran. No
es tanto el intenso aroma del papel antiguo, mezclado difusamente
con el de la canela y el clavo molido (perfumes esenciales de la
cocina de la dueña de casa), el que confunde y atrae. Es el
magnetismo de la historia, es la sensación de un pasado vivo y
latente que parece que va a cobrar vigencia en cualquier momento, y
es la siempre perturbadora idea de que aquellos libros y,
especialmente, aquellas prolijas cajas de archivo, pueden llegar a
abrirse espontáneamente, quizá en un acto de rebeldía, para revelar
su contenido, para revelarnos la verdad histórica, si es que ésta
existe, o, cuando menos para revelar verdades incómodas para muchos.
Si durante mi periplo por el cementerio me acompañaba la certeza de
que ninguno de los ilustres difuntos se levantaría de aquellas
deterioradas tumbas, en mi recorrida por la biblioteca no pude
evitar pensar que muchos de aquellos muertos habían prolongado su
existencia mediante sus escritos y que al abrir cualquier libro o
examinar cualquier documento alguno de ellos podría cobrar vida
inmediatamente. Tampoco pude apartar entonces de mi mente aquella
frase tan cierta que dice que quien no ha leído libros tiene la poca
fortuna de haber vivido sólo su propia vida.
Menos ayudas oficiales y simpatías interesadas, la biblioteca de
Gori lo posee todo, en cantidad, pero sobre todo en calidad. No hay
lugar, en todo el noroeste argentino, en donde se hayan conservado,
cuidado y clasificado lo que muchos consideran ya las claves para
interpretar la región y sus más importantes procesos. Porque allí no
solamente hay literatura de ficción, desde grandes escritores hasta
"novelitas", sino que hay un esfuerzo muy notable y constante por
conservar ensayos, estudios científicos, artículos periodísticos y
materiales estadísticos que hoy resultan de imprescindible consulta
para cualquiera que pretenda aproximarse seriamente a la realidad
productiva, social o mediambiental de Salta y de su entorno.
Todo ello, unido a la personalidad de su creador, a su humildad y
recato personales pero también a su rigor intelectual y a la
valentía en la defensa de sus ideas, ha convertido a aquel
repositorio de libros y documentos en un objeto apetecido y
recelado, a partes iguales, por el poder.
Algunos son ya conscientes de que la incalculable potencia de aquel
fondo bibliográfico y documental, genéticamente enlazado con las
telecomunicaciones, con las nuevas tecnologías y el universo
digital, puede dar al traste con la gigantesca pero -aun así-
esperpéntica operación de reescritura de la historia política de
Salta en el siglo XX, que llevan a cabo escribas a sueldo y
pseudoinvestigadores universitarios.
Pero Gori, que es pura paciencia y cordialidad, se resiste a verse a
sí mismo al comando de un poderoso carro de combate, sino más bien,
a los mandos de un tranquilo vehículo cuya misión es la de servir a
sus semejantes. A él le gusta enseñar su biblioteca a los visitantes
con el orgullo de un niño, sin pedanterías intelectuales, sin
pedirles nada, excepto la firma en un modesto libro de visitas. No
presume de poseer tanto como de haber sabido construir y conservar,
aun en tiempos muy difíciles. Carece de una idea aproximada de
cuánto puede haberle costado, en moneda corriente, aquella tarea que
empezó hace cincuenta años, pero basta fijarse en el entorno para
darse cuenta que su pasión por los libros y por la historia, su
vocación de servicio público, le ha privado a él y a su familia de
mayores comodidades.
Pero si todo fuese una cuestión de dinero, bibliotecas como ésta
podrían encontrarse en cualquiera de las enormes mansiones que se
han construido en los alrededores de Salta durante la pasada década.
Pero no es éste el caso. La construcción y preservación de una obra
de tan extraordinario calado como la biblioteca J. Armando Caro de
Cerrillos exige algo más que dinero y el mero placer de tener por
tener. Detrás de aquel monumento a la civilización y a las ideas hay
una visión estratégica, paciente (a veces, excesivamente paciente)
pero tan sólida y tan consistente que, de ser bien conocida por
todos, aumentaría tanto el interés de las personas bienintencionadas
por la biblioteca, así como se potenciaría infinitamente la
desconfianza de las otras.
Gori no tiene auto. Se desplaza en remises y colectivos, que a veces
llegan con dificultad a su casa, a la vera de una calle de tierra
que el intendente cerrillano no pavimentará jamás. Se ríe a
carcajadas cuando recuerda que la municipalidad local se jacta de
otorgar subvenciones a murgas y comparsas de carnaval, mientras
ignora que una biblioteca de esta extraordinaria dimensión lucha por
sobrevivir con recursos exclusivamente privados. "En el fondo,
siempre ha ignorado la existencia de las bibliotecas y su utilidad",
le digo yo, en tono de broma, presumiendo de conocer un poco más que
él al intendente y a su proverbial alergia a los libros.
