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STEFAN ZWEIG

La omnipotencia del libro
 
El progreso espiritual del mundo entero se basa en el libro. Lo que llamamos civilización sería imposible sin él. Es raro que no nos demos cuenta de la omnipotencia del libro. Que abre nuevos horizontes a nuestras almas e influye en nuestras vidas. Así como inconscientemente absorbemos oxígeno al respirar, y renovamos nuestra sangre, al leer nutrimos y rejuvenecemos nuestro organismo moral.

El origen de la cultura intelectual se pierde en la noche de los siglos, y la lectura se ha convertido en una función de nuestro organismo, en un reflejo. El libro ha estado en nuestras manos desde nuestra más tierna infancia, convirtiéndose así en una cualidad o propiedad de nosotros mismos, cuya existencia consideramos como cosa natural. Lo manejamos con igual indiferencia que un par de guantes o un cigarrillo. La facilidad con que puede disponerse de una cosa, disminuye el respeto que se le debe, y sólo en momentos de reflexión e introspección nos damos cuenta del poder mágico del libro. Esos momentos son raros, pero se graban para siempre en nuestra memoria.

Tenía yo veintiséis años cuando viajaba en un vapor italiano y cruzaba el Mediterráneo de Génova a Nápoles, de Nápoles a Túnez, y de Túnez a Argel. Conocí en él a un joven italiano, ayudante de camarero, que barría y lavaba los pasillos, fregaba la cubierta y hacía otros menesteres. Era un muchacho alto, de aspecto inteligente, que imitaba a las mil maravillas el modo de hablar del desdentado capitán, la manera de andar de un viejo inglés, o la forma en que el cocinero veía, satisfecho de su obra, las viandas que había preparado. Me contó su historia con entera franqueza, y a los dos días de viaje éramos los mejores amigos.

Un día me pidió que le leyera una carta. De pronto no comprendí lo que deseaba, pero me imaginé que había recibido una carta en idioma extranjero y quería que se la tradujese al italiano. Mas no era así: la carta estaba en italiano. Se la leí. Era de una muchacha, y diría lo que las muchachas dicen a los muchachos en todos los países y en todos los idiomas. Giovanni bebía cada una de mis palabras. Eso fue todo.

No experimenté ninguna emoción particular sino hasta que Giovanni hubo desaparecido. Me recosté en una "chaise-longue", y comencé a mirar en la noche. El descubrimiento que acababa de hacer no cesaba de atormentarme. Por primera vez en mi vida, tropezaba con un analfabeto, y no podía desprenderme del deseo de conocer la forma en que el mundo se reflejaba en un cerebro cerrado a los libros. Traté de ponerme en el lugar de Giovanni.

Un muchacho como él toma un periódico, y no lo entiende. Toma un libro, un objeto más ligero que la madera o el hierro, un bloque geométrico, y tiene que volver a colocarlo donde lo tomó, porque le es inútil. Se detiene frente al escaparate de una librería, y los libros que allí ve son para él como frascos de perfume cuya fragancia no puede percibir, pues están para siempre cerrados a su alcance. Los nombres sagrados de Goethe, Dante y Shel1ey no significan nada para su intelecto. El desgraciado no podrá conocer el éxtasis que produce la lectura de una sola línea, y lleva la misma existencia de un hombre de las cayenas. ¿Cómo es posible que no se rebele contra el hecho de no poder conocer más que lo que sus sentidos se dignan revelarle? Redoblé mis esfuerzos, para tratar de comprender la situación de un analfabeto; traté de reconstruir, mentalmente, su manera de vivir, pero me fue imposible imaginar el intelecto de un ser así, de la misma manera que un sordo no puede, repentinamente, adquirir la concepción de la música.

Como mi cerebro se rehusara a entender la vida de un analfabeto, traté entonces de imaginar lo que mi propia vida hubiera sido sin los libros. Traté de suponer que cuanto había leído, había brotado de mi propia vida; pero de nuevo fracasé, pues todo lo que concebí como parte de mi yo, se desvaneció tan pronto como traté de abstraer todas las nociones, experiencias y sentimientos que había adquirido de los libros. Sobre cualquier tema que meditara, brotaban memorias y sentimientos que debía a los libros, y cada palabra se encontraba asociada con algo que había leído. Cuando pensaba, por ejemplo, que iba a Argel y Túnez, se cristalizaban en mi mente cientos de reminiscencias, a pesar de mí mismo relacionadas con el nombre de Túnez: la adoración de Baal, Salambó, los episodios de Livy con romanos y cartagineses, Escipión y Aníbal que se encuentran en Zama; una pintura de Delacroix, que le presta su colorido; un pasaje de Flaubert; Cervantes herido durante el sitio de Argel, y mil detalles más, que las sílabas Argel y Túnez resucitan; todos los que había leído, y se agrupaban ahora alrededor de una palabra.

Comprendí que la facultad de pensar ampliamente sobre varios tópicos, ese medio único de observar el mundo desde diferentes puntos, es herencia de aquellos que, además de sus experiencias personales, han asimilado las que se encuentran almacenadas en los libros, las cuales pertenecen a los hombres de todos los países y todas las épocas. Pensé cuán estrecho tiene que ser el conocimiento de los que no pueden leer.

El hecho mismo de que pudiera reflexionar sobre todo esto, que pudiera sentirme con vigor excepcional y con alegría de vivir, que pudiera temblar al meditar sobre el destino de un semejante, ¿no lo debía a mis preocupaciones literarias? ¿Qué otra cosa hacemos al leer como no sea penetrar en las almas de otros hombres, viendo con sus ojos y pensando con sus inteligencias? Aquel momento de felicidad me hizo recordar, con creciente gratitud, aquellos otros momentos de felicidad que debo a los libros, instantes que se agregan unos a otros, indefinidamente, como las estrellas del cielo que en aquel momento contemplaba. Pensé en aquellas ocasiones que me sacaron de las sombras de la ignorancia; que me ayudaron a apreciar valores y que me proporcionaron, aun siendo un niño, emociones más fuertes que mi débil cuerpo. Entonces, por la vez primera me había dado cuenta, instintivamente, de la inmensidad de nuestro universo, y había experimentado la necesidad de perderme dentro de él. Pensé en las noches pasadas con los libros, que, como las noches de placer, hacen olvidar el sueño. Mientras más reflexionaba, mejor cuenta me daba de que nuestro mundo espiritual está compuesto de miríadas de impresiones aisladas, de las cuajes sólo unas cuantas son resultado de lo que hemos visto y experimentado, correspondiendo el resto a los libros, a lo que hemos leído, a la tradición, a lo que hemos aprendido.

Para mí, era una delicia meditar sobre todo aquello. Así como cuando trataba de contar las estrellas, saltaban otras y otras que interrumpían mi cuenta, así será lo que, en nuestro futuro interno, existe otro firmamento, de estrellas espirituales, saturado de música misteriosa. Nunca me he sentido tan cerca de los libros como cuando no he tenido ninguno a la mano y me he limitado a pensar en ellos con toda la gratitud de mi alma. El ejemplo del analfabeto, un eunuco espiritual, quien por este defecto está incapacitado para penetrar en las regiones superiores, me hizo sentir todo el encanto del libro, la que día a día revela el universo al que lo posee.
Mientras más cerca estemos del libro, más profunda será nuestra concepción de la vida. El libro no ayuda al que ama la vida a explorar el universo, no solamente con sus propios ojos, sino con los incontables ojos de los demás.

STEFAN ZWEIG

Caras y Caretas, Buenos Aires, 30 de junio de 1934
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

 

 
 
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