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BIBLIOTECAS VIVAS
Por Leopoldo Lugones (*)

 

A la sacramental pregunta de "cuántos volúmenes contiene la biblioteca de su dirección", suelo contestar, parodiando el famoso método: No sé; pero puedo decirle cuántos lectores concurren.
Pregunta y respuesta definen así dos conceptos y dos sistemas: el antiguo, que asignaba a las bibliotecas como función principal la conservación de libros -los directores solían llamarse conservadores", precisamente- y el moderno, que las considera ante todo como aulas de estudio libre.


El concepto antiguo viene de la Edad Media, cuando la preservación de los libros escasos y costosos que sólo un puñado de cultos podían leer, fue, en efecto, lo principal. El nuestro, que corresponde a la civilización empezada con el Renacimiento, para la cual el primer valor social es el hombre y no el principio abstracto: -dogma, fórmula o ley- considera que el elemento principal de una biblioteca es el lector a cuyo servicio están libros y empleados. Sería, así, mejor una biblioteca con muchos lectores y pocos libros, que no otra bien dotada y poco asistida.

Por otra parte, el aumento de lectores acarrea el de libros, mediante la, exigencia natural que la creciente variedad de necesidades determina a su vez. Ello corresponde a la libertad de estudios que presume la libertad de conciencia, o sea, la más alta expresión del valor social del hombre. Si su desarrollo, como entidad pensante y productora, es de su propia incumbencia, el deber social consiste en suministrarle, a dicho fin, la mayor suma de posibilidades. Su derecho a pedir lo que necesita, no puede tener entonces más limites que la conveniencia de la misma sociedad; pues de lo contrario, caeríamos en la paradoja antisocial de considerarla subordinada al individuo. O sea en el contrasentido de afirmar que la parte es mayor que el todo. Pero es también menester que esa limitación se reduzca al "mínimun" indiscutible ante la sana razón: es decir, a la pornografía, y a la propaganda -no a la crítica- contra el orden constitucional. Inútil añadir que entre varios pedidos la dirección, de la casa tiene facultad para discernir de acuerdo con los recursos.
En esta clase de bibliotecas, el lector es el dueño de la casa. Así se lo hacemos saber, aprovechando cualquier oportunidad. De este modo, entra a ser colaborador activo del bien público al cual contribuye buscando el suyo propio; y por ello, todo pedido que no podemos satisfacer lo con- signa a nuestra solicitud en un libro abierto al efecto, y bajo el anónimo si así lo desea, para la adquisición en plaza o el encargo al exterior que efectuamos con la mayor prontitud posible. Esta colaboración del lector ha enriquecido considerablemente la biblioteca. La dirección procede por su parte conforme a un método concéntrico, es decir, de dotación simultánea y proporcional de las diversas secciones, de acuerdo con las necesidades que va revelando la consulta mensual, y con los intereses primordiales del país. Damos, así, preferencia a su historia, su geografía, sus ciencias naturales, su estadística, su enseñanza y sus relaciones con los países limítrofes cuyas principales obras procuramos adquirir; y dentro de la dotación general a aquellas que por su costo y volumen son de adquisición personal difícil. Aún cuando la dotación apenas pasa los 35.000 volúmenes, poseemos lo más importante de aquellos ramos, inclusive las publicaciones periódicas, en ejemplares no pocas veces rarísimos; de suerte que corno instrumento de trabajo, nuestra biblioteca es buena. Por el número de sus lectores en relación al de sus volúmenes y a la concurrencia de todas las demás, es la primera de la República. El propósito orgánico de convertirla en una "biblioteca viva", está, pues, logrado.

El aspecto más interesante que dentro de él ofrece, es el predominio de los alumnos primarios, secundarios, normales y universitarios en los lectores de su asistencia. La Sección Infantil autónoma que fundé en 1916, es institución única en el país. Otras hay, por cierto, pero ninguna de su carácter ni de su importancia. Baste saber en cuanto a esto, que su asistencia durante los doce años corridos ascendió de 3.500 a 40.000 lectores sin ningún llamamiento ni propaganda; mientras la total de la biblioteca creció de 22.000 a 100.000 en el mismo lapso.

La libertad espiritual y material de los lectores de la Sección Infantil es mucho mayor que la de los adultos: experiencia que en cuanto al comportamiento y la aplicación, ha sido un éxito completo. Pertenecientes en su inmensa mayoría a familias obreras, esos chicos se portan como excelentes "dueños de casa"; pues saben expresamente que los son. Su cortesía y su bondad entre ellos, no menos que su dedicación al trabajo y a las lecturas recreativas de cultura general, son verdaderamente notables. Sabiendo porqué así se lo decimos, que pueden hacer lo que quieren, no hacen sino lo que deben. Son, sin metáfora cursi, la joya de la casa, y la mejor prueba de compatibilidad entre la libertad y la disciplina. Los empleados de la Sección no pueden prohibir a los chicos que se muevan o conversen; chistarles para imponerles silencio; acariciarlos, tutearlos, no hacerles ninguna indicación docente que ellos mismos no soliciten. El resultado se explica: el niño es muy sensible al respeto con que se lo trata, porque satisface su aspiración a ser adulto, proscribiendo a la vez el abuso de la fuerza tan fácil de cometer sobre él. Así desarrolla cuanto antes la autoridad que todo hombre normal lleva consigo, y que es su conciencia.
El lector dueño de casa en una biblioteca, ha permitido suprimir en sus dos secciones toda prohibición expresa y toda separación de sexos. Las observaciones, casi siempre por hablar en alta voz, son rarísimas, No pasan de diez en trece años las prohibiciones temporales de acceso, y no se ha aplicado una sola expulsión total. Las substracciones y truncaduras intencionales disminuyen también progresivamente. Las relaciones entre lectores y empleados, empezando por el Director son frecuentes y cordiales. Las más violentas crisis estudiantiles no han tenido repercusión en la Biblioteca, aunque es tan crecida en concurrencia de estudiantes.

