Si bien hay voluntad de adscribir el libro a las inmediaciones
novelescas cuando el autor elige, a modo de subtítulo, el
sintagma Ensayo para novela, también se obser va en la acotación
una advertencia que nos previene dubitativamente respecto de las
formas en conjunción –ensayo-novela. Es así como La comarca
alberga lo que enuncian y perfilan los capítulos con remisión a
espacios reconocibles: “Norte rico y caliente” configura el
trópico definido como hábitat fitogeográfico, pero esencialmente
como zona productiva. Dicho así podría conjeturarse que estamos
ante un discurso de corte meramente informativo, tal como lo
encararía el INTA. Muy lejos de ello Carlos Robles ensaya
embriones narrativos con personajes que parecen escapados de la
“trilogía bananera” de Miguel Ángel Asturias o de La hojarasca,
de cuyo autor no queremos acordarnos, a riesgo de entrar en la
retahíla de esquemas preconcebidos.
No hay duda de que cualquier frontera de América latina es una
comarca, y en tanto tal tiene sus nichos productivos y sus
respectivos explotadores, pero Carlos Robles conoce palmo a
palmo la suya porque es, como anticipáramos, un activista del
hacer. Tal vez la frase encierra costados intraducibles para
lectores ajenos a lo que alude ese “hacer”; para un acercamiento
al sentido hace falta recorrer el capítulo de apertura
“Oligarquía tabacalera. Una ilusión”, en esas páginas el
narrador en primera persona deja asomar la identidad del
escritor que refiere vida, pasión y muerte del productor
tabacalero del Valle de Lerma.
Parece, según la tradición oral sustentada por mis tías mayores
que el abuelo Robles era también un temerario hombre de empresa,
y que, después de su raid por los Valles Calchaquíes que merece
mención aparte en otra historia, sentó cabeza en el Valle de
Lerma, más precisamente en Chicoana (...) Desposó a mi abuelita
Encarnación, de quince años y se dedicó al cultivo del tabaco y
a procrear vasta familia (22)
A diferencia de la novela de la tierra que hubiese centrado la
mirada en el jornalero del surco o en el sacrificado estufador
aquí la reflexión se nutre de las angustias financieras que
experimenta el productor a merced de las tasas bancarias y de
los vaivenes propios del monocultivo en tiempos de disminución
progresiva del consumo. Pero la prosa de Carlos Robles está
sedimentada de los sabrosos episodios que entraman las vidas con
los avatares del tabaco Virginia. Así, desfilan herederos
venidos a menos, gringos intentando hacer la América,
instituciones gremiales y patronales, todo en ameno y pasional
despliegue en tanto cada actor ingresa al mundo del tabaco de la
mano de un narrador que mueve todos los hilos , lo que dicho en
la jerga libresca sería: maneja todos los registros, el
económico, el humorístico, el libidinal, el irónico, el poético,
el afectivo , en fin , hace de la escena una bambalina . Por
ello aparece la reflexión política “El comunismo es malo y
debilita la fuerza empresaria (...) Pero que tampoco se
equivoque el capital salvaje si cree que es el futuro del mundo
(...)” (214), esta segmentación no evidencia su pensamiento que
es mucho más profundo y equidistante, se podría destacar cierto
humanismo pragmático a la hora de hipotetizar la ideología del
texto.
Con aguda y valiente introspección, Robles desmitifica el
supuesto de una oligarquía tabacalera en tiempos cercanos
presagiaban tiempos duros. Estoy contando todo esto desde mi
experiencia personal. Pero sirve con fidelidad absoluta para
reflejar la situación que comenzó a mutarse, del cálido trato de
décadas pasadas, en la frialdad actual puesta de manifiesto por
las tabacaleras (35)
Al Norte y al Este del paraíso
El Chaco Salteño es el lugar que justifica la reminiscencia
literaria a John Stinbck – autor de Al este del Paraíso(aunque
más nos acordemos de James Dean en la versión fílmica)- ya que
las latitudes respecto del Paraíso – a la sazón Salta y su Valle
de Lerma- permiten reconocer ese chaco minuciosamente mostrado
en su topografía y en su condición agreste. La producción
ganadera es el pretexto para poner en acción afincados que
defienden su patrimonio a punta de pistola, o lampalaguas
quiroguianas afanadas en devorarse a los lugareños.
