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- TODO ES NUESTRO
Javier Marías. El País, martes 23 de abril de 1996.
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| No hay duda de que si hay una empresa en la que sus diversos
participantes viajan en el mismo barco es la creación y difusión del
libro. El beneficio y las pérdidas de los libreros son también los de
los distribuidores, los editores, los periodistas y los escritores, que
por ello deberíamos sentirnos más unidos y no vernos unos a otros nunca
como enemigos ni tan siquiera rivales, sino como aliados inevitables y
eternos. Y así nos vemos, por suerte, las más de las veces. |

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Se diría que una fecha como el 23 de abril la unión y la celebración
habrían de ser mayores que nunca. Esa delicada costumbre de regalar un
libro, iniciada en Cataluña, seguida en el resto de España y a partir de
este año exportada a una docena de países con el beneplácito de la
Unesco –organización que nunca ha sabido a qué se dedica, pero que en
esta ocasión se ha comportado–, no sólo es uno de los gestos más
civilizados que puedan imaginarse, sino además un enorme estímulo para
cuantos contribuimos a la existencia de las páginas impresas y ahora
también oídas en una grabación o vistas en una pantalla. Y, sin embargo,
en esta fecha los escritores nos diferenciamos en algo de los libreros,
distribuidores, editores y periodistas: debemos tocar madera, porque se
trata de una jornada tan propicia a nuestra perduración espiritual como
a nuestra desaparición física. Que Shakespeare y Cervantes murieran el
23 de abril de hace trescientos ochenta años, aunque según calendarios
distintos, es suficiente riesgo en tiempos como los actuales, tan llenos
de supersticiones numéricas. Si se añade que también murió ese día del
mismo año el que podemos considerar primer escritor americano de la
historia, el Inca Garcilaso de la Vega, comprobaremos que ni siquiera
ser de otro continente pone a salvo en semejante fecha fatídica. Pero no
se trata sólo de la amenaza o peligro, sino de la tentación: con tales
predecesores no sería de extrañar que, a falta de otros recursos, muchos
escritores nos sintiéramos propensos a dejarnos morir e incluso
suicidarnos hoy para tener en común algún rasgo con esos nombres
ilustres, aunque fuera un rasgo macabro. Ruego, por tanto, que se nos
cuide y trate con especial miramiento en día tan venturado.
No me olvido, con todo, del mayor protagonista de esta celebración, el
lector, para quien el beneficio es en principio más dudoso, ya que
dependerá de la satisfacción que le proporcione el volumen elegido,
cuando lo lea y dé por buenos su gasto y su gesto o bien los juzgue un
despilfarro. Creo yo que lo que adquiera hoy no deberá verla nunca como
esto último; no sólo por lo que ya dijo el clásico, que no hay libro tan
malo que no contenga algo de provecho, sino porque con la compra del
peor texto posible estará contribuyendo a la escritura futura del mejor
posible. La buena literatura también se nutre de la mala, y aun la más
desdichada merece respeto, porque rellenar hojas es en todo caso una
tarea paciente y sin duda entusiasta, algo hecho con buena fe siempre y
mejores resultados, al menos para el que la ejerce.
A veces pienso –con ingenuidad, seguro– que si todo el mundo escribiera
no se cometerían asesinatos, porque lo que la literatura permite es
asistir a las vidas, imaginarlas en su concreción y en su unicidad,
explicárselas y no juzgarlas, y sobre todo impide considerarlas como una
abstracción o un número vacíos de contenido, de biografía, de historia.
Eso logran la narrativa y el drama, entre otras cosas; la poesía nos
hace más conscientes de la nobleza y la capacidad de juego de ese
instrumento diario al que tan poca atención prestamos, la lengua que
hablamos, y en nuestro país son cuatro; el ensayo nos da conocimiento e
instruye, pero sobre todo nos ayuda a pensar más allá de los lugares
comunes de nuestro tiempo, aunque sea para rebatir con nuestra lectura
ese pensamiento. Pero por encima de todo eso la literatura nos da
reconocimiento: a través de ella sabemos que sabíamos lo que ignorábamos
que sabíamos hasta que lo leímos formulado o representado o contado. Los
libros no es que estén llenos de aventuras y enseñanzas y consejos, sino
también de avisos vitales e iluminaciones y espantos, de persuasiones y
disuasiones, de reflejos e instigaciones, de irracionalidad y
raciocinio, de osadías y frustraciones, de deseos y fracasos y euforias
y abismos.
En ellos como en ninguna otra cosa comprendemos que no somos solamente
lo que nos ha ocurrido y lo que hemos realizado, nuestros logros y
nuestros actos y lo que podemos contarnos a ciencia cierta de nuestras
vidas, sino que también consistimos en lo que no nos sucede ni va a
sucedernos, en lo descartado o inalcanzable, en lo no conseguido que tal
vez quisimos, en lo no cumplido y en lo que nunca pasó pero fue posible
y acaso lo es todavía; e incluso en lo no concebido ni imaginado. En
ellos están las vidas que dejamos de lado y las palabras que jamás
pronunciamos y que no por eso son menos nuestras. Al contrario. Lo que
descubrimos en los libros –y esa averiguación no tiene precio– es
justamente que todo es nuestro.
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