Los problemas que no se abordan y aquellos que no se comprenden
suelen convertirse en crónicos; dejan de ser meramente de coyuntura y
tienden a adquirir carácter estructural. La incorporación de
innovaciones globales no acompañadas de reflexión ni sujetas a
procesos de apropiación local pueden resultar implantes artificiales
los que, lejos de ser expresiones de modernidad, terminan
reproduciendo y reforzando estructuras de atraso.
Edgard Morin afirma que hay un derecho a la reflexión. Alain Touraine
sostiene que "nuestras sociedades necesitan más reflexión para evitar
lo que Beck llama la reflexividad inconsciente y no intencional, es
decir, la capacidad de aquéllas de exponerse a riesgos que pueden
conducir a su destrucción".
Creo que nosotros tenemos no sólo el derecho sino también la
obligación de reflexionar y comprender, promoviendo un activo
intercambio de nuestras reflexiones a través del diálogo personal y de
la comunicación social. La falta de diálogo y de comunicación hacia el
interior de nuestra sociedad, nuestro mutuo desconocimiento, los
prejuicios y enconos personales o de grupo, rayanos en el canibalismo,
no son la plataforma más adecuada para que argentinos y salteños, sin
ignorar las actuales dificultades pero trascendiéndolas, podamos
pensar el futuro.
Previa o simultáneamente tenemos que superar nuestra propensión a
suplantar lo racional por lo mágico y emocional, la complejidad por
esquemas e interpretaciones simplistas, la reflexión y la crítica por
certezas y dogmas, y las ideas por consignas y retóricas de barricada.
Tenemos pues por delante una tarea ardua y de largo plazo: superar
nuestra disposición natural a simplificar lo complejo y a complicar lo
simple. Encarar tal tarea es una condición necesaria para reflexionar,
intentando explicar y comprender nuestros problemas. Añade Morin que
"La complejidad es una palabra problema y no una palabra solución".
Uno de esos problemas no resueltos en la Argentina, sobre el que hay
pendiente un trabajo reflexivo iniciado en el siglo XIX pero aún
trunco, es el referido a la articulación del todo nacional con sus
partes constitutivas y el de nuestra vinculación con el resto del
mundo. Es obvio que esta vinculación no sólo debe tener en cuenta la
arquitectura del nuevo orden mundial: también deberá hacerlo con los
cambios que están construyendo un nuevo tipo de sociedad.
En un cuarto de siglo los argentinos pasamos del entusiasmo ingenuo
por diseñar o demandar modelos o proyectos de ingeniería social y de
país, al pesimismo malhumorado y al desinterés por todo aquello que no
tenga que ver con el corto plazo, lo inmediato y lo sectorial. Pasamos
del combate ideológico más encarnizado no sólo a la indiferencia sino,
a veces, a un rechazo casi visceral respecto a las ideas y al debate
en torno a las ideas. El exceso de ideologismo es uno de los síntomas
de la orfandad y pobreza en materia de ideas.
Este ensayo pretende ser un primer bosquejo en torno a los problemas
que hoy surgen de la confrontación y el contraste entre lo local y lo
global.
Lo federal, lo regional, lo global
Durante el siglo XIX y gran parte del XX, la Argentina trató de
enfrentar los problemas que plantea la relación, articulación,
tensiones y equilibrio entre Nación y provincias apelando al
federalismo consagrado como forma de gobierno por la Constitución.
A mediados del siglo XX, a instancias de la planificación regional que
despuntó en la Europa de posguerra, apareció remozada la propuesta
regionalista esbozada por algunos intelectuales como Bernardo Canal
Feijóo, quien actualizó ideas expuestas por Ricardo Rojas a principios
de siglo e impulsadas por gobernadores del Noroeste en la década de
1920.
Imperfectos e inacabados en su realización, y por momentos
superpuestos en el tiempo, federalismo y regionalismo no alcanzaron
una adecuada implementación en el campo institucional. Tampoco fueron
asumidos socialmente ni percibidos como ámbito de participación
democrática a escala local.
Sin haber ajustado aún cuentas ni con lo federal ni con lo regional,
hoy despunta lo global como realidad que condiciona la relación de la
Argentina con el resto del mundo y que también impone la necesidad de
replantear la articulación entre provincias y Nación hacia el interior
de nuestras fronteras.
