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¿EL
OCASO DE LA ERA LIBRESCA?
Por George Steiner (*)
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Las teorías modernas atribuyen la
formación del universo a un equilibrio de factores
sumamente delicado. Si ciertas temperaturas y magnitudes
hubieran sido ligeramente diferentes, el Big Bang y las
transformaciones consecuentes de elementos jamás
habrían ocurrido.
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El
desarrollo del libro moderno y de la cultura del libro, tal y
como lo hemos conocido, parece haber dependido de una
combinación igualmente delicada de factores determinantes
e interdependientes. El desarrollo de la imprenta moderna por
parte de Gutenberg coincidió, como ha sido señalado
con frecuencia, con el ascenso de la clase media en Europa
occidental. Dicho ascenso hizo posible la atmósfera, la
forma- ión de una sensibilidad y, sobre todo, las
condiciones económicas que permitieron disponer del
espacio físico y el tiempo indispensables para llevar a
cabo un cierto tipo de lectura 'clásica'. El acto de
leer 'a la manera clásica' exige la posesión de
los medios necesarios para llevar a cabo al tipo de lectura. Ya
no estamos lidiando con las bibliotecas del Medioevo -cuyos
libros estaban encadenados- ni con libros guardados como tesoros
en ciertas instituciones principescas y monásticas. El
libro se transformó en un objeto doméstico
propiedad .el usuario, accesible a su deseo de llevar a cabo una
relectura. Este nuevo acceso exigía a cambio un espacio
privado, del cual las bibliotecas personales de Erasmo y
Montaigne son emblemáticas. De una importancia mayor,
aunque difícil de definir, fue la adquisición de
períodos de silencio y privacía.
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El
acto clásico de lectura se lleva a cabo dentro de una
esfera de silencio que le permita al lector concentrarse en el
texto. Necesitaríamos saber mucho más de lo que
conocemos acerca de la historia de los niveles de ruido en las
ciudades europeas durante el Renacimiento y el inicio de la Era
Industrial, para describir, con mayor precisión, el
contexto público y social de la experiencia del libro.
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El
fin de la era del libro De relevancia equiparable fue el
crecimiento de un aparato auxiliar integrado por publicaciones
periódicas, diarios y gacetas literarias, en los cuales
los libros de aparición reciente eran citados de manera
extensa y discutidos con una formalidad magisterial. Este
aparato de discurso secundario creó una caja de
resonancia entre el escritor y el lector.
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El
punto que quiero dejar claro es, simplemente, que la relación
entre libros y literatura, tal y como la conocemos hoy en las
comunidades europeas y norteamericanas, surgió de una
concatenación extraordinariamente compleja y en esencia
inestable de circunstancias tecnológicas, económicas
y sociales. Es muy posible que la 'Era del libro', en el
sentido clásico de la expresión, esté
llegando gradualmente a su fin. Esta era abarca,
aproximadamente, el período que va de 1550 a 1950: apenas
400 años. La autoridad y el éxito del ámbito
clásico del libro y sus lectores ha sido tal, que hemos
pasado por alto no sólo su fragilidad circunstancial sino
también su singularidad en el contexto mundial. Es un
hecho que, para la mayor parte de la población del
planeta, lo que he denominado el acto clásico de lectura
-la propiedad privada de espacio, de silencio y de los mismos
libros-, nunca constituyó una práctica natural ni
originaria. ¿Cuáles son, en las actuales
condiciones de Occidente, algunos de los principales factores
que podrían estar minando la herencia de la condición
libresca tradicional?
La Biblioteca Nos encontramos
en el centro de diversas manifestaciones de protesta,
democrática y popular, en contra de las formas
tradicionales de lectura y escritura. La cultura del libro
surgida en el Renacimiento postulaba un canon más o menos
convencional de modelos y valores del texto. Las bibliotecas
contenían a 'los clásicos', y la misma
encuadernación y dimensiones de los libros reflejaban
claramente este sentido de un legado establecido de excelencia.
