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Cuando llegó el primer tren, la Biblioteca ya estaba
Por Néstor J. Cazzaniga
 La Fortaleza Protectora Argentina, construida en 1828 como avanzada contra el indio, había dado origen a Bahía Blanca, un pueblo que durante medio siglo vivió vigilando el horizonte, fusil al hombro. El 19 de mayo de 1859, las dos mil lanzas de Calfucurá entraron en malón a la desamparada aldea.[1] Los pobladores corrieron a refugiarse en el fuerte, mientras la guarnición criolla y la Legión Militar Italiana –soldados agricultores llegados en 1856–lograban una espeluznante matanza que disuadió a las tribus por un tiempo. Al día siguiente el coronel Orquera levantó una pira con los cadáveres de 200 indios frente al fuerte, donde hoy está la Plaza Rivadavia. El humo y el olor a carne humana quemada inundaron el aire, hasta que la Comisión Municipal pidió que cesara esa atrocidad, por “estar en su derecho como encargada del mejor estado de la higiene pública, a la vez que por la moralidad de las costumbres, a las cuales no puede menos que perjudicar en alto grado el acto que reclama”.[2] Ése era el clima de barbarie que vivía la incipiente ciudad de frontera veinte años antes de la Campaña al Desierto. Ningún otro malón pudo entrar a Bahía Blanca, que de todos modos siguió oteando la llanura. Los intentos de los hermanos Namuncurá en 1870 y 1877 fueron interceptados a tiempo.
Hacia 1880 había en la ciudad un grupo de amigos “con pretensiones de intelectualidad” (en palabras de Felipe Caronti)[3] que se reunía en estimulantes tertulias en el café de Molina y, al cerrarse éste, en otros sitios que ofrecieran algo más que alimento para el espíritu. Allí “...se discutía todo y de todo, sentenciando a troche y moche en las más arduas cuestiones que nos cayeran a mano, sin arredrarnos lo abstruso de ellas, con la confianza y la suficiencia ingénita de la primera juventud, aun cuando algunos de los afiliados vogaban en demanda del país de las canas, por más prematuras que ellos las reputaran. [...] Poco después el cenáculo, conservando su primitiva intimidad, se aumentó con nuevos miem­bros y tomó el nombre de ‘El Mentidero’, derivado del célebre rincón de Madrid que durante el reinado de Felipe IV, si mal no recuerdo, hizo época en la historia de la coronada villa. [...] De tanto en tanto ‘El Mentidero’ celebraba magnas tenidas gastronómicas, en conmemoración del cumpleaños de algún miembro, o de otro acontecimiento del círculo –que nunca faltaba motivo para tales fiestas–.”
Aunque la incipiente ciudad aún no tenía alumbrado en sus calles, todas de tierra, el puerto comenzaba a impulsar su prosperidad. El contacto por tierra con Buenos Aires eran las carretas. Las noticias que iban llegando aparecían en El Porvenir, primera hoja periodística local. En 1882 se fundó el Club El Progreso, primer centro social bahiense, que funcionó hasta 1903. También en 1882, las colectividades española e italiana fundaban sus respectivas Sociedades de Socorros Mutuos (aún vigentes).
Desde 1870 la Ley 419, conocida como Ley Sarmiento, promovía las bibliotecas populares y la cordial tertulia literario-cafetera pensaba románticamente en crear una en Bahía Blanca. Circuló una hoja que invitaba al vecindario a fundar una biblioteca, “...necesidad urgente reclamada ya, dado el progreso que día a día se desarrolla en este pueblo llamado a figurar en breve tiempo entre los primeros de la Provincia de Buenos Aires”. ¡Qué visión de futuro, cuando la aldea tenía sólo 2099 habitantes, de los que 1062 eran analfabetos! Pero justamente los impulsaba el afán, emblemático de la generación del 80, de difundir la educación popular.
La Asociación Bernardino Rivadavia se constituyó oficialmente el 16 de julio de 1882, con Eliseo Casanova, notario y director de la escuela de varones, como presidente. Integraban el Consejo Directivo los hermanos Felipe y Luis Caronti, el Dr. Leónidas Lucero, Octavio Zapiola, Daniel Cerri y otros nombres de sonoridad familiar para los bahienses, ya que esos apellidos son hoy nombres de calles e instituciones de la ciudad.
Los bienes iniciales de la Asociación eran menos que modestos: un par de libros de actas y de tesorería, un sello de goma que donó Luis Caronti y poca cosa más. El director de la Biblioteca Pública de Buenos Aires donó un lote de libros, traídos gracias a una suscripción que se hizo para pagar el flete.
El Circo Italiano, que andaba por la zona, ofreció una función a beneficio que, descontados los gastos, rindió $ 202 en moneda corriente. En febrero de 1884, otra función benéfica a cargo del mago Juan Nurant reportó a la Biblioteca $ 56,06 esta vez en moneda nacional. La ganancia no fue mucha (como siempre a lo largo de sus 120 años de vida),[4] pero sirvieron para llamar la atención del público.