Lo federal, lo regional y lo global, términos cargados de enorme
fuerza sugestiva, se nos aparecen, en ese orden, como representaciones
de nuestro pasado, de nuestro presente y de nuestro futuro. Más no se
trata de etapas sucesivas ni de instancias ascendentes, donde una
supera y anula a la anterior. Lo federal, lo regional y lo global
coexisten, se entrecruzan y entretejen ante nuestra mirada perpleja y,
a veces, temerosa.
Antes que asistir a una puesta al día del federalismo y del
regionalismo a la luz de los cambios a escala mundial, en la Argentina
parece afirmarse la tendencia a utilizar a ambos como anacrónicas
armas arrojadizas al servicio de las confrontaciones políticas.
A través de esas confrontaciones se dirimen las pugnas y regateos por
la distribución de recursos. En virtud de ese mecanismo, entre 1992 y
1999, el gasto público provincial registró un incremento del 70 por
ciento. Gran parte de esos recursos, antes que estimular el desarrollo
económico, fue objeto de dilapidación y fue usado para lubricar
aparatos prebendarios y clientelares.
Hoy nuestro federalismo amenaza con transformarse en una engañosa
cobertura de intereses políticos locales dominados por un caudillismo
esclerosado devenido en corporación sustituta de aquellas otras que
dominaron la escena durante casi todo el siglo XX. Que el 75 por
ciento de los cargos electivos en provincias permanezca en las mismas
manos a lo largo de los últimos quince años, da cuenta acabada de tal
esclerosis.
Federación y confederación
Desde el inicio de la transición democrática esa tendencia se
manifestó como deliberado retorno a los equívocos y la confusión en
los conceptos - y en la práctica - entre la naturaleza
jurídico-política de un Estado confederal ( o una confederación de
Estados) y los de un Estado federal.
Se confunde federalismo con confederacionismo, insinuando o
reivindicando que las relaciones entre estados provinciales y Nación
deben establecerse y vertebrarse mediante acuerdos o pactos entre ésta
y una liga de estados cuasi independientes, dotados de moneda propia,
donde "se insertaría el principio de la soberanía compartida" y en
donde se produciría un manejo también compartido de las relaciones
exteriores.
Según esta concepción, el federalismo no sería un sistema mediador
entre Nación y provincias y, por ende, una de las formas que, en el
plano local, asume la participación democrática de los ciudadanos,
sino un instrumento de ese localismo puesto al servicio de intereses
patrimonialistas.
No puede hablarse de federalismo genuino si, detrás de su fachada, se
oculta un manejo patrimonialista del poder acompañado del ejercicio de
un poder alérgico a la competencia democrática; refractario a la ética
pública; poco tolerante, cuando no hostil, a la crítica opositora;
dotado de fuertes recelos hacia la justicia independiente y
escasamente sujeto a controles y contrapesos institucionales.
Así como los gobiernos de facto se empeñaron en presentarse como
encarnación de la Nación, los caudillismos amagan encerrarse bajo su
caparazón localista pretendiendo erigirse en paladines del honor y en
cabales y únicos intérpretes de los intereses provinciales.
El replanteo federalista no debe confundirse con la mayor
concentración del poder en las jurisdicciones locales. Por el
contrario, debe abrir el camino hacia una mayor distribución del
mismo. No debe servir para consolidar desigualdades sociales internas
sino que, por el contrario, es necesario que contribuya a reducirlas
gradualmente.
El federalismo debe ser entendido como la ampliación de la democracia
en el ámbito territorial y como su profundización en el campo social,
teniendo como punto de partida la iniciativa de la sociedad civil
capaz de influir en la extensión de las libertades y en la conquista
de crecientes grados de autonomía personal.
De lo que se trata es no sólo de imbuir de contenido federalista a la
democracia, sino de democratizar el federalismo, sustrayéndolo de las
manipulaciones de los personalismos localistas. Al federalismo
meramente defensivo o de confrontación hay que oponerle el de
cooperación; al que tiende a la disgregación, uno integrador; al
meramente caudillista, un federalismo social; al que se limita a
formular reclamos al poder central transfiriéndole responsabilidades
propias, hay que exigirle responsabilidad y coherencia.