Hoy en día, cada aspecto de este código de lo
preeminente es cuestionado por aquellos que ven en él una
forma apenas disimulada de política del poder. La lucha
en contra de la llamada 'cerrazón de la mentalidad
norteamericana”es de carácter profundamente
político. Esta lucha involucra no solo el tema de una
forma tradicional de lectura y escritura, sino también el
del uso del tiempo libre, la privacía y el nuevo
desequilibrio dinámico entre los privilegiados de una
minoría, por un lado, y 1as, exigencias de la cultura de
masas por el otro. Los espacios privados, en el sentido que les
he dado, disponibles solamente para unos cuantos. Hoy día,
las paredes de los edificios permiten que se filtre una carga
constante de ruido. ¿Quién en nuestros días
tiene la posibilidad de construir o poseer una biblioteca
privada del tipo de las que conocieron los lectores clásicos
del pasado? Sin duda alguna, en la mayoría de los hogares
nuevos -y ciertamente entre la población joven-, tanto el
mueble para guardar discos como los estantes para colocar
grabadoras y casete han reemplazado a los libreros.
Medios
electrónicos Obviamente, el cambio radical es aquel
introducido por los medios rivales de información.
Estamos muy lejos de haber siquiera comenzado a entender hasta
que grado el radio, el cine y, sobre cualquier otro medio, la
televisión, se están apropiando de los recursos
temporales y perceptivos que alguna vez le pertenecieron al
libro, tanto en el terreno del entretenimiento como en el de la
información. El impacto gráfico de la televisión
y la carga informativa que puede ser recopilada precisa y
rápidamente por los nuevos medios electrónicos,
son tan fuertes que, en muchos aspectos, el libro es visto hoy
como un objeto de anticuario, un instrumento tan lujoso como lo
fue, después de Gutenberg, el manuscrito ilustrado. La
“biblioteca” del mañana será, en gran
medida, una red compleja de fuentes electrónicas y de
medios de recepción, en los que la televisión por
cable jugará un papel protagónico. Por lo tanto,
aunque la revolución introducida por las ediciones en
pasta blanda y la necesidad que tienen los países
subdesarrollados de libros de texto le hayan dado un segundo
aire a la cultura de Gutenberg, no es de ninguna manera claro
que la “literatura” sobrevivirá en su
naturaleza libresca esencial.
La voz y la imagen Es
un hecho que distintas formas de literatura oral comienzan a
jugar un papel importante en la totalidad de la comunicación
moderna. En la ex Unión Soviética, las lecturas de
poesía son acontecimientos masivos; en Europa occidental
y Estados Unidos el poeta se ha convertido, cada vez más,
en alguien que lee en voz alta para los demás. No esta
muy lejano el día en que los novelistas, o aquellos más
confiados en su capacidad para proyectarse frente a un
auditorio, leerán directamente sus nuevas creaciones-que
muy probablemente no estarán aún impresas. De
igual –si no mayor-relevancia, es el triunfo de la imagen
y de los anuncios. Tendemos a olvidar que son éstos los
que, a lo largo de la historia de la humanidad, han desempeñado
la importante labor de transmitir tanto información vital
como inmediatez emocional. Mientras que la música es
verdaderamente universal, la literatura transmitida a través
de un libro no lo es. Hoy en día, los libros de
fotografías, los comics, los tabloides de circulación
masiva y las revistas atraen la atención en un grado
mucho mayor que el que alcanzó alguna vez el libro
tradicional. En la base de estas revoluciones técnicas
yace un cambio, difícil de definir, en el propio estatus
de la temporalidad. El acto de autoría y de lectura en su
sentido clásico solía estar íntimamente
relacionado con metáforas y sugerencias alrededor de la
supervivencia: el escritor y el lector apostaban por la
trascendencia. Los poetas identificaban la condición
libresca básica con la áspera y dominante sed de
inmortalidad. Tales sentimientos son hoy considerados no sólo
elitistas sino francamente vergonzosos. Ahora, nuestro pergamino
es la pared, sobre la cual los efímeros graffitti cuentan
con su breve y estridente apogeo.