También en 1882 la Municipalidad dio su primer subsidio ($ 3600 por única vez) y asignó una cuota de $ 20 m/n por mes.[5]
El sostén principal de la Biblioteca fueron (y son) las cuotas de los socios. El primer año 101 personas pagaron $ 50 de ingreso y $ 15 mensuales en moneda corriente. En agosto se encargó la primera estantería para libros, que costó $ 1000.
El 9 de octubre, a menos de tres meses de creada la Biblioteca, comenzó el préstamo de libros a domicilio (nueve el primer día). No así la lectura en el local provisorio, donde no había ni una mesa ni sillas para los lectores. La primera mesa para la sala de lectura la consiguió Octavio Zapiola en un remate, en Buenos Aires, y para evitar gastos la envió agregada a una carga que venía a nombre de Juan Molina.
Al cabo del año se habrán reunido unos 500 volúmenes. En septiembre de 1882 Daniel Cerri destinó $ 500 para la primera compra de libros en Buenos Aires: Biografías de Lamartine, Historia Americana de Barros Arana, Historia Universal de Lledó, Reyes en el destierro de Daudet, y Silbidos de un vago de Cambaceres.
La segunda factura de libros incluyó obras de física y astronomía, diccionarios bilingües de inglés, francés e italiano, Don Quijote de la Mancha, La Hermana de la Caridad y algunos otros. La siguiente lista vino con mucho Dumas y algo de Paul de Kock. Después vendrían Víctor Hugo y los novelones de Pérez Escrich, que fueron “por muchos años evangelio de viejas”.[6] Se iba perfilando la índole de la biblioteca popular, con algunos libros técnicos, pero básicamente dirigida a promover la lectura en general.
La siguiente preocupación fue lograr un local adecuado. En noviembre de 1882 se asignó una partida para alquilar una “casa aparente y central”, pero no había una que cubriera las expectativas. Se aceptó entonces “una propuesta presentada por D. Daniel Cerri de hacer construir una pieza de 5½ por 5½ varas con piso de tablas y cielo raso en la misma plaza, por el precio de cuatrocientos pesos moneda corriente mensuales y además agrega el proponente que en caso que la Biblioteca no tenga recursos con qué pagar, el señor Cerri se compromete [a] dejar ocupada la pieza sin retribución por los meses que no les sea posible abonar por escasez de recursos.
Pronto las instalaciones volvieron a ser insuficientes y se empezó a buscar otra casa.
Cuando en 1884 llegó el ferrocarril a Bahía Blanca, ya hacía dos años que la Biblioteca Rivadavia estaba funcionando.
 
Hacen falta una casa y más dinero.
La necesidad de espacio físico seguía siendo crítica. Cada poco tiempo “el viejo Aguirre”, primer bibliotecario, cargaba los libros y los escasos muebles en un carro, para ubicarlos en una nueva sede, nunca alejada de la Plaza Rivadavia. En 1885 fue el local de Sarmiento 13; un año después, O’Higgins 28.
“El viejo Aguirre” era un cubano de vasta cultura, que frecuentaba “El Mentidero”. Al fundarse la Biblioteca hubo acuerdo en que él debía dirigirla. Organizó la colección, empezó a guardar día a día los diarios (que aún se conservan en la hemeroteca), cobraba las cuotas y hacía todo lo que fuera necesario, por un salario bastante magro. Recuerda Felipe Caronti: “Daniel Aguirre, el viejo Aguirre, como lo llamamos enseguida, aun cuando no lo fuera por su edad, sino por sus achaques, nombre con el cual pasó el resto de su vida en la localidad”. Al morir, en 1895, tenía 46 años.
En 1890, siendo intendente el Dr. Leónidas Lucero, la Municipalidad cedió a la Asociación un lote de 10 x 50 metros en Moreno 86, para que levantara su primer edificio propio que, construido por Degiorgi, Gerardi y Cía, resultaba suntuoso para la ciudad y la época. Su costo, $ 9000, se pagó con una subvención provincial de $ 4000 lograda por Luis Caronti, que en ese momento era diputado provincial, más una suscripción pública e ingresos ordinarios de la Asociación. En enero de 1895 se saldó la última cuota de esa casa, donde la Biblioteca Rivadavia funcionó desde 1891 hasta 1930.
El grupo fundador había dado el primer gran paso, el que puede darse en un rapto de voluntarismo, a riesgo de abortar cuando el entusiasmo inicial va decayendo. Los problemas, sobre todo financieros, fueron cada vez más graves al terminar el siglo XIX y la entidad se vio signada por una crónica falta de recursos. Si sobrevivió fue más por la tozudez y la generosidad de personas con vocación de desprendimiento, que por lo que aportaron los gobiernos en cumplimiento de lo que la ley y el interés de estado mandan.
