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Carlos Robles, LA COMARCA

Carlos ROBLES, La comarca. Ensayo para novela,
Salta: Ediciones del Robledal, 2006; 345 páginas

La comarca de Carlos Robles condensa las memorias de un activista del hacer y del deber ser. Esta definición que parece tomada en préstamo de algún tratado de semiótica, nunca como ahora busca despojarse del aparato crítico para ejercer la aprehensión genuina de un texto. Definimos al narrador como un activista porque el libro se enmarca en un tipo de prosa que excede las clasificaciones aunque lo que es inocultable es el fluido despliegue de la experiencia de un trajinante de caminos que hace de la escritura la depositaria de una actitud frente a los desafíos.


 

Si bien hay voluntad de adscribir el libro a las inmediaciones novelescas cuando el autor elige, a modo de subtítulo, el sintagma Ensayo para novela, también se obser va en la acotación una advertencia que nos previene dubitativamente respecto de las formas en conjunción –ensayo-novela. Es así como La comarca alberga lo que enuncian y perfilan los capítulos con remisión a espacios reconocibles: “Norte rico y caliente” configura el trópico definido como hábitat fitogeográfico, pero esencialmente como zona productiva. Dicho así podría conjeturarse que estamos ante un discurso de corte meramente informativo, tal como lo encararía el INTA. Muy lejos de ello Carlos Robles ensaya embriones narrativos con personajes que parecen escapados de la “trilogía bananera” de Miguel Ángel Asturias o de La hojarasca, de cuyo autor no queremos acordarnos, a riesgo de entrar en la retahíla de esquemas preconcebidos.


No hay duda de que cualquier frontera de América latina es una comarca, y en tanto tal tiene sus nichos productivos y sus respectivos explotadores, pero Carlos Robles conoce palmo a palmo la suya porque es, como anticipáramos, un activista del hacer. Tal vez la frase encierra costados intraducibles para lectores ajenos a lo que alude ese “hacer”; para un acercamiento al sentido hace falta recorrer el capítulo de apertura “Oligarquía tabacalera. Una ilusión”, en esas páginas el narrador en primera persona deja asomar la identidad del escritor que refiere vida, pasión y muerte del productor tabacalero del Valle de Lerma.

Parece, según la tradición oral sustentada por mis tías mayores que el abuelo Robles era también un temerario hombre de empresa, y que, después de su raid por los Valles Calchaquíes que merece mención aparte en otra historia, sentó cabeza en el Valle de Lerma, más precisamente en Chicoana (...) Desposó a mi abuelita Encarnación, de quince años y se dedicó al cultivo del tabaco y a procrear vasta familia (22)

A diferencia de la novela de la tierra que hubiese centrado la mirada en el jornalero del surco o en el sacrificado estufador aquí la reflexión se nutre de las angustias financieras que experimenta el productor a merced de las tasas bancarias y de los vaivenes propios del monocultivo en tiempos de disminución progresiva del consumo. Pero la prosa de Carlos Robles está sedimentada de los sabrosos episodios que entraman las vidas con los avatares del tabaco Virginia. Así, desfilan herederos venidos a menos, gringos intentando hacer la América, instituciones gremiales y patronales, todo en ameno y pasional despliegue en tanto cada actor ingresa al mundo del tabaco de la mano de un narrador que mueve todos los hilos , lo que dicho en la jerga libresca sería: maneja todos los registros, el económico, el humorístico, el libidinal, el irónico, el poético, el afectivo , en fin , hace de la escena una bambalina . Por ello aparece la reflexión política “El comunismo es malo y debilita la fuerza empresaria (...) Pero que tampoco se equivoque el capital salvaje si cree que es el futuro del mundo (...)” (214), esta segmentación no evidencia su pensamiento que es mucho más profundo y equidistante, se podría destacar cierto humanismo pragmático a la hora de hipotetizar la ideología del texto.

