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Eduardo Falú

"Con la guitarra, hasta la muerte" 

"Mi relación con la guitarra es muy armónica y afectuosa. En el medio siglo que dura, ella y yo aprendimos a tenernos paciencia. Presiento que es un vinculo que seguirá hasta que nos separe la muerte". Desde los once años Eduardo Falú ciñe la cintura de ese sensual instrumento, mágica transmutación del cuerpo de mujer. La guitarra hizo crecer a Falú, es cierto. Pero no lo es menos que su espíritu y talento le dieron en la Argentina su mayoría de edad y blasones de clasicismo.


Su metro ochenta y pico de altura están abrigados del frío del pulover cuello alto y pantalón de pana que combina con una boina verde musgo; le dan apariencia de aldeano vasco escapado de las pinturas de Zuloaga o Zubiaurre. 

Hace 42 años que vive en Buenos Aires, donde llego con Cesar Perdiguero y comunes sueños. Pero cuando regresa a los tiempos de La Candelaria y los Marrupe aflora intacta esa tonada salteña de las mocedades. 

 


Dos hijos, cerca de cincuenta discos grabados en la Argentina y en Europa, centenares de composiciones, miles de conciertos y kilómetros recorridos por todo el mundo, mas de un millón largo de discos vendidos, obras en colaboración con Borges y Ernesto Sábado, premios, un libro editado en España sobre él: contabilizar la obra de Falú es aproximarse a la epidermis del fenómeno más universal que ha producido Salta. Esa cuantificación deja de lado, sin embargo, estimar esa madera especial de las que están hechos Falú y su guitarra.

"No, no quiero dejar la guitarra. A los sesenta años Segovia penso dejarla, pero no pudo. Pienso seguir en esto mientras duren los dedos. Los médicos dicen que lo ultimo que envejece son las manos". Esas manos están ahí, gesticulando o juntas encima del escritorio. Son largas como el cuerpo, manchadas por el tiempo. Tiene el pelo que escasea en la cabeza. Las uñas despuntan firmes y ellas, como la mano toda, parecen barnizadas, levemente brillantes.

Esas manos, esos comienzos.


"No, no les doy cuidados especiales. Soy descuidado, mas bien. Cambio las gomas del auto, hago cosas. Si rompo una uña me embromé. No puedo tocar. Utilizo yema y uña. La cuerda pisa ahí y resbala por la uña: ese es el sonido mas redondo porque el sonido de uña sola es muy flaco y si fuera de yema sola es muy débil, bonito pero débil". Los callos están durmiendo sobre as yemas. Sin ellos no podría tocar, Segovia los mimaba. Esas manos tiene alma, guardan la memoria de años.

A los once años rasgó por primera vez la guitarra. Le atraía tocarla y a escondidas de sus padres pulsaba la de su hermano Alfredo, quien en rigor de verdad introdujo la música en aquella casa de Metán. Alfredo anduvo luego por la abogacía y Eduardo fue el artista de una familia de cinco hermanos. "Nací en "El Galpón" pero pronto mis padres nos llevaron a Metán, donde me crié y fui a la escuela", recuerda.

Falú reconstruye las imágenes de pantalón corto con su hermano Ricardo yendo al río de aguas cantarinas que lamían las caprichosas formas de las piedras, esa lujuriosa vegetación, los cerros voluptuosos. "Ibamos allá para que tomaran agua los caballos de mi tata. El viejo andaba siempre viajando por Anta, Joaquín V. González,. Comprando lazos, guardamontes, quesos, cueros de los criollos. Y vendía mercadería. Teníamos un almacén en Metán que olía a lonjas de cuero, a mercadería, a querosén".

Las tenidas en Salta

No había lujos, dice. "Aunque se tuviera plata no podía haberlos como ahora. No había heladeras, se compraban las barras de hielo". Quizás el único lujo era el paisaje y esa libertad de chicos que continuó a los 9 años en Salta. Allí fue el matrimonio sirio de los Falú. "Entonces conozco la guitarra. En ese tiempo los peluqueros la tenían y tocaban entre corte y corte. Recuerdo a un señor Odilón Isidoro Rasguido - que luego tuvo mimbrería-; a Corvalán, que tocaba el mandolín; al maestro Díaz, que era pintor de brocha gorda. Y el Payo Solá, el Dúo Gauna - García, eran estrellas".

Guitarra procede directamente del árabe. ¿Alguna cuerda secreta de viejísimos ancestros no se habrán movido en Falú cuando abrazó ese instrumento? Misterio que va más lejos que la coincidencia de orígenes, "Mi padre no quería que tocara. Por entonces ser músico era el mejor pasaporte para la farra y la vagancia". Falú fue discípulo de sí mismo. "Años después estudié un poco de armonía con Carlos Guastavino. Pero mas que todo fue mi intuición la que llevó a hacer lo que hice", refiere. Fue además su propio maestro. Leyó mucho sobre guitarrística española, a Sor, a Aguado, a Domingo Prats, "comencé a tejer lo popular con lo clásico, a dar otra dimensión a lo folclórico. Algunos dicen que hice un puente entre ambas cosas, esa fue la tarea de toda mi vida".

Su primera escuela estuvo en las "tenidas" de Salta donde circulaban gentes como "El Burro" Lamadrid, los Dávalos, Roberto Albeza, Perdiguero, Manuel Castilla. La casa de los Marrupe era número puesto. También la de Cesar Pereyra Rosas en Tres Cerritos o "en lo Batiti". "Era muy lindo. No había avidez de hacer negocios, predominaba el lirismo, la amistad. Nos juntábamos sin pensar que había que trabajar al día siguiente. Era un tiempo de músicos, de poetas".