Al sucesor del “viejo Aguirre” se le bajó el sueldo a la mitad, porque no se podía pagar más. Como necesitaba otro empleo para mantenerse, se aceptó que la Biblioteca atendiera sólo en horario nocturno. Se nombró “una comisión para buscar personas que se hagan socias de la Bibliote­ca” (actualmente se está organizando un grupo de voluntarios con el mismo fin), se pidió un aumento de la subvención municipal y se suspendió, hasta que creciera el número de socios, el pago de la comisión que recibía el bibliotecario por la cobranza.[7]
La cuota municipal, que seguía en $ 20, se aumentó a $ 50 en 1900. En 1902 llegó un subsidio provin­cial de $ 100 y así siguió la Biblioteca, a los tumbos. El número de socios cayó a 75 y el préstamo a domicilio fue de 811 libros en 1903, contra los 4679 de 1892. El acervo bibliográfico apenas había crecido de 4985 volúmenes en 1889 a 5530 en el inventario de 1904. La Biblioteca estaba estancada y entonces (igual que hoy) no faltaron voces que anunciaran su cierre. Siempre es más fácil augurar la caída que trabajar por el rescate de un capital reunido con tanto esfuerzo.
En 1905 asume como presidente Don Emilio Díaz y da el necesario golpe de timón. Se volvió a atender en horario diurno, manteniendo el nocturno; los socios aumentaron a 135, se prestaron 1119 libros a domicilio y aumentó la colección a 6814 volúmenes. Se compiló un nuevo catálogo, se arregló la casa, instalando calefacción, aumentó el número de sillas y mesas, y por fin, luego muchos trámites, se obtuvo en forma gratuita el servicio de electricidad. Con gran esplendor se inauguraron seis lamparitas que iluminaban (a veces) la lectura. Muy malo parece haber sido el servicio, porque poco después se agregaron otras a gas, para asegurar una iluminación más continua. El abogado Dr. Francisco Cervini donó algunas lámparas más para combatir la semioscuridad reinante.
En 1910, con los festejos del Centenario, la colectividad española hizo un aporte memorable, donando una valiosa colección que incluía la Biblioteca de Autores Españoles editada por Rivadeneyra, libros sobre historia y geografía de España, y lo principal de su literatura contemporánea. La selección estuvo a cargo nada menos que de Marcelino Menéndez y Pelayo y Miguel de Unamuno.
En 1911 la Provincia de Buenos Aires eliminó el subsidio de años anteriores, y otra vez la Biblioteca se vio en problemas, que se superaron mediante donaciones de algunos particulares.
Con la presidencia del Dr. Eduardo Bambill (1912-1913) se incrementaron las conferencias, aumentaron los socios y los libros, y un subsidio anual de la Nación vino a dar cierto respiro por un tiempo.
En 1915 el nuevo presidente, Dr. Bartolomé J. Ronco, propició una mayor comunicación con la comunidad. Dice Germán García: “Si los socios no venían solos, había que ir a buscarlos; si hacia falta plata para construir estanterías, comprar libros o hacer catálogos, se salía a la calle para sacársela a quienes podían darla. Se hizo una nueva clasificación e inventario de todo el material bibliográfico, se catalogaron todas las obras y hasta se pensó seriamente en abrir sucursales”.[8] En 1915 se abrió una sala de lectura en Punta Alta, como experimento para otras que no se concretaron.
En diciembre de 1915, al concluir el mandato del Dr. Ronco, se designó presidente al inolvidable Dr. Francisco Cervini, quien permanecerá en el cargo por casi 40 años (1916-1955). Todo un récord de permanencia y eficiencia administrativa.
Desde 1912 el préstamo a domicilio estaba limitado a obras de fácil reposición, en vista de las pérdidas que se habían sufrido. En la práctica, pocos libros buenos podían sacarse, lo que contribuía a la fuga de socios. Para sacar obras de algún mérito se exigía un depósito en dinero y aun así la mayoría de los libros (entre ellos todos los donados por España) no podían retirarse.
En un círculo vicioso que vemos resurgir cada pocos años, al haber menos socios escasearon los recursos, se redujo el personal y se limitó la compra de libros, con lo que la Biblioteca se atrasó, atrajo a menos socios... da capo.
Al asumir Cervini, ni la provincia ni el municipio contribuían con dinero, y el subsidio nacional de la Ley 419 estaba muy atrasado.[9]
Cervini patrocinó numerosos actos a beneficio, desde funciones de teatro y conferencias hasta un partido de fútbol; recuperó el aporte municipal y no pocas veces saldó de su bolsillo las deudas de la institución.
Para interesar a la población, en 1923 se hizo un nuevo tipo de conferencias populares. Los domingos a la tarde se apostaba un mateo en una esquina de la Plaza Rivadavia, y desde allí el orador entusiasmaba al público con algún tema, animándolo a ir a la Biblioteca por más. Los conferencistas eran destacados intelectuales de Bahía Blanca, como Prudencio Cornejo, Agustín de Arrieta, Esteban Rigamonti y Justo Mouzo. Así, muchos de los que se habían detenido a escuchar en la plaza, se atrevían luego a asistir a las conferencias que se daban bajo techo, en cines y salones de la Municipalidad.