El chaco es el hogar de la cultura del gaucho, pero este ensayo
para novela tiene como realizador un hombre de negocios, si bien
un caminador de paisajes, la perspectiva de Robles responde a la
experiencia del que tasa, evalúa y proyecta a la medida de su
evidente dominio de las ecuaciones agiotistas. Por ello en su
relato exhibe una memoria que reconstruye historias de vida,
pocas veces de plena realización puesto que hay suicidas,
fracasados , traidores. Se muestra el destino de la ganadería,
el efecto de los desmontes, el ingreso de cultivos
experimentales y, en el medio, las sucesivas quiebras, aprietes,
embargos. La triste trashumancia del productor que en varios
tramos del libro inspira explícitos homenajes como en el caso de
Santos Gilardi:
A él que conocemos personal y afectivamente, queremos rendir
este homenaje, como dicen los artistas, ¡en vida, hermano , en
vida!, ya que todavía lo contamos entre los hombres que
construyeron la tremenda producción que aumenta año, tras año.
Con esfuerzo, disciplina y trabajo organizaron establecimientos
prolijos, cuidados y mantenidos con celo y preocupación,
...(145)
Estamos tentados a adherir en todos sus términos a la imagen que
utiliza Caro Figueroa en el prólogo del libro que glosamos , la
de la “cocción a fuego lento”. Y en efecto la escritura de
Carlos Robles desdice la receta unidireccional en cuanto a
género literario, pues opta por otra receta porque tamiza la
vida en búsqueda de su sabor más agridulce. Afirma Caro
Figueroa: “El autor habla de sí, mas no incurre en la
egocéntrica autobiografía. Apela al pasado, sin tejer un texto
de historia, rastrea en la memoria, pero no se arroja al fondo
del aljibe de la nostalgia. Relata viajes, aunque no es un libro
de viajes ...”(9)
A propósito de todos estos aspectos hay que decir que la textura
es rica porque abjura de una trama y estalla en anécdotas que
van encabalgando la “región vivida” con el dato histórico
(Belgrano y el Juramento); el prototipo humano fronterizo con la
literatura que lo capturó para siempre (el gaucho Baltasar
Guzmán y Manuel Castilla, el poeta por antonomasia). El ritmo
discursivo se desplaza naturalmente de un plano a otro: lo que
viene de la letra, lo que viene de la vida:
Nada que ver el General Belgrano, tampoco Don Baltasar Guzmán,
con el ingeniero Alberto Giordano que apareció por la zona,
rodeado por su equipo a finales de la década del setenta con un
proyecto faraónico (...) rondaba los ciento treinta millones de
dólares ...(182)
CAPÍTULOS FINALES
Todavía no hemos ingresado al segmento más comprometido de este
libro cual es la idiosincrasia saltensis. En una factura un
tanto diferente a los capítulos anteriores, el autor incursiona
en la crítica a ciertos sectores de la sociedad de pertenencia.
Lo que llamamos diferente radica en la estrategia discursiva del
mono-diálogo que entabla el narrador con su amante, o mejor
dicho a la inversa –“¡Oye, mal amante! (...) soy tu amante fiel
(...) Todo eso [sabiduría, talento, equilibrio, humildad] me lo
debes a mí “.