Así como el intendente cerrillano, hay otras personas que no
alcanzan a comprender muy bien el valor que tiene la construcción y
la preservación de un acervo de estas características. Algunos miran
a estos constructores de memoria como personajes excéntricos, otros
los encasillan en el arquetipo del coleccionista, a menudo
minucioso, detallista y obsesivo, pero pocos aciertan a ver en esta
tarea un servicio destinado a perpetuar nuestra memoria histórica, a
labrar nuestra identidad o, cuando menos, a comprenderla mejor.
En 1995, Gori adquirió con mi ayuda la magnífica biblioteca que
fuera del doctor Carlos Serrey, un intelectual salteño que, desde el
Senado de la Nación, se convirtió en uno de los más influyentes
personajes públicos de la primera mitad del siglo XX. Tras concretar
aquella operación económica y de efectuarse el traslado de los
libros y otros enseres, cuentan que el vendedor (pariente ya lejano
de aquel viejo político) comentó después a algunos amigos suyos que
le había colocado a Caro "una tonelada de papel viejo" a
cambio de una cantidad nada desdeñable. Entre aquellos "papeles
viejos", una primera edición del "Facundo" de Domingo Faustino
Sarmiento.
Pero así como hay personas que ignoran el valor, el significado o la
misma existencia de una obra como ésta, hay otras, menos ignorantes,
más dañinos quizá, que pretenden -normalmente por pura envidia o por
rencores ideológicos desafortunadamente no correspondidos- no sólo
que la Biblioteca J. Armando Caro de Cerrillos no existe, sino
también restar, inútilmente, cualquier mérito y autoridad a su
creador.
Algunos de estos personajes, entre los que hay una minoría de
pequeños intelectuales pero también una vasta grey de auténticos
parásitos sociales, aprovechan la transitoria exposición pública de
Gori en el desempeño de su cargo de Secretario de Cultura de Salta,
para cargar contra él, minimizar sus indudables méritos y erigirse
en jueces de su muy vasta trayectoria en el campo del periodismo, de
las letras, de la misma política, de las artes, de las ideas y, muy
especialmente, del libro. Muchas veces me he preguntado por qué un
humanista perseverante como lo es mi hermano, que desdeña las modas,
los tópicos y los lugares comunes, afecto a ponerse el mundo por
montera, puede convivir 'oficialmente' con la frivolidad de lo
efímero, propia de lo que llaman "la cultura". Y cuantas veces me lo
he preguntado ha surgido como explicación esa formidable pulsión que
no deja tranquilas a ciertas personas honradas hasta éstas que son
capaces de servir desinteresadamente a sus semejantes.
Gori, al igual que yo y que casi todos mis hermanos, en lugar de
albergar sentimientos negativos hacia estas personas que -suponen-
nos hacen la vida más difícil o incómoda, experimentamos un extraño
y casi inconfesable sentimiento de gratitud, porque todos nosotros,
quien más, quien menos, sabemos que allí cuando han querido
quitarnos del medio, borrarnos de la historia, negarnos el pan y la
sal, prodigarnos ofensas, hacernos víctimas de injusticias o
desconocernos como profesionales probos y servidores del prójimo, no
han hecho otra cosa que relanzarnos hacia cimas que ni nosotros
mismos hubiésemos sido capaces de imaginar y, a veces, hasta de
merecer. En ocasiones el rencor, cuando no se ejerce con la debida
inteligencia, termina dando resultados como este, es decir, haciendo
un favor a los denostados.
La biblioteca J. Armando Caro de Cerrillos no es solamente un motivo
de orgullo para su creador o para quienes, como yo, nos sentimos muy
próximos a él y a su obra. Es la prueba de que en una sociedad en
cuyo seno se ha combatido tenazmente el pensamiento libre, éste goza
aún de una envidiable lozanía. Es la constatación de que en Salta el
oscurantismo, así como la mezquindad y la estrechez de miras, han
perdido la batalla. Como también la han perdido sus mariscales,
aquellos oportunistas, tristes glosadores de hemeroteca, que hoy
trapichean con librillos en los que se pretende reinventar el pasado
reciente de nuestra Provincia. En este sentido, aquel monumento de
Cerrillos es también un motivo de orgullo para todos los salteños
que piensan que sin una memoria fiel de nuestro pasado no habrá
ningún porvenir posible. |