En 1930 se creó la biblioteca escolar ambulante. Eran seis muebles con cien libros cada uno, dos de los cuales se depositaban durante un mes al año en cada colegio, con la posibilidad de llevarlos a domicilio. Con otro tipo de libros se repitió esa experiencia en distintas asociaciones civiles.
Actualmente muchas escuelas tienen su propia biblioteca y hay varias bibliotecas populares en la ciudad, fundamentalmente de proyección barrial, pero en las primeras décadas del siglo XX la acción de la Rivadavia era casi el único medio de promoción de la lectura en los barrios. [10] Las estanterías ambulantes de la Biblioteca Rivadavia funcionaron hasta la década de 1960.
La hora del cuento infantil era otro atractivo (retomado con éxito en 2002). En 1930 no consistía sólo en la audición de narraciones contadas por los mayores, sino que los chicos participaban también en relatos escenificados. La bibliotecaria de la sala infantil, Brunilda Serrano, organizó un teatro de títeres, donde los niños fabricaban muñecos, pintaban telones y hacían de titiriteros.
 
El legado de Caronti
Luis Caronti fue un personaje irrepetible. Nacido en Bahía Blanca en 1858, era uno de los jóvenes que integraban “El Mentidero” fundador de la Biblioteca. Su carrera militar activa comenzó en 1870, cuando se alistó como soldado voluntario de infantería, y continuó hasta su retiro en 1900, con el grado de teniente coronel y una foja de servicios impecable. Más allá de esa trayectoria, que habría bastado para un hombre normal, participó en forma continua y destacada en instituciones democráticas. A los 17 años era secretario municipal, a los 20, receptor de rentas de la aduana y a los 22, presidente del Consejo Escolar; a los 27 fue intendente municipal de Bahía Blanca y a los 28, diputado provincial.
En 1885, cuando era presidente del Comité del Partido Nacional, se unió con el Coronel Daniel Cerri (que llegará a general, como lo recuerda el nombre de un pueblo del partido de Bahía Blanca) y otros amigos para fundar el diario El Argentino, de fuerte espíritu democrático.
En 1889 la Biblioteca Rivadavia designó a Luis Caronti socio honorario. Él agradeció con una emotiva carta, pero pidió seguir siendo socio activo, para no privarla de su cuota mensual, que pagó de por vida. Año tras año, desde el lugar de residencia que fuere, enviaba por lo menos una donación de libros, a veces colecciones completas con su mueble correspondiente. El primer reloj de la Biblioteca, que aún se conserva, también fue regalo de Caronti.
Al morir, el 2 de septiembre de 1917, sin herederos forzosos, ni descendientes ni as­cendientes, distribuyó por testamento algunos muebles, cuadros y objetos entre entidades y personas de su afecto, dejó también algunas sumas de dinero para sus colaboradores directos, pero para el grueso de su fortuna, cercana a los $ 400.000, dejó escrito: “Yo, los bienes que ahora poseo, en propiedades, dinero y demás que pueda corres­ponderme, dispongo sean entregados por iguales partes, mitad al Hospital Municipal de Bahía Blanca y la otra mitad a la Biblioteca Pública de la misma ciudad, que sostiene la Asociación Bernardino Rivadavia, de cuya sociedad fui fundador...”
Especialmente reveladora del carácter del donante es la octava cláusula del testamento: “Nombro albacea administrador de todos mis bienes mientras dure la liquidación de mi testamentaria, al nombrado doctor [Francisco A.] Gastelú, en su defecto a mi hermano Felipe Caronti Casati o al Intendente Municipal de Ba­hía Blanca, siempre que sea electo por el pueblo, pero en ningún caso a ningún comisionado de los que suele nombrar el P. E. de la Provincia de Bue­nos Aires y, en defecto del Intendente Municipal de Bahía Blanca, al presi­dente de la Asociación Bernardino Rivadavia que sostiene la Biblioteca Pú­blica de Bahía Blanca.”
Para este demócrata ferviente, sólo un intendente elegido por el pueblo era digno de administrar sus bienes.
Como si poco le debiera ya la Biblioteca, ahora era dueña de la mitad de la fortuna de su generoso fundador. El trámite sucesorio fue largo, porque había muchas propiedades que vender, pero su voluntad fue cumplida cabalmente. Un oportuno proyecto de los diputados Enrique González y Edgardo J. Míguez logró que por ley nacional 11.388, del 28 de septiembre de 1926, se diera posesión a la Asociación Bernardino Rivadavia de un terreno en la manzana fundacional de Bahía Blanca, es decir, donde en el origen había estado la Fortaleza Protectora Argentina, para que se construyera allí un edificio destinado específicamente a biblioteca popular.
Ese lote, en Avenida Colón 31, tiene una ubicación excepcional, en la misma manzana que algunos de los edificios más imponentes de la ciudad, como el del Banco de la Nación y el ex‑Banco Hipotecario Nacional (hoy ocupado por la AFIP). Otros “vecinos” notables son la Aduana, el Palacio de Tribunales y el Correo. La Biblioteca no podía menos que construir un palacio, como sostenía el presidente Cervini ante quienes, más temerosos, proponían una construcción más modesta, que seguramente no habría resistido tan bellamente el paso del tiempo hasta hoy.