Salvo con las obras raras de difícil e imposible reposición, poco nos interesa la "conservación" de nuestros libros. Su deterioro nos revela que trabajan, es decir, que sirven positivamente. Ello no excluye una cuidadosa economía, que se manifiesta en la frecuente reencuadernación y en el aprovechamiento parcial de los truncos y anticuados; pero siempre bajo la consideración de que el trabajador vale más que el instrumento de su trabajo.

Con este criterio, la formación del personal -casi todo veterano, a la hora de éstas- y la ubicación de los libros, permiten mantener un término medio de tres minutos entre el pedido del lector y el suministro de la obra que solicitan; aún cuando la concurrencia durante las horas hábiles de nuestro año de once meses, representa a su vez el término medio de un lector cada dos minutos. La clausura de enero obedece a la necesidad de efectuar una limpieza a fondo, corregir las ubicaciones alteradas durante el año, reencuadernar las obras deterioradas de mayor volumen y consulta, y dar descanso al personal. Pues nuestro horario, a excepción de los días festivos y de los sábados con su media jornada oficial, es de 15 horas continua y se halla desempeñado por tres turnos, excepto la Sección Infantil que trabaja continuamente 10 horas y requiere dos de aquéllos. No hay faltas ni retardos injustificados, aunque la disciplina está basada exclusivamente en la buena voluntad recíproca y la comprensión del servicio público que se presta. Más de una vez, autorizados por la superioridad feriados eventuales, o reconocida como impedimento atendible tal cual huelga interruptora del tráfico, el personal ha preferido permanecer en su puesto y acudir a él, para no mermar la buena estadística. No hay más corrección disciplinaria que la amonestación confidencial, por otra parte muy rara.

Esta abolición de la burocracia maquinal en la. Cual el empleado es resorte o número, caracteriza también la biblioteca viva: es decir, el organismo inteligente requerido por el servicio espiritual a que está llamado. Nuestra tarea no es un desempeño mecánico, sino una colaboración afectuosa con el lector. Por esto mismo, no existe ninguna preferencia personal. El lector es un amigo que se llama "nadie". Así, está rigurosamente excluido cualquier trato con él que no se refiera al servicio. Y todo eso: horario, actividad, disciplina, benevolencia, permite atender una concurrencia tan vasta, con tan escasa dotación y sólo ciento cincuenta y dos asientos en ambas salas.

No me cabe duda que si se construyera un edificio con capacidad para trescientos, el éxito sería igualmente firme; pues hay ya días en que no pocos lectores deben retirarse por falta de sitio, aunque no sobra un metro cuadrado en las salas; al paso que la estantería, amplificada y aprovechada hasta el último límite, quedará llena a fin de año.

Sépase entre tanto -lo que es afligente para nuestra cultura- que hasta hoy no existe en el país un solo edificio nacional construido expresamente para biblioteca pública, y ninguno tampoco dotado con las comodidades que contribuyen a facilitar la lectura: pupitre aislado; servicio automático; guardarropa individual; ficha única de acceso, asiento, pedido de obras, devolución y control; luz y calefacción adecuadas al estudio; gabinetes de trabajos especiales; mapoteca; oficina de informes y cotización bibliográficos; cantina módica para lectores y empleados; departamento de aseo y desinfección para estos últimos...

No obstante su aparente complicación, el costo de un edificio así dotado, andaría parejo con el de un templo de igual magnitud; comparación procedente si las hay. El Consejo de Educación tiene a su lado una plazoleta baldía cuya ubicación es excelente por lo céntrica. Cien mil lectores anuales que salen costando actualmente cincuenta y seis centavos por cabeza, bien merecen esa dotación, siquiera para compensarles de la miseria presente. Miseria efectiva; pues no sólo falta todo lo antedicho, sino muchas cosas más.
Entre tanto, la biblioteca vive. Ha dejado de ser una colección de libros, es decir, un depósito bibliográfico, para transformarse en un taller espiritual donde trabajan anualmente cien mil almas.

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(*) Este texto de Lugones fue publicado en el año 1929 en “El Monitor de Educación Común y fue reproducido en el Boletín de la Comisión Protectora de Bibliotecas Populares en 1938.


 

 

 

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