Opciones intermedias En
un período de transición tan complejo como el
actual, toda predicción está condenada a caer en
la ingenuidad. Ahora pueden fabricarse un gran número de
opciones intermedias y de emergencia. Comenzamos a toparnos con
libros hechos en casa, es decir, impresos y formados en
diferentes tipos de procesadores de palabras. Es evidente que la
interacción entre la televisión y la distribución
y venta de textos está todavía en pañales.
Más asombroso todavía es el cambio en los
períodos de atención hacia otro tipo de estímulos
por parte de aquellas personas habituadas a leer en condiciones
tradicionales. Recientes investigaciones sociológicas y
psicológicas sugieren que un 85% de los adolescentes
estadounidenses ya no puede concentrarse en la lectura de una
hoja impresa si no tiene como fondo algún ruido
electrónico. En otras palabras: los jóvenes leen
con música de fondo o con la televisión prendida,
a la que no miran directamente, sino que la mantienen apenas al
margen de su percepción. Probablemente, la corteza
cerebral humana cuenta con una capacidad limitada de recepción
simultánea; es casi imposible imaginar todos los cambios
introducidos por el capullo de ruido del que, cada vez en mayor
medida, somos habitantes.
El milagro Parece ser que la
poesía, la ficción y el ensayo filosófico
de alto nivel serán editados no por las grandes empresas
de publicación y distribución masiva, sino por
imprentas pequeñas. Ya en Francia, en las afueras de
París, unas 40 imprentas pequeñas han venido
produciendo el tipo de textos cuidadosamente impresos y bien
diseñados que solemos asociar con el hábito
tradicional de lectura. En Bretaña, el catálogo de
poesía y ficción más innovador es uno
realizado de acuerdo con los lineamientos de una pequeña
imprenta en Carcanet, bastante lejos de Londres. Pareciera que
la antigua alianza entre las palabras del escritor y el arte de
editar libros de calidad tiene frente a sí un futuro
alentador. En el caso de las publicaciones a gran escala, la
sobrevivencia de obras de ficción o de ensayos críticos
y filosóficos editados en pasta dura depende,
necesariamente, de una revolución. Y aun ahora los
límites son confusos: algunas imprentas universitarias
(por ejemplo, la de la Universidad de Chicago) están
publicando ficción de alto nivel. La moda de la
suplantación, la proliferación de alianzas
improbables entre la calidad tradicional y la basura
remunerativa, tal y como ahora existen y afectan a la industria
editorial, son apenas el síntoma de una mutación
mayor. No me sorprendería que aquello que venga
después de los modelos clásicos de lectura se
parezca al modelo monástico del cual surgieron esas
mismas propuestas. A veces sueño con casas de lectura
-una frase hebrea- donde aquellos ansiosos por leer
adecuadamente encuentren la tutoría, el silencio y la
complicidad necesarios para hacerse compañía de
manera organizada. Nada de lo anterior, tiene la intención
de ser una elegía pesimista. El cambio es el mayor
acicate de la realidad. Quizás, hasta ahora todo ha sido
demasiado fácil para los amantes del libro. Cuenta la
leyenda que Erasmo, de camino a casa en una noche oscura,
vislumbró un pedacito de papel impreso en medio del
fango. Se inclinó, lo tomó entre sus dedos y lo
reflejó en contra de una luz cintílate, a la vez
que emitía agradecido un grito de alegría. Era un
milagro. Un retorno a esa noción de lo milagroso, ahora a
la luz de un texto demandante, no estaría del todo
mal. --------------- (*) Escritor. Autor “Después
de Babel” y otras obras canónicas de la crítica
contemporánea. El texto que aquí se reproduce es
un fragmento de las palabras que pronunció en el Congreso
de la Asociación Internacional de Editores de Londres en
1997.
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