En 1927 el arquitecto Ernesto Giraud ganó el concurso de proyectos y en sólo tres años se construyó el imponente edificio neoclásico. Los lectores se distribuyen en tres salas: la general, para lectura silenciosa; la sala infantil, con libros y videos acordes a la edad de los usuarios, y la de referencia, cuyas deterioradas mesas reflejan que, en la práctica, es el centro de actividad de los adolescentes, no siempre bien entrenados en normas de convivencia. Son muy destacables los vitrales de las ventanas y claraboyas, así como el que corona el techo de la sala general de lectura. Desde hace algunos años, en la sala de ficheros se ubican las computadoras para que los usuarios consulten la parte del catálogo que está informatizada. En el subsuelo (donde estaban las mazmorras del fuerte) funcionan la hemeroteca y el depósito de libros.
En el piso superior, el salón auditorio es una preciosa sala con excelente acústica y capacidad para 400 personas sentadas, entre la platea y la tertulia en forma de herradura. En el mismo piso hay otras dos salas para cursos y conferencias.
La parte anterior del subsuelo, con acceso directo desde la calle, está adaptada como sala de exposiciones, donde se han expuesto obras de los principales artistas plásticos del país, así como muestras de filatelia, numismática y fotografía, presentaciones y exhibiciones de libros y otras actividades culturales.
Al construirse el edificio, la Biblioteca poseía unos 25.000 libros, pero el espacio destinado a depósito previó lugar para una colección seis veces mayor. Cuando se habían alcanzado los 140.000 volúmenes, en 1995, se pudo ampliar el depósito gracias a un convenio de uso de un inmueble estatal ocioso cuya parte posterior, lindante con la Biblioteca, fue conectada internamente para ese fin.
Lamentablemente, en la década del 30 no era norma construir accesos para personas discapacitadas, de modo que la Biblioteca no tiene rampas ni ascensores, que la estructura original no admite. Hasta ahora hubo tres proyectos de ley, iniciados por dos diputados nacionales de distinto partido, para ceder definitivamente el inmueble lindero, que la Biblioteca ya usa parcialmente, lo que permitiría brindar una entrada más cómoda, sin escaleras, para las personas con dificultades motrices o muy ancianas, que son usuarios frecuentes.
 
Volvamos a 1930. No sólo había que resolver la mudanza de la Biblioteca, cuyo patrimonio ya no cabía en el carro del viejo Aguirre, sino que se debía rediseñar todo el servicio.
Desde 1927 venía desempeñándose como bibliotecario el joven Germán García, que en 1930 fue designado para organizar la biblioteca en el flamante edificio. Adoptó el sistema de clasificación que usaba la Biblioteca de París, originalmente ideado por Brunet, con fichas según normas anglo-americanas.
La mudanza desde Moreno 86 y la apertura del servicio al público en Colón 31 se hizo en tiempo récord (menos de un mes). Ese breve lapso se recuerda como la interrupción más larga que tuvo hasta hoy la Biblioteca desde su fundación, ya que estuvo abierta invierno y verano (salvo domingos y feriados), durante los últimos 120 años.
Germán García continuó como director bibliotecario hasta 1956, cuando renunció para hacerse cargo de la Dirección de Bibliotecas Populares de la Provincia y luego de la biblioteca de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires.
Es difícil resumir la cantidad de visitantes ilustres que prestigiaron las salas de la Biblioteca Rivadavia con conferencias, conciertos, recitales de poesía y exposiciones. Por razones de espacio, se mencionan sólo algunos, ardua y arbitrariamente elegidos: Ramón Gómez de la Serna, Carlos López Buchardo, Martín Noel, Gabriela Mistral, Raúl Scalabrini Ortiz, Emilio Pettoruti, Jacinto Benavente, Arturo Cancela, Nicolás Repetto, Bernardo Canal Feijoo, Guillermo Díaz Plaja, Ángel Battistessa, Milagros de la Vega, Raúl Soldi, Ángel Roffo, Waldo Frank, Roberto F. Giusti, Enrique de Gandía, Ezequiel Martínez Estrada, Alberto Palcos, Juan Mantovani y Fryda Schultz de Mantovani, Victoria Ocampo, Guillermo P. Furlong, José María Monner Sanz, José Babini, Víctor Massuh, Vicente Fatone, Mario Bunge y muchísimos más.
Cuando en la ciudad no había tantas entidades culturales como ahora (dos universidades, institutos terciarios, Conservatorio Provincial de Música, Escuela de Danzas, Escuela de Artes Visuales, etcétera) la Biblioteca Rivadavia era el centro neurálgico del quehacer cultural. Hoy continúa trabajando, repartida la tarea con todas esas instituciones que amplían enormemente el potencial cultural de la ciudad.
