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- Cuando
llegó el primer tren, la Biblioteca ya estaba
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Por Néstor J.
Cazzaniga
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La Fortaleza Protectora
Argentina, construida en 1828 como avanzada contra el indio,
había dado origen a Bahía Blanca, un pueblo que
durante medio siglo vivió vigilando el horizonte, fusil
al hombro. El 19 de mayo de 1859, las dos mil lanzas de
Calfucurá entraron en malón a la desamparada
aldea.[1] Los
pobladores corrieron a refugiarse en el fuerte, mientras la
guarnición criolla y la Legión Militar Italiana
–soldados agricultores llegados en 1856–lograban una
espeluznante matanza que disuadió a las tribus por un
tiempo. Al día siguiente el coronel Orquera levantó
una pira con los cadáveres de 200 indios frente al
fuerte, donde hoy está la Plaza Rivadavia. El humo y el
olor a carne humana quemada inundaron el aire, hasta que la
Comisión Municipal pidió que cesara esa atrocidad,
por “estar en su derecho como encargada del mejor estado
de la higiene pública, a la vez que por la moralidad de
las costumbres, a las cuales no puede menos que perjudicar en
alto grado el acto que reclama”.[2]
Ése era el clima de
barbarie que vivía la incipiente ciudad de frontera
veinte años antes de la Campaña al Desierto.
Ningún otro malón pudo entrar a Bahía
Blanca, que de todos modos siguió oteando la llanura. Los
intentos de los hermanos Namuncurá en 1870 y 1877 fueron
interceptados a tiempo.
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Hacia 1880 había en la
ciudad un grupo de amigos “con pretensiones de
intelectualidad” (en palabras de Felipe Caronti)[3]
que se reunía en
estimulantes tertulias en el café de Molina y, al
cerrarse éste, en otros sitios que ofrecieran algo más
que alimento para el espíritu. Allí “...se
discutía todo y de todo, sentenciando a troche y moche en
las más arduas cuestiones que nos cayeran a mano, sin
arredrarnos lo abstruso de ellas, con la confianza y la
suficiencia ingénita de la primera juventud, aun cuando
algunos de los afiliados vogaban en demanda del país de
las canas, por más prematuras que ellos las reputaran.
[...] Poco después el cenáculo, conservando su
primitiva intimidad, se aumentó con nuevos miembros
y tomó el nombre de ‘El Mentidero’, derivado
del célebre rincón de Madrid que durante el
reinado de Felipe IV, si mal
no
recuerdo, hizo época en la historia de la coronada villa.
[...] De tanto en tanto ‘El Mentidero’ celebraba
magnas tenidas gastronómicas, en conmemoración del
cumpleaños de algún miembro, o de otro
acontecimiento del círculo –que nunca faltaba
motivo para tales fiestas–.”
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Aunque la incipiente ciudad
aún no tenía alumbrado en sus calles, todas de
tierra, el puerto comenzaba a impulsar su prosperidad. El
contacto por tierra con Buenos Aires eran las carretas. Las
noticias que iban llegando aparecían en El Porvenir,
primera hoja periodística local. En 1882 se fundó
el Club El Progreso, primer centro social bahiense, que funcionó
hasta 1903. También en 1882, las colectividades española
e italiana fundaban sus respectivas Sociedades de Socorros
Mutuos (aún vigentes).
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Desde 1870 la Ley 419,
conocida como Ley Sarmiento, promovía las bibliotecas
populares y la cordial tertulia literario-cafetera pensaba
románticamente en crear una en Bahía Blanca.
Circuló una hoja que invitaba al vecindario a fundar una
biblioteca, “...necesidad urgente reclamada ya, dado el
progreso que día a día se desarrolla en este
pueblo llamado a figurar en breve tiempo entre los primeros de
la Provincia de Buenos Aires”. ¡Qué visión
de futuro, cuando la aldea tenía sólo 2099
habitantes, de los que 1062 eran analfabetos! Pero justamente
los impulsaba el afán, emblemático de la
generación del 80, de difundir la educación
popular.
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La Asociación
Bernardino Rivadavia se constituyó oficialmente el 16 de
julio de 1882, con Eliseo Casanova, notario y director de la
escuela de varones, como presidente. Integraban el Consejo
Directivo los hermanos Felipe y Luis Caronti, el Dr. Leónidas
Lucero, Octavio Zapiola, Daniel Cerri y otros nombres de
sonoridad familiar para los bahienses, ya que esos apellidos son
hoy nombres de calles e instituciones de la ciudad.
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Los bienes iniciales de la
Asociación eran menos que modestos: un par de libros de
actas y de tesorería, un sello de goma que donó
Luis Caronti y poca cosa más. El director de la
Biblioteca Pública de Buenos Aires donó un lote de
libros, traídos gracias a una suscripción que se
hizo para pagar el flete.
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El Circo Italiano, que andaba
por la zona, ofreció una función a beneficio que,
descontados los gastos, rindió $ 202 en moneda
corriente. En febrero de 1884, otra función benéfica
a cargo del mago Juan Nurant reportó a la Biblioteca $
56,06 esta vez en moneda nacional. La ganancia no fue mucha
(como siempre a lo largo de sus 120 años de vida),[4]
pero sirvieron para llamar la
atención del público.