Llegar a Buenos Aires


          

Con Perdiguero ("gran muchacho, ingenioso, con talento creador") escribieron "La tabacalera" alegato social no partidista; "nos levantamos contra las injusticias sociales", explica. Luego vino "soñando con la cosecha", con Jaime Dávalos y mas tarde "Sueño americano" y otras. "No esperamos que sucediera lo de Malvinas para descubrir que la unidad latinoamericana era fundamental para nuestros pueblos". No todo fueron protestas. El amor marcó la música y las letras de los temas de Falú.

Una de sus primeras guitarras fue una que mandó a comprar don Gualberto Barbieri en la Antigua Casa Nuñez. Mozo aún, Falú propuso enseñar guitarra a los presos de la cárcel salteña que Barbieri dirigía. " Me tocó enseñar en épocas de santos Ramírez, que había puesto en jaque a la policía. Hombre duro, correntino y macanudo fuera de sus cosas que actuaba a dúo con Doroteo Hernandez. Allí tuve mi primera guitarra. Aún no había "luthiers" en Salta", cuenta.

En 1945 llega a Buenos Aires. Gente de Radio El Mundo los había escuchado en Salta y le ofrecieron los micrófonos. Perdiguero se volvió pronto. Buenos aires era un monstruo intimidante que solo ofrecía un incierto futuro. "Aquí trabajé en "Sagaró", donde pasaron los hermanos Abalos, Ariel Ramírez, Yupanqui. El folclor recién estaba calando en la gente. Era para un publico muy selecto solo se escuchaba tango, boleros, música extranjera. En Salta había actuado antes con Lamadrid y con el maestro Lo Giudice en Radio LV 9 todos los días. Lo primero que compuse fue un trémolo "La fuga del Sol", de tipo incaico. Tuve mi primer éxito con " La artillera". Grabé mi primer simple en 1950 en el sello T-K. Fue "La vidala del nombrador" de un lado. Antes hice discos para Buenaventura Luna y salieron con el título de " La tropilla de Guachipampa".

De Salta al mundo

Falú comprendió que no bastaba estilizarla música. Tuvo oído para escuchar a los poetas. Con Perdiguero y Dávalos empezaron a transformar las viejas letras de un pintoresquismo ingenuo de color "fiestero" y darles vuelo poético. "No podía subestimarse a la gente. Pusimos poemas dentro de las canciones. Esas letras eran como cantos rodados, andaban de boca en boca, se prendían al recuerdo y el corazón del pueblo. Jaime se tomó algunas licencias poéticas bastante audaces para la época".

Luego se le abrió el mundo. La consagración en Buenos aires, donde sus discos tiraban arriba de 20 mil ejemplares por edición, abrieron esas puertas. De pronto se encontró con la unión Soviética (1959), los Estados Unidos, Europa. En el 63 está en Japón donde en cinco años ofrece mas de 200 recitales. "Después querían que en 6 meses diera otros 200. Llegué a los 80 y quedé agotado", confiesa. No hay pueblo ni aldea japonesa donde su guitarra no haya tocado las fibras de los nipones. En los Estados Unidos en 1964 lo ovacionaron de pie y la prensa de San Francisco no recordaba en 60 años un suceso guitarrístico como aquél.

Aprendizaje, las cuerdas

Falú ha actuado en los teatros mas importantes del mundo. Hasta en el Colón varias veces. Pero opina que el nuestro es más un símbolo de consagración para un concertista de guitarra y un sitio apto para opera y ballet que un escenario ideal para la guitarra. "El micrófono y la guitarra no van juntos. Todo se desvirtúa si se pone sonido artificial, se prostituye, dice Segovia. En todo el mundo se prefiere el sonido natural".

Con él se puede hablar horas sobre el cuerpo de la guitarra. Tuvo muchas: "Usted sabe, una guitarra no tiene una vida muy longeva. A los 20 años comienzan a ceder las maderas, les afecta el cambio de clima. Siempre hay que probar guitarras. La que prefiero es La Fleta de Barcelona, con ese sonido tan humano, pastoso. La madera debe ser de gran nobleza, estacionada. Y claro, el arte del luthier. Los japoneses las hacen excelentes. Cuando comencé a ir allá me observaban la guitarra, la medían. Ahora la logran como las mejores y hay allí mas de 2 millones de estudiantes de guitarra clásica".

Las cuerdas de nailon han sustituido hacia 1945 a la de tripa. "Los guitarristas hacemos de tripas corazón", bromeó una vez Andrés Segovia. Falú las recuerda: "sonaban muy bonito, distinto. Parece ser que todo lo que tiene que ver con la vida está poseído de algo especial, tienen una resonancia especial la madera, las cuerdas".

"Esta es una profesión muy agradable. Jaime decía que servía para ponerle palabras y música al silencio del pueblo y mire, tengo muchos premios, pero siendo enteramente sincero puedo decir que el mejor premio es el que me da la gente con su aplauso. Y no me lo quedo como un aplauso para disfrutarlo con egoísmo. Lo siendo como un aplauso para mi país, para mi provincia. El hombre es tierra que anda. Todo lo que uno tiene adentro y entrega en el arte es lo que su tierra le dió para nutrirse. Tocar me llena de alegría y felicidad, me ayuda a vivir".
 

 

     
     
     
     
     
     
     
     
     
     
 

 

 

   
  

 

 
 
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