El federalismo será una de las manifestaciones del ejercicio efectivo
y pleno de los derechos y de las libertades democráticas de los
ciudadanos desde las instancias locales más próximas, o no será.
El espacio regional
De igual modo, el regionalismo está siendo distorsionado al ser
reducido a una suma aritmética de provincias más o menos afines y
contiguas, esporádicamente reunidas en efímeras ligas de gobernadores
que, de forma indistinta y periódica, convierten a esos ámbitos en
instrumentos de presión frente al poder central, siempre que éste no
coincide con el signo político que predomina en lo local.
El concepto de región y la cuestión regional están demandando un
profundo replanteo. ¿Acaso es la región la única manera de dividir, de
representar y de pensar el espacio, como plantea Ives Lacoste? Al
proceder de este modo ¿no corremos el riesgo de dejar de lado "lo
esencial de los fenómenos económicos, políticos y sociales"?
En los años sesenta, los gobiernos militares, los nacionalismos
populistas y los de izquierda compartían una visión fuertemente
estatista, planificadora y centralizadora. Lo regional era lo nacional
a escala. Era, además, un banco de pruebas para diseñar planes de
desarrollo económico o para trazar políticas de promoción social. A
los especialistas nada los dejaba satisfechos "si no era la creación
de un gran espacio nacional homogéneo configurado por numerosos
espacios regionales también homogéneos", señala Sergio Boisier.
Hoy la antigua percepción del espacio, y también las viejas nociones
en torno a él, se han hecho añicos. "Los espacios se fragmentan. Los
territorios se difuminan, los lugares de debilitan". No conviene
seguir pensando el espacio nacional o local con cartografías antiguas.
El concepto de espacio de las sociedades tradicionales está siendo
sometido a profundas modificaciones.
La región está dejando de ser "el más pequeño espacio geométrico en el
que los hombres reconocen entre sí una relación diferente (o más allá)
a la consanguínea" (Philippe Aries. Ensayos de la Memoria 1943-1983).
El espacio se encoge, el tiempo se comprime. "El espacio se emancipó
de las restricciones naturales del cuerpo humano", dice Bauman.
"El espacio es ahora creado por la ingeniería humana en lugar de la
providencia divina; artificial en lugar de natural; mediado por la
herramienta en lugar de inmediato al cuerpo; racionalizado en lugar de
comunal; nacional en lugar de local", explica Thimothy Luke. El
espacio "es hoy un sistema de objetos cada vez más artificiales". Está
formado "por un conjunto indisoluble, solidario y también
contradictorio, de sistemas de objetos y sistemas de acciones",
refuerza Milton Santos.
Frente a este fenómeno, carece de sentido seguir pensando en la región
en términos territoriales rígidos. Los límites de una región son ahora
flexibles, digitales, virtuales. Las redes de información están
redefiniendo anacrónicos conceptos en torno a la región.
Tres esferas
Con intensidad y extensión que no reconocen precedentes vivimos hoy,
simultáneamente, en tres mundos: en la esfera de lo privado, en el
ámbito local más próximo y en lo global que, de modo omnipresente,
aparece una y otra vez hasta en los aspectos más triviales de nuestra
vida cotidiana. "El yo ha perdido su unidad, se ha vuelto múltiple",
señala Touraine. Reflexionar sobre la relación entre estos tres
mundos, además de un ejercicio intelectual, es una insoslayable tarea
que nos impone nuestra época.
¿Es posible saltar, sin mediaciones, desde el localismo más estrecho a
lo global más abarcador? ¿Se puede implantar una modernidad, que sea
algo más que su apariencia, sobre el atraso económico, la inequidad
social y el caciquismo político?
¿Se puede concebir lo global sin un punto de referencia en lo local?
¿Es bueno que lo global se instale sobre los escombros de la cultura
particular y local? O, como pregunta Paul Ricoeur, "¿Hay que arrojar
por la borda el viejo pasado cultural que ha sido la razón de ser de
un pueblo?".
La globalización es una palabra que ha terminado por ocultar el
complejo fenómeno que con ella se quiere designar. A fuerza de ser
repetida para ornamentar discursos y despojada de su significado, se
empobreció hasta convertirse en un lugar común vacío de contenido.