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También en 1882 la
Municipalidad dio su primer subsidio ($ 3600 por única
vez) y asignó una cuota de $ 20 m/n por mes.[5]
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El sostén principal de
la Biblioteca fueron (y son) las cuotas de los socios. El primer
año 101 personas pagaron $ 50 de ingreso y $ 15 mensuales
en moneda corriente. En agosto se encargó la primera
estantería para libros, que costó $ 1000.
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El 9 de octubre, a menos de
tres meses de creada la Biblioteca, comenzó el préstamo
de libros a domicilio (nueve el primer día). No así
la lectura en el local provisorio, donde no había ni una
mesa ni sillas para los lectores. La primera mesa para la sala
de lectura la consiguió Octavio Zapiola en un remate, en
Buenos Aires, y para evitar gastos la envió agregada a
una carga que venía a nombre de Juan Molina.
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Al cabo del año se
habrán reunido unos 500 volúmenes. En septiembre
de 1882 Daniel Cerri destinó $ 500 para la primera compra
de libros en Buenos Aires: Biografías
de
Lamartine, Historia
Americana de
Barros Arana, Historia
Universal de
Lledó, Reyes
en el destierro de
Daudet, y Silbidos
de un vago
de Cambaceres.
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La segunda factura de libros
incluyó obras de física y astronomía,
diccionarios bilingües de inglés, francés e
italiano, Don
Quijote de la Mancha, La Hermana de la Caridad y
algunos otros. La siguiente lista vino con mucho Dumas y algo de
Paul de Kock. Después vendrían Víctor Hugo
y los novelones de Pérez Escrich, que fueron “por
muchos años evangelio de viejas”.[6]
Se iba perfilando la índole
de la biblioteca popular, con algunos libros técnicos,
pero básicamente dirigida a promover la lectura en
general.
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La siguiente preocupación
fue lograr un local adecuado. En noviembre de 1882 se asignó
una partida para alquilar una “casa aparente y central”,
pero no había una que cubriera las expectativas. Se
aceptó entonces “una propuesta presentada por D.
Daniel Cerri de hacer construir una pieza de 5½ por 5½
varas con piso de tablas y cielo raso en la misma plaza, por el
precio de cuatrocientos pesos moneda corriente mensuales y
además agrega el proponente que en caso que la Biblioteca
no tenga recursos con qué pagar, el señor Cerri se
compromete [a] dejar ocupada la pieza sin retribución por
los meses que no les sea posible abonar por escasez de
recursos.”
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Pronto las instalaciones
volvieron a ser insuficientes y se empezó a buscar otra
casa.
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Cuando en 1884 llegó el
ferrocarril a Bahía Blanca, ya hacía dos años
que la Biblioteca Rivadavia estaba funcionando.
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Hacen falta una casa y más
dinero.
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La necesidad de espacio físico
seguía siendo crítica. Cada poco tiempo “el
viejo Aguirre”, primer bibliotecario, cargaba los libros y
los escasos muebles en un carro, para ubicarlos en una nueva
sede, nunca alejada de la Plaza Rivadavia. En 1885 fue el local
de Sarmiento 13; un año después, O’Higgins
28.
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“El viejo Aguirre”
era un cubano de vasta cultura, que frecuentaba “El
Mentidero”. Al fundarse la Biblioteca hubo acuerdo en que
él debía dirigirla. Organizó la colección,
empezó a guardar día a día los diarios (que
aún se conservan en la hemeroteca), cobraba las cuotas y
hacía todo lo que fuera necesario, por un salario
bastante magro. Recuerda Felipe Caronti: “Daniel Aguirre,
el viejo Aguirre, como lo llamamos enseguida, aun cuando no lo
fuera por su edad, sino por sus achaques, nombre con el cual
pasó el resto de su vida en la localidad”. Al
morir, en 1895, tenía 46 años.
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En 1890, siendo intendente el
Dr. Leónidas Lucero, la Municipalidad cedió a la
Asociación un lote de 10 x 50 metros en Moreno 86, para
que levantara su primer edificio propio que, construido por
Degiorgi, Gerardi y Cía, resultaba suntuoso para la
ciudad y la época. Su costo, $ 9000, se pagó con
una subvención provincial de $ 4000 lograda por Luis
Caronti, que en ese momento era diputado provincial, más
una suscripción pública e ingresos ordinarios de
la Asociación. En enero de 1895 se saldó la última
cuota de esa casa, donde la Biblioteca Rivadavia funcionó
desde 1891 hasta 1930.
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El grupo fundador había
dado el primer gran paso, el que puede darse en un rapto de
voluntarismo, a riesgo de abortar cuando el entusiasmo inicial
va decayendo. Los problemas, sobre todo financieros, fueron cada
vez más graves al terminar el siglo XIX y la entidad se
vio signada por una crónica falta de recursos. Si
sobrevivió fue más por la tozudez y la generosidad
de personas con vocación de desprendimiento, que por lo
que aportaron los gobiernos en cumplimiento de lo que la ley y
el interés de estado mandan.