 
Universidad en Bahía Blanca
Tener una universidad propia era un viejo anhelo de la ciudad que suele llamarse “puerta y puerto de la Patagonia”. Después de dos proyectos fallidos en 1924 y 1939, un grupo de ciudadanos creó la Universidad del Sur (1940), entidad privada cuyos profesores trabajaban ad honorem. El acto inaugural, por supuesto, se realizó en la Biblioteca Rivadavia.
Esa universidad cerró tres años después debido a la mala situación económica, pero fue un antecedente para que en 1947 se creara el Instituto Tecnológico del Sur, esta vez dependiente del Estado.[11] Ese momento, auspicioso para la ciudad, envolvió a la Biblioteca en un acalorado debate. La euforia de unos y la especulación política de otros se aunaron para proponer que la Biblioteca Rivadavia fuera transferida a la nueva institución universitaria. El clima político era muy denso y los ánimos se enardecieron peligrosamente. El tema se discutía en las calles y con altoparlantes se hacía campaña en uno y otro sentido.
Finalmente la asamblea de socios, una de las más nutridas que se recuerdan, votó por mayoría que debía seguir siendo una biblioteca popular, dependiente de la asociación civil que la había creado.
En 1956 el Instituto Tecnológico se convirtió en la Universidad Nacional del Sur, de reconocida trayectoria académica, cuya valiosa biblioteca no compite con la de la Asociación Bernardino Rivadavia, porque esta última no es una biblioteca especializada, sino que apunta mayormente a un fondo de cultura general. Su objetivo fundamental es promover la lectura y no proporcionar los últimos tratados específicos de materias técnicas, que necesariamente está obligada a tener una biblioteca universitaria.
Si bien en la Biblioteca Rivadavia pueden consultarse muchas obras técnicas, su finalidad y en parte el público que concurre son distintos de los de una biblioteca especializada. No entender la diferencia suele causar el malestar de quien no halla todo lo que está buscando, porque lo busca en el sitio incorrecto.[12]
Los falsos dilemas con que nos enfrentamos permanentemente los argentinos no llevaron a una ruptura en este caso, ya que muchos anexionistas creían que de ese modo aseguraban la continuidad de la Biblioteca, pero no faltan los que aún siguen creyendo que era mejor dar por terminada la etapa independiente, para cobijarse en la pretendida seguridad del Estado, que tan poco interés demostró a veces por sostener la cultura.
 
Después de Cervini
En 1955 dejó la presidencia quien había sido reelecto continuadamente por cuatro décadas. Lo sucedieron Raúl Bagur (1956-1963), Ismael Ricci (1964-1967), Juan J. Llobet Fortuny (1968-1969), la profesora Berta G. Lejarraga (1969-1975). Todos enfrentaron los mismos problemas: subvenciones cortadas, dificultades para actualizar la bibliografía, pedidos a empresas y particulares para conseguir fondos, cada vez más escasos proporcionalmente dada la dimensión que había alcanzado la institución.
El bibliotecario que sucedió a Germán García en 1956 fue Emilio Bueso, hasta su jubilación en 1972; después, brevemente, la entrañable periodista Esther B. Serruya (“Helen”), que hoy integra el Consejo Directivo, y José Costa, que lo hizo ad honorem hasta que en 1974, retirado de sus otras actividades, volvió Germán García.
Era evidente que la Biblioteca necesitaba renovarse, adoptando entre otras cosas un sistema de clasificación bibliográfica decimal, pero con una colección tan numerosa la ímproba tarea se fue demorando.
De 1976 a 1983 presidió la institución el destacado matemático Dr. José María Arango.
La mención de esos años va generalmente asociada a la intolerancia y la violencia que alteraron el rumbo de todas las instituciones y que golpearon con especial contundencia a las universidades. Sin embargo, la Biblioteca Rivadavia fue afortunada en ese aspecto, ya que nunca fue intervenida, sus autoridades siempre fueron elegidas por asambleas de socios y no hubo purgas de empleados ni de libros. El Dr. Arango y los sucesivos Consejos Directivos que lo acompañaron, actuaron con mesura, manteniendo el clima de amplitud y pluralismo ideológico que necesita imprescindiblemente una institución de cultura, como recoge explícitamente el artículo 2 de la actual ley de promoción de bibliotecas populares (Ley 23.351, de 1986).
En esos duros años ingresó como Jefa de Procesos Técnicos la profesora Marta Garelli, que acababa de perder su cargo en la Universidad. Ella se convirtió en la mano derecha del director bibliotecario y contribuyó en gran medida al correcto mantenimiento del servicio. Con el retorno a la democracia, la profesora Garelli volvió a ocupar su cátedra universitaria.
La casa de Moreno 86, que estaba en muy mal estado, se vendió y con ese dinero se encaró la importante restauración que necesitaba el edificio de Colón 31, que llevaba medio siglo de funcionamiento continuo. Lamentablemente, la vieja casona ya no existe.
 
Federico Massot y la gran campaña de 1984
Al asumir la presidencia el contador Raúl Gouarnalusse, en 1984, la poca plata que quedaba después de la refacción del edificio, se licuó junto con los ahorros del resto de los argentinos. La Biblioteca estaba una vez más al borde del abismo y nuevamente se buscó el apoyo de la ciudad, que lo dio de un modo impresionante.