Para la fantasía de algunos lo global es un fenómeno irresistible,
envolvente. También es un lugar remoto al que se accede y que está
situado arriba y adelante: es un futuro que se parece a un paraíso o a
una promesa de alcanzarlo. Quedar fuera de él es permanecer condenado
a sobrevivir en el atraso y a la intemperie.
Para las visiones simplistas, lo global viene aquí no sólo a ocupar el
sitio de lo externo y lo extraño sino que lo hace de un modo
concentrado y potenciado, multiplicando las tendencias que apuntan a
fortalecer la hegemonía y la búsqueda de uniformidad cultural y
homogeneidad inherentes a las superpotencias.
Hoy, empero, estas tendencias parecen compatibles con crecientes
niveles de descentralización. La hegemonía no está referida al control
de las periferias por un centro espacial único. Tampoco fomenta sólo
la negación de la libertad y el fortalecimiento del poder financiero
sino que puede estimular los espacios de libertad. No se trata de
rigidez sino de maleabilidad, de porosidad.
Ya no se trata de la amenaza de una nación más poderosa o de una
potencia imperial sino de una coalición de hecho conformada por los
países que concentran la riqueza y la tecnología. Ese conglomerado es
percibido como un anillo de acero que amenaza cerrarse sobre las
naciones y sus partes integrantes.
Los aperturistas a ultranza pretenden que la globalización sólo tiene
efectos benéficos, sin reconocer su impacto y consecuencias negativas.
La globalización "tiene efectos desestructurantes y dualizadores".
Implacables, las reglas de la competencia dejan fuera de ella a
enormes espacios territoriales. Vastos conglomerados sociales son
expulsados de la actividad económica formal, permanecen en el sector
informal. El trabajo se torna precario; se concentra la riqueza; crece
la pobreza y se profundizan las desigualdades sociales.
Los devotos y los encandilados por la globalización creen que hay que
tirar por la borda la memoria y la cultura local. Creen que la
modernización puede escribirse sobre la superficialidad de una tabla
rasa. Imaginan que accederemos a ella por la vía de una apertura
incondicional e indiscriminada.
Por su parte, los que recelan y rechazan su avance proponen un
encierro desconfiado, pasivo y defensivo. La inmovilidad se convierte
en un reaseguro contra los riesgos que entraña el cambio. Hay un
tradicionalismo que se nutre de un simulacro de tradición, de una
tradición débil, volátil y hecha más de gestos que de raíces.
Local y global
Las visiones simplistas de rechazo o aceptación presentan lo global no
sólo como contrapuesto a lo local, sino en antagonismo y como amenaza
a los espacios nacionales y, con más fuerza aún, a los más aislados
espacios locales.
Según este punto de vista lo local y lo global son mutuamente
incompatibles. Milton Santos recuerda que Braudel señaló que podemos
descubrir "el movimiento global por los movimientos particulares". Lo
uno es la negación de lo otro. No se puede aspirar a mantener rasgos
particulares y, de modo simultáneo, incorporar los universales. Visto
de este modo, lo global no sólo desdibujaría lo local, sino que lo
pulverizaría.
Observa Manuel Castells que los gobiernos locales afrontan hoy dos
dificultades. Por un lado, "su dependencia administrativa y su escasa
capacidad de recursos económicos". Por otro, el riesgo de derivar
hacia el localismo político "y el tribalismo cultural si la defensa de
la identidad se convierte en fundamentalismo".
La oposición entre comunidad-tradición y sociedad-modernidad se
replantea bajo la forma de una tensión entre cerrazón y apertura; o,
lo que es lo mismo, se manifiesta en la línea de tensión que va del
localismo a la globalización y viceversa.
Esta tensión no se resuelve automáticamente en favor de la
globalización en desmedro de lo local sino que parece encaminarse a un
fortalecimiento de las identidades, de lo propio y peculiar y de lo
comunitario y local dentro de la creciente tendencia globalizadora.
Pero lo local y lo global están interpenetrados. Recordemos que "el
funcionamiento en red había nacido a gran escala como redes de área
local, y las regionales conectaron entre sí y comenzaron a
extenderse.." .
Jordi Borja y Manuel Castells afirman que "Lo local y lo global son
complementarios, creadores conjuntos de sinergia social y económica,
como lo fueron en los albores de la economía mundial en los siglos XIV-XVI,
momento en que las ciudades-estado se constituyeron en centros de
innovación y de comercio a escala mundial".