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Al sucesor del “viejo
Aguirre” se le bajó el sueldo a la mitad, porque no
se podía pagar más. Como necesitaba otro empleo
para mantenerse, se aceptó que la Biblioteca atendiera
sólo en horario nocturno. Se nombró “una
comisión para buscar personas que se hagan socias de la
Biblioteca” (actualmente se está organizando
un grupo de voluntarios con el mismo fin), se pidió un
aumento de la subvención municipal y se suspendió,
hasta que creciera el número de socios, el pago de la
comisión que recibía el bibliotecario por la
cobranza.[7]
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La cuota municipal, que seguía
en $ 20, se aumentó a $ 50 en 1900. En 1902 llegó
un subsidio provincial de $ 100 y así siguió
la Biblioteca, a los tumbos. El número de socios cayó
a 75 y el préstamo a domicilio fue de 811 libros en 1903,
contra los 4679 de 1892. El acervo bibliográfico apenas
había crecido de 4985 volúmenes en 1889 a 5530 en
el inventario de 1904. La Biblioteca estaba estancada y entonces
(igual que hoy) no faltaron voces que anunciaran su cierre.
Siempre es más fácil augurar la caída que
trabajar por el rescate de un capital reunido con tanto
esfuerzo.
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En 1905 asume como presidente
Don Emilio Díaz y da el necesario golpe de timón.
Se volvió a atender en horario diurno, manteniendo el
nocturno; los socios aumentaron a 135, se prestaron 1119 libros
a domicilio y aumentó la colección a 6814
volúmenes. Se compiló un nuevo catálogo, se
arregló la casa, instalando calefacción, aumentó
el número de sillas y mesas, y por fin, luego muchos
trámites, se obtuvo en forma gratuita el servicio de
electricidad. Con gran esplendor se inauguraron seis lamparitas
que iluminaban (a veces) la lectura. Muy malo parece haber sido
el servicio, porque poco después se agregaron otras a
gas, para asegurar una iluminación más continua.
El abogado Dr. Francisco Cervini donó algunas lámparas
más para combatir la semioscuridad reinante.
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En 1910, con los festejos del
Centenario, la colectividad española hizo un aporte
memorable, donando una valiosa colección que incluía
la Biblioteca de Autores Españoles editada por
Rivadeneyra, libros sobre historia y geografía de España,
y lo principal de su literatura contemporánea. La
selección estuvo a cargo nada menos que de Marcelino
Menéndez y Pelayo y Miguel de Unamuno.
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En 1911 la Provincia de Buenos
Aires eliminó el subsidio de años anteriores, y
otra vez la Biblioteca se vio en problemas, que se superaron
mediante donaciones de algunos particulares.
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Con la presidencia del Dr.
Eduardo Bambill (1912-1913) se incrementaron las conferencias,
aumentaron los socios y los libros, y un subsidio anual de la
Nación vino a dar cierto respiro por un tiempo.
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En 1915 el nuevo presidente,
Dr. Bartolomé J. Ronco, propició una mayor
comunicación con la comunidad. Dice Germán García:
“Si los socios no venían solos, había que ir
a buscarlos; si hacia falta plata para construir estanterías,
comprar libros o hacer catálogos, se salía a la
calle para sacársela a quienes podían darla. Se
hizo una nueva clasificación e inventario de todo el
material bibliográfico, se catalogaron todas las obras y
hasta se pensó seriamente en abrir sucursales”.[8]
En 1915 se abrió una
sala de lectura en Punta Alta, como experimento para otras que
no se concretaron.
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En diciembre de 1915, al
concluir el mandato del Dr. Ronco, se designó presidente
al inolvidable Dr. Francisco Cervini, quien permanecerá
en el cargo por casi 40 años (1916-1955). Todo un récord
de permanencia y eficiencia administrativa.
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Desde 1912 el préstamo
a domicilio estaba limitado a obras de fácil reposición,
en vista de las pérdidas que se habían sufrido. En
la práctica, pocos libros buenos podían sacarse,
lo que contribuía a la fuga de socios. Para sacar obras
de algún mérito se exigía un depósito
en dinero y aun así la mayoría de los libros
(entre ellos todos los donados por España) no podían
retirarse.
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En un círculo vicioso
que vemos resurgir cada pocos años, al haber menos socios
escasearon los recursos, se redujo el personal y se limitó
la compra de libros, con lo que la Biblioteca se atrasó,
atrajo a menos socios... da
capo.
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Al asumir Cervini, ni la
provincia ni el municipio contribuían con dinero, y el
subsidio nacional de la Ley 419 estaba muy atrasado.[9]
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Cervini patrocinó
numerosos actos a beneficio, desde funciones de teatro y
conferencias hasta un partido de fútbol; recuperó
el aporte municipal y no pocas veces saldó de su bolsillo
las deudas de la institución.
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Para interesar a la población,
en 1923 se hizo un nuevo tipo de conferencias populares. Los
domingos a la tarde se apostaba un mateo en una esquina de la
Plaza Rivadavia, y desde allí el orador entusiasmaba al
público con algún tema, animándolo a ir a
la Biblioteca por más. Los conferencistas eran destacados
intelectuales de Bahía Blanca, como Prudencio Cornejo,
Agustín de Arrieta, Esteban Rigamonti y Justo Mouzo. Así,
muchos de los que se habían detenido a escuchar en la
plaza, se atrevían luego a asistir a las conferencias que
se daban bajo techo, en cines y salones de la Municipalidad.
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En 1930 se creó la
biblioteca escolar ambulante. Eran seis muebles con cien libros
cada uno, dos de los cuales se depositaban durante un mes al año
en cada colegio, con la posibilidad de llevarlos a domicilio.