Esa simulación pone en boca de la literatura la demanda de
escribir sobre la idiosincrasia del coterráneo.Un dato que resulta sumamente digno de mención es que, pese a la
retórica tan propia del registro poético, el capítulo V del que
hablamos se inicia con una remisión cuasi científica. Tal como
opera el ensayo en su más acabada realización aquí la escritura
de Robles se vale de conceptos extractados de Imaginario social
del grupo de poder salteño, libro del historiador León Pomer,
autor vehiculizado por Rodrigo Alcorta (dicho sea de paso,
seudónimo de Gregorio Caro Figueroa quien, como ya se dijera
prologa La Comarca)
Como en cajas chinas nosotros comentamos lo que escribe Robles
sobre lo que Rodrigo Alcorta reseña de León Pomer, pero lo
sustantivo es que aquello de lo que hablamos es del imaginario
social de la salteñidad, y ¿en qué se distingue la esencia
provinciana de otra? Veamos: se alude a los falsos linajes, a la
opería solemne, a la hipocresía, a las prácticas religiosas, a
la escasa afición al trabajo, a la especulación económica, en
fin, pautas culturales no muy diversas de lo que define un
jujeño o un riojano, pero Robles coincide con la mirada crítica
de un libro reciente de Martín Capa rrós –se trata de El
interior publicado por Planeta. Sólo que el escritor porteño
cree conocernos por haber visitado superficialmente uno que otro
espacio citadino, entre ellos el Club 20 de Febrero, ámbito del
que saca conclusiones de cierta similitud con lo que Carlos
Robles define como el imaginario de las glorias pasadas. A
Robles lo habilita una larga convivencia y una maceración del
pensamiento sobre nosotros mismos , que un porteño de paso por
Salta, no puede tener.
Desde luego que en esta lectura hacemos caso omiso de numerosas
anécdotas a expensas de las cuales se demuestran los rasgos
definidores de quienes somos como colectivo sectorizado, por no
decir estamentado.
No nos parece casual que en la estructura del libro haya quedado
para el final el capítulo más rico como testimonio crítico;
“Bohemios y creativos” alberga apreciaciones sobre las prácticas
noctámbulas de escritores y artistas en general. Se hilvana,
como en todo el texto, a partir de episodios compartidos, sea
como testigo directo, sea a través de referidos. Desfilan
nombres muy importantes de la poesía, de la pintura y de la
música que aparecen no necesariamente “rodeados de rocío”, sino
mezclando alcoholes en una memorable Nochebuena en Chicoana por
un verano del ´45. Hablar de esa semana del arte en el Valle de
Lerma, protagonizada por figuras como la de Ramiro Dávalos o
Carybé; soñada por Manuel Castilla o Aráoz Anzoátegui es el
umbral que a la escritura le permite desplazarse hacia la
bohemia improductiva, sobre la que cae con feroz juicio:
(...) los personajes que a diario cruzamos en nuestro quehacer,
músico, escritor, poeta, envueltos sin más en una telaraña de
mezquindades, en una falacia que de eso tiene mucho nuestro
medio; sofocados por los bohemios trasnochados en alcohol e
ideas de neto corte destructivo, sacuden las estructuras de las
instituciones formadas para el desarrollo de las artes...(331)
Y es a apropósito de los juicios lapidarios que el narrador
asesta a un segmento del campo intelectual salteño (en términos
de Pierre Bourdieu) que podemos actualizar lo que al comienzo de
esta exposición dijéramos del autor: su activismo del hacer y
del deber ser. Leer La comarca amerita tomarse un tiempo para
meditarla como referente y como representación literaria, y
justificaría un trabajo crítico de mayor espesor académico que
esta reseña en la que apenas se consigue anticipar el contenido
del texto. No se desarrollan por ahora aspectos discursivos de
tanta significación como la visible incorporación del refranero
español y criollo, ni se releva la evidente recurrencia al
tópico del apareamiento. Se elide reconocer y aquilatar las
derivas a otras lecturas, pero lo que no se puede ignorar es un
marcado tono pontifical (si cabe el término fuera del contexto
religioso). Es más, se podría contar las veces en que
explícitamente se elige el vocablo “admonición” lo que pone al
desnudo cierto posicionamiento del escritor respecto de la
función de la literatura, o al menos de su literatura.
En suma, La comarca generará inquietudes y escozores: a la
crítica porque no es un texto fácil de asir , a los lectores
locales porque no deja títere con cabeza, porque cala hondo con
el punzón de la ironía. Es a todas luces un texto capaz de
aportar a los estudios culturales que desde perspectivas
comparatísticas exprimirían el jugo más salado sobre la
controvertida identidad de espacios interiores pertenecientes a
los países de América latina.
Amelia ROYO
Universidad Nacional de Salta
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