Señala Alain Touraine que es indispensable dejar de oponer comunidad y
sociedad, salvando el abismo entre esas dos nociones. Talcott Parsons
habló de "comunidad societaria" con el mantenimiento de agrupamientos
de "solidaridad difusa y duradera" (étnicos, familiares, religiosos).
Tradición y modernidad
Se podría hablar de la necesidad de avanzar hacia una tradición
modernizada y de una modernidad con capacidad de asimilar los
elementos positivos de la tradición. Para Anthony Giddens una
tradición "representa el imperio moral de 'lo que antes fue' en una
continuidad de la vida cotidiana".
El desarrollo no está determinado por las características culturales.
Es posible utilizar éstas de manera creativa para conectarse al mundo;
es posible tomar de la tradición los elementos favorables para hacer
frente a los desafíos actuales. El desarrollo, por otra parte, no
puede lograrse sin un sistema político verdaderamente democrático y
con un sistema equitativo de distribución de las riquezas.
Es un error suponer que toda tradición sea refractaria al cambio.
Parafraseando a Charles Peguy podemos decir que el cambio es el paso
de una tradición menos perfecta a una tradición más perfecta. También
es un error intencionado afirmar que la nueva sociedad debe edificarse
despreciando los valores y las normas sociales.
Algunos apologistas ramplones de la globalización sacan réditos
materiales de su ataque en bloque a la tradición. Para justificar su
desprecio a toda norma ética y jurídica, los grupos dedicados a amasar
rápidas fortunas necesitan ridiculizar y menospreciar los componentes
éticos que, aunque no en estado puro, están contenidos en nuestra
tradición política republicana.
El desprecio a esa parte de la herencia del pasado, ese "capital
histórico" que concurre a formar el "capital social", franquea el paso
al ancho campo de la corrupción política en el que no rige ningún
criterio moral y en donde la única norma válida es el logro de las
máximas ventajas económicas al menor costo posible.
Alguien tan insospechado de tener debilidades por el tradicionalismo
como Teodor W. Adorno, hace más de medio siglo, señaló: "no hay una
tradición y tampoco es posible conjurar a ninguna, pero cuando se
hayan extinguido todas las tradiciones, se iniciará la marcha hacia la
barbarie". Una modernización que se base en el repudio a toda
tradición está condenada a convertirse en una variante de la barbarie.
¿De qué modo se relaciona nuestra realidad local con estos fenómenos
en los que, sin pedirnos autorización, nos vemos involucrados?
Históricamente, desde el interior de la sociedad de Salta y desde la
observación externa de los viajeros, la nuestra es una sociedad
marcada por fuertes rasgos tradicionales.
Creo que tales rasgos tradicionales se apoyan en unas bases concretas:
se trata de una sociedad instalada en un espacio periférico en
relación al centro portuario. La enorme distancia que la separa de
Buenos Aires actuó como una natural barrera defensiva y acentuó su
carácter de periferia dentro de un país también periférico.
La "fricción espacial" influyó en los costos de producción y, por
ende, en los beneficios empresariales; en la excepción e incorporación
de tecnologías; en el flujo de información; en los rasgos culturales;
en las pautas sociales y en las mentalidades, proclives si no al
aislamiento, sí a un retraimiento receloso de las "modas" foráneas.
Milton Santos recuerda que, para Simmel, la comprensión de la
distancia es fundamental, señalando que a esta idea Werlen añade la
noción de "distancia funcional, dato esencial en el cálculo de los
costes".
El predominio de la población nativa que a lo largo de más de un siglo
se mantuvo en un 85 por ciento del total, y el escaso flujo de
inmigración europea se explican por esa distancia y ayudan, a su vez,
a explicar en parte los rasgos tradicionales de la sociedad salteña.
Distancias y encierro
Desde la segunda mitad del siglo XVI hasta finales del siglo XIX, al
utilizar la energía animal (de mulas, caballos y bueyes) para el
transporte de personas y mercancías, la relación distancia/tiempo
permaneció sin variaciones. Para cubrir los 1.600 kilómetros que
separan Salta de Buenos Aires, se empleaba hasta seis meses.