La Nueva Provincia organizó un formidable movimiento, a cuyo frente se puso personalmente Federico Christian Massot, subdirector del diario y hombre de vastísima cultura. Su influencia y dedicación contribuyeron mucho a que adhirieran numerosas personas y empresas.
Bahía Blanca ya tenía un neto perfil industrial, con un poderoso Polo Petroquímico, había firmas locales de proyección internacional y bancos cuyos directorios residían en la ciudad. Se logró que 84 empresas se convirtieran en socios “protectores” o “benefactores”, obteniendo un insólito superávit.
En 1984 la Asociación nombró un Director de Cultura, para potenciar las acciones de extensión, cargo que desde entonces desempeña el licenciado Gustavo Monacci.
El octogenario bibliotecario, Don Germán García, se retiró de la dirección en 1985 e ingresó en su reemplazo la licenciada Raquel Lamarca, que inició la necesaria modernización. Se encaró la sustitución de la vieja clasificación francesa por la decimal de Dewey, tarea que en gran medida está cumplida; se creó la hemeroteca, separándola del servicio de lectura general; llegaron las primeras computadoras y con ellas la posibilidad de informatizar el catálogo (tarea que está cumplida en un 50 % aproximadamente).
 
Otro evento trascendente de la presidencia Gouarnalusse, con la competente secretaría de Roberto Arozamena, fue la compra del edificio donde antes funcionaba la empresa Bunge & Born, enfrente de la Biblioteca, en Avenida Colón 48/50. Se quería trasladar allí parte de los servicios, para descomprimir el uso del edificio principal. Cuatro importantes empresarios locales fueron garantes de un préstamo hipotecario, que se terminó de pagar en 1996. Sin embargo, no se pudo cumplir el proyecto de abrir ese anexo, porque la situación económica había vuelto a cambiar.
Después del “renacimiento” de los 80, debido en gran medida al mecenazgo renacentista de Federico Massot, fallecido prematuramente en 1990, la Asociación enfrentó el embate de la década siguiente, caracterizada por la enajenación de los bienes nacionales y la pérdida de muchas industrias locales. Las que no cerraron fueron absorbidas por multinacionales a cuyos directorios, ajenos a la ciudad, es imposible interesar por una biblioteca a 700 kilómetros de distancia. Distinto era el tiempo en que los empresarios locales, sus hijos y en muchos casos sus padres, habían podido estudiar gracias a la Biblioteca Rivadavia, que para ellos era algo familiar y querible.
De las empresas benefactoras de hace dos décadas, sólo PBB-Polisur mantiene fielmente una importante cuota mensual. Unas pocas empresas, una fundación cultural y algún particular hicieron aportes mensuales especiales en 2002, pero una vez más el grueso de la recaudación provino de las cuotas individuales de unos 3700 socios.
Se decidió por fin ofrecer en alquiler el ex-edificio de Bunge & Born, para tener un ingreso exigible e inelástico. Allí funciona ahora el Departamento de Derecho de la Universidad Nacional del Sur.
A fines de 2001 el contador Gouarnalusse anunció que en marzo dejaría la presidencia, tras 18 años de gestión continuada, y en la misma fecha se jubiló la directora bibliotecaria, sin que se pudiera cubrir la vacante por falta de fondos. Se redujo el horario del personal, se achicaron gastos, nuevamente se resintió la compra de libros... una historia que fatalmente se repite.
El Prof. Pedro González Prieto, a cargo de la presidencia hasta marzo de 2003, apoyado por el Consejo Directivo, a sus 80 años dedicó el verano a recorrer una vez más las calles, entrevistándose con comerciantes, empresarios y políticos, con un optimismo que hace honor a sus predecesores históricos. Y una vez más se está produciendo la reacción de la ciudad, que deja caer a la Biblioteca hasta cierto punto y recurrentemente se alarma cuando percibe que puede perderla.
 
La Biblioteca hoy
Es, sin exagerar, una de las bibliotecas populares más importantes del país, con más de 156.000 volúmenes. Entre tantos libros hay algunos notables por su antigüedad, como un ejemplar de La Farsalia de Lucano, impreso en Venecia, en 1515, y otras ediciones de los siglos XVI a XVIII que sería largo enumerar. No faltan ediciones preciosas por sus ilustraciones, como el Paraíso perdido de Milton o La Divina Comedia, ilustradas por Gustavo Doré. De Martín Fierro puede recorrerse su historia completa, desde las ediciones populares que se ofrecían en las pulperías, hasta las de lujo, como la de Amigos del Arte (1930) encuadernada en cuero de Rusia, con xilografías de Adolfo Bellocq, y también versiones traducidas a lenguas tan dispares como guaraní y croata.
Pero aparte de los bibliófilos que puedan interesarse en esos tesoros, a la Biblioteca concurren entre 600 y 1000 personas por día que consultan alrededor de 300.000 libros por año en las salas de lectura y retiran a domicilio unos 60.000.