Con otro tipo de libros se repitió esa experiencia en
distintas asociaciones civiles.
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Actualmente muchas escuelas
tienen su propia biblioteca y hay varias bibliotecas populares
en la ciudad, fundamentalmente de proyección barrial,
pero en las primeras décadas del siglo XX la acción
de la Rivadavia era casi el único medio de promoción
de la lectura en los barrios. [10]
Las estanterías
ambulantes de la Biblioteca Rivadavia funcionaron hasta la
década de 1960.
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La hora del cuento infantil
era otro atractivo (retomado con éxito en 2002). En 1930
no consistía sólo en la audición de
narraciones contadas por los mayores, sino que los chicos
participaban también en relatos escenificados. La
bibliotecaria de la sala infantil, Brunilda Serrano, organizó
un teatro de títeres, donde los niños fabricaban
muñecos, pintaban telones y hacían de titiriteros.
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El legado de Caronti
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Luis Caronti fue un personaje
irrepetible. Nacido en Bahía Blanca en 1858, era uno de
los jóvenes que integraban “El Mentidero”
fundador de la Biblioteca. Su carrera militar activa comenzó
en 1870, cuando se alistó como soldado voluntario de
infantería, y continuó hasta su retiro en 1900,
con el grado de teniente coronel y una foja de servicios
impecable. Más allá de esa trayectoria, que habría
bastado para un hombre normal, participó en forma
continua y destacada en instituciones democráticas. A los
17 años era secretario municipal, a los 20, receptor de
rentas de la aduana y a los 22, presidente del Consejo Escolar;
a los 27 fue intendente municipal de Bahía Blanca y a los
28, diputado provincial.
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En 1885, cuando era presidente
del Comité del Partido Nacional, se unió con el
Coronel Daniel Cerri (que llegará a general, como lo
recuerda el nombre de un pueblo del partido de Bahía
Blanca) y otros amigos para fundar el diario El Argentino,
de fuerte espíritu democrático.
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En 1889 la Biblioteca
Rivadavia designó a Luis Caronti socio honorario. Él
agradeció con una emotiva carta, pero pidió seguir
siendo socio activo, para no privarla de su cuota mensual, que
pagó de por vida. Año tras año, desde el
lugar de residencia que fuere, enviaba por lo menos una donación
de libros, a veces colecciones completas con su mueble
correspondiente. El primer reloj de la Biblioteca, que aún
se conserva, también fue regalo de Caronti.
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Al morir, el 2 de septiembre
de 1917, sin herederos forzosos, ni descendientes ni
ascendientes, distribuyó por testamento algunos
muebles, cuadros y objetos entre entidades y personas de su
afecto, dejó también algunas sumas de dinero para
sus colaboradores directos, pero para el grueso de su fortuna,
cercana a los $ 400.000, dejó escrito: “Yo, los
bienes que ahora poseo, en propiedades, dinero y demás
que pueda corresponderme, dispongo sean entregados por
iguales partes, mitad al Hospital Municipal de Bahía
Blanca y la otra mitad a la Biblioteca Pública de la
misma ciudad, que sostiene la Asociación Bernardino
Rivadavia, de cuya sociedad fui fundador...”
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Especialmente reveladora del
carácter del donante es la octava cláusula del
testamento: “Nombro albacea administrador de todos mis
bienes mientras dure la liquidación de mi testamentaria,
al nombrado doctor [Francisco A.] Gastelú, en su defecto
a mi hermano Felipe Caronti Casati o al Intendente Municipal de
Bahía Blanca, siempre que sea electo por el pueblo,
pero en ningún caso a ningún comisionado de los
que suele nombrar el P. E. de la Provincia de Buenos Aires
y, en defecto del Intendente Municipal de Bahía Blanca,
al presidente de la Asociación Bernardino Rivadavia
que sostiene la Biblioteca Pública de Bahía
Blanca.”
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Para este demócrata
ferviente, sólo un intendente elegido por el pueblo era
digno de administrar sus bienes.
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Como si poco le debiera ya la
Biblioteca, ahora era dueña de la mitad de la fortuna de
su generoso fundador. El trámite sucesorio fue largo,
porque había muchas propiedades que vender, pero su
voluntad fue cumplida cabalmente. Un oportuno proyecto de los
diputados Enrique González y Edgardo J. Míguez
logró que por ley nacional 11.388, del 28 de septiembre
de 1926, se diera posesión a la Asociación
Bernardino Rivadavia de un terreno en la manzana fundacional de
Bahía Blanca, es decir, donde en el origen había
estado la Fortaleza Protectora Argentina, para que se
construyera allí un edificio destinado específicamente
a biblioteca popular.
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Ese lote, en Avenida Colón
31, tiene una ubicación excepcional, en la misma manzana
que algunos de los edificios más imponentes de la ciudad,
como el del Banco de la Nación y el ex Banco
Hipotecario Nacional (hoy ocupado por la AFIP). Otros “vecinos”
notables son la Aduana, el Palacio de Tribunales y el Correo. La
Biblioteca no podía menos que construir un palacio, como
sostenía el presidente Cervini ante quienes, más
temerosos, proponían una construcción más
modesta, que seguramente no habría resistido tan
bellamente el paso del tiempo hasta hoy.