Con aguda y valiente introspección, Robles desmitifica el supuesto de una oligarquía tabacalera en tiempos cercanos presagiaban tiempos duros. Estoy contando todo esto desde mi experiencia personal. Pero sirve con fidelidad absoluta para reflejar la situación que comenzó a mutarse, del cálido trato de décadas pasadas, en la frialdad actual puesta de manifiesto por las tabacaleras (35)

Al Norte y al Este del paraíso

El Chaco Salteño es el lugar que justifica la reminiscencia literaria a John Stinbck – autor de Al este del Paraíso(aunque más nos acordemos de James Dean en la versión fílmica)- ya que las latitudes respecto del Paraíso – a la sazón Salta y su Valle de Lerma- permiten reconocer ese chaco minuciosamente mostrado en su topografía y en su condición agreste. La producción ganadera es el pretexto para poner en acción afincados que defienden su patrimonio a punta de pistola, o lampalaguas quiroguianas afanadas en devorarse a los lugareños.


El chaco es el hogar de la cultura del gaucho, pero este ensayo para novela tiene como realizador un hombre de negocios, si bien un caminador de paisajes, la perspectiva de Robles responde a la experiencia del que tasa, evalúa y proyecta a la medida de su evidente dominio de las ecuaciones agiotistas. Por ello en su relato exhibe una memoria que reconstruye historias de vida, pocas veces de plena realización puesto que hay suicidas, fracasados , traidores. Se muestra el destino de la ganadería, el efecto de los desmontes, el ingreso de cultivos experimentales y, en el medio, las sucesivas quiebras, aprietes, embargos. La triste trashumancia del productor que en varios tramos del libro inspira explícitos homenajes como en el caso de Santos Gilardi:


A él que conocemos personal y afectivamente, queremos rendir este homenaje, como dicen los artistas, ¡en vida, hermano , en vida!, ya que todavía lo contamos entre los hombres que construyeron la tremenda producción que aumenta año, tras año. Con esfuerzo, disciplina y trabajo organizaron establecimientos prolijos, cuidados y mantenidos con celo y preocupación, ...(145)

Estamos tentados a adherir en todos sus términos a la imagen que utiliza Caro Figueroa en el prólogo del libro que glosamos , la de la “cocción a fuego lento”. Y en efecto la escritura de Carlos Robles desdice la receta unidireccional en cuanto a género literario, pues opta por otra receta porque tamiza la vida en búsqueda de su sabor más agridulce. Afirma Caro Figueroa: “El autor habla de sí, mas no incurre en la egocéntrica autobiografía. Apela al pasado, sin tejer un texto de historia, rastrea en la memoria, pero no se arroja al fondo del aljibe de la nostalgia. Relata viajes, aunque no es un libro de viajes ...”(9)
A propósito de todos estos aspectos hay que decir que la textura es rica porque abjura de una trama y estalla en anécdotas que van encabalgando la “región vivida” con el dato histórico (Belgrano y el Juramento); el prototipo humano fronterizo con la literatura que lo capturó para siempre (el gaucho Baltasar Guzmán y Manuel Castilla, el poeta por antonomasia). El ritmo discursivo se desplaza naturalmente de un plano a otro: lo que viene de la letra, lo que viene de la vida:


Nada que ver el General Belgrano, tampoco Don Baltasar Guzmán, con el ingeniero Alberto Giordano que apareció por la zona, rodeado por su equipo a finales de la década del setenta con un proyecto faraónico (...) rondaba los ciento treinta millones de dólares ...(182)


CAPÍTULOS FINALES

Todavía no hemos ingresado al segmento más comprometido de este libro cual es la idiosincrasia saltensis. En una factura un tanto diferente a los capítulos anteriores, el autor incursiona en la crítica a ciertos sectores de la sociedad de pertenencia. Lo que llamamos diferente radica en la estrategia discursiva del mono-diálogo que entabla el narrador con su amante, o mejor dicho a la inversa –“¡Oye, mal amante! (...) soy tu amante fiel (...) Todo eso [sabiduría, talento, equilibrio, humildad] me lo debes a mí “.

Esa simulación pone en boca de la literatura la demanda de escribir sobre la idiosincrasia del coterráneo.