Una sección especialmente activa es la hemeroteca, que reúne casi todos los periódicos que se editaron en Bahía Blanca (81 títulos desde 1883), más los principales diarios de Buenos Aires, La Arena de La Pampa, el Río Negro y otros; ahora se están catalogando los diarios extranjeros, algunos muy antiguos, cuya existencia aún no se había dado a publicidad. Posee la colección completa de publicaciones de interés general, como Caras y Caretas, PBT, El Hogar, Plus Ultra, Todo es Historia –excepto el inhallable no 1–, todas las guías comerciales, turísticas y culturales de Bahía Blanca desde 1900 y otras publicaciones periódicas, sobre todo nacionales, que totalizan 584 títulos. Para preservar los diarios más antiguos, se los ha microfilmado. También se conservan facsímiles de diarios de la época de la Revolución de Mayo. La hemeroteca es muy visitada por historiadores argentinos y extranjeros.
Entre los documentos históricos que se conservan figura un expediente de 1876 abierto tras la captura de un tal Juan Prat, llegado a Patagones en el pailebote “Pampita”. Felipe Caronti fue quien le tomó declaración en Bahía Blanca a quien resultó ser el prófugo Orllie I Antoine de Tounens, que se había coronado rey de la Araucanía y la Patagonia. El historiador Armando Braun Menéndez pudo completar su investigación sobre este personaje gracias a la Biblioteca Rivadavia.[13]
La lectura de los diarios del día es un servicio que se ofrece desde hace 120 años y tiene numerosos usuarios. Es también un motivo de encuentro, sobre todo para jubilados, algunos de los cuales frecuentan la Biblioteca desde que iban allí a hacer sus tareas escolares, muchas décadas atrás.
La videoteca presta material documental sobre ecología, biología, historia del arte y otros temas, así como clásicos del cine nacional. La mapoteca tiene numerosas piezas de la región sur del país y el archivo sonoro supera las 26.000 piezas, sobre todo discos de pasta y de vinilo de una amplia variedad de estilos musicales. La colección de obras de arte ronda las 300 piezas, entre pinturas, esculturas, dibujos y grabados.
La Biblioteca Popular de la Asociación Bernardino Rivadavia ha sido un elemento gravitante del desarrollo intelectual de Bahía Blanca y es uno de los orgullos de la ciudad. Aun con altibajos, sigue al servicio de la cultura popular, manteniendo el rumbo señalado por Luis Caronti, Francisco Cervini, Federico Massot y tantos otros, gracias a la solidaridad de quienes entienden que no todo ha de valorarse por su rendimiento económico.
Confiemos en que una vez más logre salvar las dificultades que la están cercando.
 
Notas
 
[1] Cignetti, A. M., “La consolidación (1835-1880)”. En: Weinberg, F. (Director), Manual de Historia de Bahía Blanca. Universidad Nacional del Sur, Departamento de Ciencias Sociales, 288 pp. Bahía Blanca, 1978.
[2] Priegue, C. N., “La población aborigen”. En: Weinberg, F. (Director), Manual de Historia de Bahía Blanca. Universidad Nacional del Sur, Departamento de Ciencias Sociales, 288 pp. Bahía Blanca, 1978.
[3] García, G. La Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia. 100 años de historia: 1882-1982. Asociación Bernardino Rivadavia, 89 pp. Bahía Blanca, 1982.
[4] La función del prestidigitador René Lavand, en 2001, aportó $ 711 a la institución.
[5] Triste es consignar que actualmente la Municipalidad de Bahía Blanca contribuye con $ 500 anuales.
[6] García, G. Op. cit.
[7] Durante 2002, por similares causas, se redujo el horario de trabajo del personal y de atención al público... ¡eterna recurrencia de causas y soluciones!
[8] García, G. Op. cit.
[9] En 2002 la CONABIP (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares) aportó sólo $ 2.500 a la Biblioteca Rivadavia.
[10] La segunda biblioteca popular de la ciudad se fundó en Villa Mitre en 1922 y actualmente tiene 28.000 libros. La tercera, en el barrio Bella Vista, en 1944. Después se fundaron la del barrio Napostá, en 1960, y otras dos en 1989 (Harding Green y Pajarita de Papel). Las colecciones de las últimas cuatro son de entre 4000 y 8700 volúmenes. Cf.: CONABIP (Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares). Guía de bibliotecas populares de la Argentina. CONABIP, 383 pp. Buenos Aires, 1997.
[11] Rahman, A. U. (Rector). Universidad Nacional del Sur. Bahía Blanca. Su creación y desarrollo. Universidad Nacional del Sur, 142 pp. Bahía Blanca, 1966
[12] Para un análisis detallado del concepto y los alcances de las bibliotecas populares se recomienda consultar: Veneroni, R. Bibliotecas populares argentinas. Ed. Manrique Zago, 223 pp. Buenos Aires, 1995.
[13] Braun Menéndez, A. El Reino de Araucanía y Patagonia. 5a edición. Ed. Francisco de Aguirre, 176 pp. Buenos Aires, 1967.

 

 

 
 
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