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En 1927 el arquitecto Ernesto
Giraud ganó el concurso de proyectos y en sólo
tres años se construyó el imponente edificio
neoclásico. Los lectores se distribuyen en tres salas: la
general, para lectura silenciosa; la sala infantil, con libros y
videos acordes a la edad de los usuarios, y la de referencia,
cuyas deterioradas mesas reflejan que, en la práctica, es
el centro de actividad de los adolescentes, no siempre bien
entrenados en normas de convivencia. Son muy destacables los
vitrales de las ventanas y claraboyas, así como el que
corona el techo de la sala general de lectura. Desde hace
algunos años, en la sala de ficheros se ubican las
computadoras para que los usuarios consulten la parte del
catálogo que está informatizada. En el subsuelo
(donde estaban las mazmorras del fuerte) funcionan la hemeroteca
y el depósito de libros.
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En el piso superior, el salón
auditorio es una preciosa sala con excelente acústica y
capacidad para 400 personas sentadas, entre la platea y la
tertulia en forma de herradura. En el mismo piso hay otras dos
salas para cursos y conferencias.
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La parte anterior del
subsuelo, con acceso directo desde la calle, está
adaptada como sala de exposiciones, donde se han expuesto obras
de los principales artistas plásticos del país,
así como muestras de filatelia, numismática y
fotografía, presentaciones y exhibiciones de libros y
otras actividades culturales.
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Al construirse el edificio, la
Biblioteca poseía unos 25.000 libros, pero el espacio
destinado a depósito previó lugar para una
colección seis veces mayor. Cuando se habían
alcanzado los 140.000 volúmenes, en 1995, se pudo ampliar
el depósito gracias a un convenio de uso de un inmueble
estatal ocioso cuya parte posterior, lindante con la Biblioteca,
fue conectada internamente para ese fin.
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Lamentablemente, en la década
del 30 no era norma construir accesos para personas
discapacitadas, de modo que la Biblioteca no tiene rampas ni
ascensores, que la estructura original no admite. Hasta ahora
hubo tres proyectos de ley, iniciados por dos diputados
nacionales de distinto partido, para ceder definitivamente el
inmueble lindero, que la Biblioteca ya usa parcialmente, lo que
permitiría brindar una entrada más cómoda,
sin escaleras, para las personas con dificultades motrices o muy
ancianas, que son usuarios frecuentes.
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Volvamos a 1930. No sólo
había que resolver la mudanza de la Biblioteca, cuyo
patrimonio ya no cabía en el carro del viejo Aguirre,
sino que se debía rediseñar todo el servicio.
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Desde 1927 venía
desempeñándose como bibliotecario el joven Germán
García, que en 1930 fue designado para organizar la
biblioteca en el flamante edificio. Adoptó el sistema de
clasificación que usaba la Biblioteca de París,
originalmente ideado por Brunet, con fichas según normas
anglo-americanas.
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La mudanza desde Moreno 86 y
la apertura del servicio al público en Colón 31 se
hizo en tiempo récord (menos de un mes). Ese breve lapso
se recuerda como la interrupción más larga que
tuvo hasta hoy la Biblioteca desde su fundación, ya que
estuvo abierta invierno y verano (salvo domingos y feriados),
durante los últimos 120 años.
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Germán García
continuó como director bibliotecario hasta 1956, cuando
renunció para hacerse cargo de la Dirección de
Bibliotecas Populares de la Provincia y luego de la biblioteca
de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad
de Buenos Aires.
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Es difícil resumir la
cantidad de visitantes ilustres que prestigiaron las salas de la
Biblioteca Rivadavia con conferencias, conciertos, recitales de
poesía y exposiciones. Por razones de espacio, se
mencionan sólo algunos, ardua y arbitrariamente elegidos:
Ramón Gómez de la Serna, Carlos López
Buchardo, Martín Noel, Gabriela Mistral, Raúl
Scalabrini Ortiz, Emilio Pettoruti, Jacinto Benavente, Arturo
Cancela, Nicolás Repetto, Bernardo Canal Feijoo,
Guillermo Díaz Plaja, Ángel Battistessa, Milagros
de la Vega, Raúl Soldi, Ángel Roffo, Waldo Frank,
Roberto F. Giusti, Enrique de Gandía, Ezequiel Martínez
Estrada, Alberto Palcos, Juan Mantovani y Fryda Schultz de
Mantovani, Victoria Ocampo, Guillermo P. Furlong, José
María Monner Sanz, José Babini, Víctor
Massuh, Vicente Fatone, Mario Bunge y muchísimos más.
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Cuando en la ciudad no había
tantas entidades culturales como ahora (dos universidades,
institutos terciarios, Conservatorio Provincial de Música,
Escuela de Danzas, Escuela de Artes Visuales, etcétera)
la Biblioteca Rivadavia era el centro neurálgico del
quehacer cultural. Hoy continúa trabajando, repartida la
tarea con todas esas instituciones que amplían
enormemente el potencial cultural de la ciudad.
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Universidad en Bahía
Blanca
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Tener una universidad propia
era un viejo anhelo de la ciudad que suele llamarse “puerta
y puerto de la Patagonia”. Después de dos proyectos
fallidos en 1924 y 1939, un grupo de ciudadanos creó la
Universidad del Sur (1940), entidad privada cuyos profesores
trabajaban ad honorem. El acto inaugural, por supuesto,
se realizó en la Biblioteca Rivadavia.
