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Gabriela
Mistral
Mis libros
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Libros, callados libros de las
estanterías, vivos en su silencio, ardientes en su
calma; libros, los que consuelan, terciopelos del alma, y
que siendo tan tristes nos hacen la alegría! Mis
manos en el día de afanes se rindieron; pero al
llegar la noche los buscaron, amantes, en el hueco del muro
donde como semblantes me miran confortándome
aquellos que vivieron.
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¡Biblia,
mi noble Biblia, panorama estupendo, en donde se quedaron mis
ojos largamente, tienes sobre los Salmos las lavas más
ardientes y en su río de fuego mi corazón
enciendo!
Sustentaste a mis gentes con tu robusto vino y
los erguiste recios en medio de los hombres, y a mí me
yergue de ímpetu sólo el decir tu nombre; porque
de ti yo vengo, he quebrado al Destino.
Después de
ti, tan sólo me traspasó los huesos con su
ancho alarido, el sumo Florentino. A su voz todavía
como un junco me inclino; por su rojez de infierno,
fantástica, atravieso.
Y para refrescar en musgos
con rocío la boca, requemada en las llamas
dantescas, busqué las Florecillas de Asís, las
siempre frescas. ¡Y en esas felpas dulces se quedó
el pecho mío!
Yo vi a Francisco, a Aquel fino como
las rosas, pasar por su campiña más leve que un
aliento, besando el lirio abierto y el pecho purulento, por
besar al Señor que duerme entre las cosas.
¡Poema
de Mistral, olor a surco abierto que huele en las mañanas,
yo te aspiré embriagada! Vi a Mireya exprimir la fruta
ensangrentada del amor, y correr por el atroz desierto.
Te
recuerdo también, deshecha de dulzuras, verso de Amado
Nervo, con pecho de paloma, que me hiciste más suave
la línea de la loma, cuando yo te leía en mis
mañanas puras.
Nobles libros antiguos, de hojas
amarillentas, sois labios no rendidos de endulzar a los
tristes, sois la vieja amargura que nuevo manto viste: ¡desde
Job hasta Kempis la misma voz doliente!
Los que cual
Cristo hicieron la Vía-Dolorosa, apretaron el verso
contra su roja herida, y es lienzo de Verónica la
estrofa dolorida; ¡todo libro es purpúreo como
sangrienta rosa!
¡Os amo, os amo, bocas de los
poetas idos, que deshechas en polvo me seguís
consolando, y que al llegar la noche estáis conmigo
hablando, junto a la dulce lámpara, con dulzor de
gemidos!
De la página abierta aparto la mirada ¡oh
muertos! y mi ensueño va tejiéndoos
semblantes: las pupilas febriles, los labios anhelantes que
lentos se deshacen en la tierra apretada.
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