Un dato que resulta sumamente digno de mención es que, pese a la retórica tan propia del registro poético, el capítulo V del que hablamos se inicia con una remisión cuasi científica. Tal como opera el ensayo en su más acabada realización aquí la escritura de Robles se vale de conceptos extractados de Imaginario social del grupo de poder salteño, libro del historiador León Pomer, autor vehiculizado por Rodrigo Alcorta (dicho sea de paso, seudónimo de Gregorio Caro Figueroa quien, como ya se dijera prologa La Comarca)
Como en cajas chinas nosotros comentamos lo que escribe Robles sobre lo que Rodrigo Alcorta reseña de León Pomer, pero lo sustantivo es que aquello de lo que hablamos es del imaginario social de la salteñidad, y ¿en qué se distingue la esencia provinciana de otra? Veamos: se alude a los falsos linajes, a la opería solemne, a la hipocresía, a las prácticas religiosas, a la escasa afición al trabajo, a la especulación económica, en fin, pautas culturales no muy diversas de lo que define un jujeño o un riojano, pero Robles coincide con la mirada crítica de un libro reciente de Martín Capa rrós –se trata de El interior publicado por Planeta. Sólo que el escritor porteño cree conocernos por haber visitado superficialmente uno que otro espacio citadino, entre ellos el Club 20 de Febrero, ámbito del que saca conclusiones de cierta similitud con lo que Carlos Robles define como el imaginario de las glorias pasadas. A Robles lo habilita una larga convivencia y una maceración del pensamiento sobre nosotros mismos , que un porteño de paso por Salta, no puede tener.

Desde luego que en esta lectura hacemos caso omiso de numerosas anécdotas a expensas de las cuales se demuestran los rasgos definidores de quienes somos como colectivo sectorizado, por no decir estamentado.

No nos parece casual que en la estructura del libro haya quedado para el final el capítulo más rico como testimonio crítico; “Bohemios y creativos” alberga apreciaciones sobre las prácticas noctámbulas de escritores y artistas en general. Se hilvana, como en todo el texto, a partir de episodios compartidos, sea como testigo directo, sea a través de referidos. Desfilan nombres muy importantes de la poesía, de la pintura y de la música que aparecen no necesariamente “rodeados de rocío”, sino mezclando alcoholes en una memorable Nochebuena en Chicoana por un verano del ´45. Hablar de esa semana del arte en el Valle de Lerma, protagonizada por figuras como la de Ramiro Dávalos o Carybé; soñada por Manuel Castilla o Aráoz Anzoátegui es el umbral que a la escritura le permite desplazarse hacia la bohemia improductiva, sobre la que cae con feroz juicio:

(...) los personajes que a diario cruzamos en nuestro quehacer, músico, escritor, poeta, envueltos sin más en una telaraña de mezquindades, en una falacia que de eso tiene mucho nuestro medio; sofocados por los bohemios trasnochados en alcohol e ideas de neto corte destructivo, sacuden las estructuras de las instituciones formadas para el desarrollo de las artes...(331)

Y es a apropósito de los juicios lapidarios que el narrador asesta a un segmento del campo intelectual salteño (en términos de Pierre Bourdieu) que podemos actualizar lo que al comienzo de esta exposición dijéramos del autor: su activismo del hacer y del deber ser. Leer La comarca amerita tomarse un tiempo para meditarla como referente y como representación literaria, y justificaría un trabajo crítico de mayor espesor académico que esta reseña en la que apenas se consigue anticipar el contenido del texto. No se desarrollan por ahora aspectos discursivos de tanta significación como la visible incorporación del refranero español y criollo, ni se releva la evidente recurrencia al tópico del apareamiento. Se elide reconocer y aquilatar las derivas a otras lecturas, pero lo que no se puede ignorar es un marcado tono pontifical (si cabe el término fuera del contexto religioso). Es más, se podría contar las veces en que explícitamente se elige el vocablo “admonición” lo que pone al desnudo cierto posicionamiento del escritor respecto de la función de la literatura, o al menos de su literatura.

En suma, La comarca generará inquietudes y escozores: a la crítica porque no es un texto fácil de asir , a los lectores locales porque no deja títere con cabeza, porque cala hondo con el punzón de la ironía. Es a todas luces un texto capaz de aportar a los estudios culturales que desde perspectivas comparatísticas exprimirían el jugo más salado sobre la controvertida identidad de espacios interiores pertenecientes a los países de América latina.

Amelia ROYO
Universidad Nacional de Salta

 

     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
 
 
  
 
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