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Esa universidad cerró
tres años después debido a la mala situación
económica, pero fue un antecedente para que en 1947 se
creara el Instituto Tecnológico del Sur, esta vez
dependiente del Estado.[11]
Ese momento, auspicioso para
la ciudad, envolvió a la Biblioteca en un acalorado
debate. La euforia de unos y la especulación política
de otros se aunaron para proponer que la Biblioteca Rivadavia
fuera transferida a la nueva institución universitaria.
El clima político era muy denso y los ánimos se
enardecieron peligrosamente. El tema se discutía en las
calles y con altoparlantes se hacía campaña en uno
y otro sentido.
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Finalmente la asamblea de
socios, una de las más nutridas que se recuerdan, votó
por mayoría que debía seguir siendo una biblioteca
popular, dependiente de la asociación civil que la había
creado.
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En 1956 el Instituto
Tecnológico se convirtió en la Universidad
Nacional del Sur, de reconocida trayectoria académica,
cuya valiosa biblioteca no compite con la de la Asociación
Bernardino Rivadavia, porque esta última no es una
biblioteca especializada, sino que apunta mayormente a un fondo
de cultura general. Su objetivo fundamental es promover la
lectura y no proporcionar los últimos tratados
específicos de materias técnicas, que
necesariamente está obligada a tener una biblioteca
universitaria.
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Si bien en la Biblioteca
Rivadavia pueden consultarse muchas obras técnicas, su
finalidad y en parte el público que concurre son
distintos de los de una biblioteca especializada. No entender la
diferencia suele causar el malestar de quien no halla todo lo
que está buscando, porque lo busca en el sitio
incorrecto.[12]
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Los falsos dilemas con que nos
enfrentamos permanentemente los argentinos no llevaron a una
ruptura en este caso, ya que muchos anexionistas creían
que de ese modo aseguraban la continuidad de la Biblioteca, pero
no faltan los que aún siguen creyendo que era mejor dar
por terminada la etapa independiente, para cobijarse en la
pretendida seguridad del Estado, que tan poco interés
demostró a veces por sostener la cultura.
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Después de Cervini
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En 1955 dejó la
presidencia quien había sido reelecto continuadamente por
cuatro décadas. Lo sucedieron Raúl Bagur
(1956-1963), Ismael Ricci (1964-1967), Juan J. Llobet Fortuny
(1968-1969), la profesora Berta G. Lejarraga (1969-1975). Todos
enfrentaron los mismos problemas: subvenciones cortadas,
dificultades para actualizar la bibliografía, pedidos a
empresas y particulares para conseguir fondos, cada vez más
escasos proporcionalmente dada la dimensión que había
alcanzado la institución.
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El bibliotecario que sucedió
a Germán García en 1956 fue Emilio Bueso, hasta su
jubilación en 1972; después, brevemente, la
entrañable periodista Esther B. Serruya (“Helen”),
que hoy integra el Consejo Directivo, y José Costa, que
lo hizo ad
honorem
hasta que en 1974, retirado de sus otras actividades, volvió
Germán García.
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Era evidente que la Biblioteca
necesitaba renovarse, adoptando entre otras cosas un sistema de
clasificación bibliográfica decimal, pero con una
colección tan numerosa la ímproba tarea se fue
demorando.
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De 1976 a 1983 presidió
la institución el destacado matemático Dr. José
María Arango.
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La mención de esos años
va generalmente asociada a la intolerancia y la violencia que
alteraron el rumbo de todas las instituciones y que golpearon
con especial contundencia a las universidades. Sin embargo, la
Biblioteca Rivadavia fue afortunada en ese aspecto, ya que nunca
fue intervenida, sus autoridades siempre fueron elegidas por
asambleas de socios y no hubo purgas de empleados ni de libros.
El Dr. Arango y los sucesivos Consejos Directivos que lo
acompañaron, actuaron con mesura, manteniendo el clima de
amplitud y pluralismo ideológico que necesita
imprescindiblemente una institución de cultura, como
recoge explícitamente el artículo 2 de la actual
ley de promoción de bibliotecas populares (Ley 23.351, de
1986).
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En esos duros años
ingresó como Jefa de Procesos Técnicos la
profesora Marta Garelli, que acababa de perder su cargo en la
Universidad. Ella se convirtió en la mano derecha del
director bibliotecario y contribuyó en gran medida al
correcto mantenimiento del servicio. Con el retorno a la
democracia, la profesora Garelli volvió a ocupar su
cátedra universitaria.
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La casa de Moreno 86, que
estaba en muy mal estado, se vendió y con ese dinero se
encaró la importante restauración que necesitaba
el edificio de Colón 31, que llevaba medio siglo de
funcionamiento continuo. Lamentablemente, la vieja casona ya no
existe.
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Federico Massot y la gran
campaña de 1984
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Al asumir la presidencia el
contador Raúl Gouarnalusse, en 1984, la poca plata que
quedaba después de la refacción del edificio, se
licuó junto con los ahorros del resto de los argentinos.
La Biblioteca estaba una vez más al borde del abismo y
nuevamente se buscó el apoyo de la ciudad, que lo dio de
un modo impresionante.
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La Nueva Provincia organizó
un formidable movimiento, a cuyo frente se puso personalmente
Federico Christian Massot, subdirector del diario y hombre de
vastísima cultura. Su influencia y dedicación
contribuyeron mucho a que adhirieran numerosas personas y
empresas.
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Bahía Blanca ya tenía
un neto perfil industrial, con un poderoso Polo Petroquímico,
había firmas locales de proyección internacional y
bancos cuyos directorios residían en la ciudad. Se logró
que 84 empresas se convirtieran en socios “protectores”
o “benefactores”, obteniendo un insólito
superávit.
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En 1984 la Asociación
nombró un Director de Cultura, para potenciar las
acciones de extensión, cargo que desde entonces desempeña
el licenciado Gustavo Monacci.
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El octogenario bibliotecario,
Don Germán García, se retiró de la
dirección en 1985 e ingresó en su reemplazo la
licenciada Raquel Lamarca, que inició la necesaria
modernización. Se encaró la sustitución de
la vieja clasificación francesa por la decimal de Dewey,
tarea que en gran medida está cumplida; se creó la
hemeroteca, separándola del servicio de lectura general;
llegaron las primeras computadoras y con ellas la posibilidad de
informatizar el catálogo (tarea que está cumplida
en un 50 % aproximadamente).
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Otro evento trascendente de la
presidencia Gouarnalusse, con la competente secretaría de
Roberto Arozamena, fue la compra del edificio donde antes
funcionaba la empresa Bunge & Born, enfrente de la
Biblioteca, en Avenida Colón 48/50. Se quería
trasladar allí parte de los servicios, para descomprimir
el uso del edificio principal. Cuatro importantes empresarios
locales fueron garantes de un préstamo hipotecario, que
se terminó de pagar en 1996. Sin embargo, no se pudo
cumplir el proyecto de abrir ese anexo, porque la situación
económica había vuelto a cambiar.
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Después del
“renacimiento” de los 80, debido en gran medida al
mecenazgo renacentista de Federico Massot, fallecido
prematuramente en 1990, la Asociación enfrentó el
embate de la década siguiente, caracterizada por la
enajenación de los bienes nacionales y la pérdida
de muchas industrias locales. Las que no cerraron fueron
absorbidas por multinacionales a cuyos directorios, ajenos a la
ciudad, es imposible interesar por una biblioteca a 700
kilómetros de distancia. Distinto era el tiempo en que
los empresarios locales, sus hijos y en muchos casos sus padres,
habían podido estudiar gracias a la Biblioteca Rivadavia,
que para ellos era algo familiar y querible.
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De las empresas benefactoras
de hace dos décadas, sólo PBB-Polisur mantiene
fielmente una importante cuota mensual. Unas pocas empresas, una
fundación cultural y algún particular hicieron
aportes mensuales especiales en 2002, pero una vez más el
grueso de la recaudación provino de las cuotas
individuales de unos 3700 socios.
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Se decidió por fin
ofrecer en alquiler el ex-edificio de Bunge & Born, para
tener un ingreso exigible e inelástico. Allí
funciona ahora el Departamento de Derecho de la Universidad
Nacional del Sur.
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A fines de 2001 el contador
Gouarnalusse anunció que en marzo dejaría la
presidencia, tras 18 años de gestión continuada, y
en la misma fecha se jubiló la directora bibliotecaria,
sin que se pudiera cubrir la vacante por falta de fondos. Se
redujo el horario del personal, se achicaron gastos, nuevamente
se resintió la compra de libros... una historia que
fatalmente se repite.
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El Prof. Pedro González
Prieto, a cargo de la presidencia hasta marzo de 2003, apoyado
por el Consejo Directivo, a sus 80 años dedicó el
verano a recorrer una vez más las calles, entrevistándose
con comerciantes, empresarios y políticos, con un
optimismo que hace honor a sus predecesores históricos. Y
una vez más se está produciendo la reacción
de la ciudad, que deja caer a la Biblioteca hasta cierto punto y
recurrentemente se alarma cuando percibe que puede perderla.
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La Biblioteca hoy
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Es, sin exagerar, una de las
bibliotecas populares más importantes del país,
con más de 156.000 volúmenes. Entre tantos libros
hay algunos notables por su antigüedad, como un ejemplar de
La Farsalia
de Lucano,
impreso en Venecia, en 1515, y otras ediciones de los siglos XVI
a XVIII que sería largo enumerar. No faltan ediciones
preciosas por sus ilustraciones, como el Paraíso
perdido de
Milton o La
Divina Comedia, ilustradas
por Gustavo Doré. De Martín
Fierro puede
recorrerse su historia completa, desde las ediciones populares
que se ofrecían en las pulperías, hasta las de
lujo, como la de Amigos del Arte (1930) encuadernada en cuero de
Rusia, con xilografías de Adolfo Bellocq, y también
versiones traducidas a lenguas tan dispares como guaraní
y croata.
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Pero aparte de los bibliófilos
que puedan interesarse en esos tesoros, a la Biblioteca
concurren entre 600 y 1000 personas por día que consultan
alrededor de 300.000 libros por año en las salas de
lectura y retiran a domicilio unos 60.000.
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Una sección
especialmente activa es la hemeroteca, que reúne casi
todos los periódicos que se editaron en Bahía
Blanca (81 títulos desde 1883), más los
principales diarios de Buenos Aires, La
Arena de La
Pampa, el Río
Negro y
otros; ahora se están catalogando los diarios
extranjeros, algunos muy antiguos, cuya existencia aún no
se había dado a publicidad. Posee la colección
completa de publicaciones de interés general, como Caras
y Caretas, PBT, El Hogar, Plus Ultra, Todo es Historia –excepto
el inhallable no
1–, todas las guías comerciales, turísticas
y culturales de Bahía Blanca desde 1900 y otras
publicaciones periódicas, sobre todo nacionales, que
totalizan 584 títulos. Para preservar los diarios más
antiguos, se los ha microfilmado. También se conservan
facsímiles de diarios de la época de la Revolución
de Mayo. La hemeroteca es muy visitada por historiadores
argentinos y extranjeros.
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Entre los documentos
históricos que se conservan figura un expediente de 1876
abierto tras la captura de un tal Juan Prat, llegado a Patagones
en el pailebote “Pampita”. Felipe Caronti fue quien
le tomó declaración en Bahía Blanca a quien
resultó ser el prófugo Orllie I Antoine de
Tounens, que se había coronado rey de la Araucanía
y la Patagonia. El historiador Armando Braun Menéndez
pudo completar su investigación sobre este personaje
gracias a la Biblioteca Rivadavia.[13]
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La lectura de los diarios del
día es un servicio que se ofrece desde hace 120 años
y tiene numerosos usuarios. Es también un motivo de
encuentro, sobre todo para jubilados, algunos de los cuales
frecuentan la Biblioteca desde que iban allí a hacer sus
tareas escolares, muchas décadas atrás.
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La videoteca presta material
documental sobre ecología, biología, historia del
arte y otros temas, así como clásicos del cine
nacional. La mapoteca tiene numerosas piezas de la región
sur del país y el archivo sonoro supera las 26.000
piezas, sobre todo discos de pasta y de vinilo de una amplia
variedad de estilos musicales. La colección de obras de
arte ronda las 300 piezas, entre pinturas, esculturas, dibujos y
grabados.
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La Biblioteca Popular de la
Asociación Bernardino Rivadavia ha sido un elemento
gravitante del desarrollo intelectual de Bahía Blanca y
es uno de los orgullos de la ciudad. Aun con altibajos, sigue al
servicio de la cultura popular, manteniendo el rumbo señalado
por Luis Caronti, Francisco Cervini, Federico Massot y tantos
otros, gracias a la solidaridad de quienes entienden que no todo
ha de valorarse por su rendimiento económico.
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Confiemos en que una vez más
logre salvar las dificultades que la están cercando.
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- Notas
-
-
[1] Cignetti,
A. M., “La consolidación (1835-1880)”. En:
Weinberg, F. (Director), Manual
de Historia de Bahía Blanca.
Universidad Nacional del Sur, Departamento de Ciencias
Sociales, 288 pp. Bahía Blanca, 1978.
- [2]
Priegue, C. N., “La
población aborigen”. En: Weinberg, F. (Director),
Manual de
Historia de Bahía Blanca.
Universidad Nacional del Sur, Departamento de Ciencias
Sociales, 288 pp. Bahía Blanca, 1978.
- [3]
García, G. La
Biblioteca Popular Bernardino Rivadavia. 100 años de
historia: 1882-1982.
Asociación Bernardino Rivadavia, 89 pp. Bahía
Blanca, 1982.
- [4]
La función del
prestidigitador René Lavand, en 2001, aportó $
711 a la institución.
- [5]
Triste es consignar que
actualmente la Municipalidad de Bahía Blanca contribuye
con $ 500 anuales.
- [7]
Durante 2002, por similares
causas, se redujo el horario de trabajo del personal y de
atención al público... ¡eterna recurrencia
de causas y soluciones!
- [9]
En 2002 la CONABIP (Comisión
Nacional Protectora de Bibliotecas Populares) aportó
sólo $ 2.500 a la Biblioteca Rivadavia.
- [10]
La segunda biblioteca popular
de la ciudad se fundó en Villa Mitre en 1922 y
actualmente tiene 28.000 libros. La tercera, en el barrio Bella
Vista, en 1944. Después se fundaron la del barrio
Napostá, en 1960, y otras dos en 1989 (Harding Green y
Pajarita de Papel). Las colecciones de las últimas
cuatro son de entre 4000 y 8700 volúmenes. Cf.:
CONABIP
(Comisión Nacional Protectora de Bibliotecas Populares).
Guía
de bibliotecas populares de la Argentina. CONABIP,
383 pp. Buenos Aires, 1997.
- [11]
Rahman, A. U. (Rector).
Universidad
Nacional del Sur. Bahía Blanca. Su creación y
desarrollo.
Universidad Nacional del Sur, 142 pp. Bahía Blanca, 1966
- [12]
Para un análisis
detallado del concepto y los alcances de las bibliotecas
populares se recomienda consultar: Veneroni, R. Bibliotecas
populares argentinas. Ed.
Manrique Zago, 223 pp. Buenos Aires, 1995.
- [13]
Braun Menéndez, A. El
Reino de Araucanía y Patagonia.
5a
edición. Ed. Francisco de Aguirre, 176 pp. Buenos Aires,
1967.
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