Con la llegada del ferrocarril hacia 1889 se empleaban entre 40 y 48
horas en cubrir ese mismo recorrido. Desde 1991 está paralizada la
vinculación ferroviaria con el resto del país. En la década de 1930
los primeros viajes en automóvil redujeron ese tiempo. Hacia 1940 los
primeros y escasos vuelos comerciales de cabotaje, utilizados por un
pequeño número de usuarios, permitieron unir ambas ciudades en siete y
hasta en seis horas. Hoy, en esos mismos vuelos, con más frecuencias
diarias y más de 130.000 usuarios al año, se emplea una hora y
cuarenta minutos para cubrir esa distancia.
Más que geográfica, la distancia es ahora social y está referida al
nivel económico, la infraestructura, la fluidez de las comunicaciones
y los servicios: Buenos Aires queda a una hora y cuarenta minutos y a
poco más de 300 dólares. Lo periférico no es ya una posición espacial
en relación a un centro: marca, sobre todo, una distancia social que
se profundiza.
La incorporación de medios de transportes más veloces "fue el factor
principal que dio lugar al típico proceso moderno en que se erosionan
y socavan todas las 'totalidades' sociales y culturales arraigadas",
anota Bauman. Este factor contribuye a acelerar la transición de la
comunidad y lo tradicional a la sociedad y algunos rasgos de lo
moderno.
El encierro espacial tiende a ceder. Una mayor plasticidad sucede a la
rigidez de las limitaciones y obstáculos territoriales. Al hacerlo,
ensancha una avenida de doble mano: por allí no sólo ingresan
personas, mercancías e influencias foráneas; por allí pueden circular
esos mismos factores "desde adentro hacia afuera". El tradicionalismo
tiende a ver sólo una de esas manos: la que facilita el acceso a lo
que se percibe como desembarco adentro de lo que viene de afuera.
Los flujos en ambas direcciones se intensifican, se tornan más fluidos
y, al hacerlo, posibilitan contactos e intercambios que incluyen
personas, mercancías, información, ideas e influencias. Lo global se
localiza y lo local se ve atravesado por lo global. Mc Donald's
coexiste con la empanada, y el jean con el poncho. Lejos de apuntalar
la uniformidad, ese proceso multiplica los intercambios, las mixturas
y los procesos de hibridación cultural.
Competitividad y comunicaciones
La competitividad de una economía no se define por las ventajas de
antaño derivadas de su estratégica posición geográfica, de ser un nudo
de conexiones de caminos, de la fertilidad de su suelo o de la
abundancia de sus recursos naturales o energéticos. No basta sólo con
pruducir: "Es indispensable poner la producción en movimiento. En
realidad, ya no es la producción la que preside la circulación, sino
que es ésta la que conforma la producción", observa Milton Santos en
"La naturaleza del espacio".
La transmisión de información a tiempo real ("uno de los motores
fundamentales de nuestra era"), vence el obstáculo de la distancia en
el intercambio de información, de imágenes, mercado de capitales, de
flujos financieros, etc. Sostienen Jordi Borja y Manuel Castells que
las políticas de desarrollo económico territorial "deben basarse, de
ahora en adelante, en políticas de comunicación, informacionalización
y capital humano".
La competitividad se define ahora, señala Borja, por su funcionamiento
eficiente; por su inserción en los sistemas de comunicación de
carácter global y "buena información de los agentes sociales y
económicos de los procesos mundiales"; por tener instituciones
políticas "representativas, eficaces y transparentes" y por la
gobernabilidad basada "en la cohesión social y en la participación
cívica".
Cometeríamos un error si redujéramos el problema de las conexiones
territoriales sólo a la referida a Salta con Buenos Aires. Importan
también las vinculaciones con los países limítrofes y las que se
fueron estableciendo entre los distintos núcleos humanos asentados en
el vasto territorio provincial. En 1947 la provincia tenía 8.800
kilómetros de carreteras y caminos. Casi toda la red vial estaba
conformada por caminos de tierra o con ripio. Medio siglo después casi
2.000 kilómetros estaban pavimentados.
En 1947 funcionaban 3.400 líneas de teléfono en toda la provincia:
había una línea por cada 90 habitantes. Los aparatos estaban
concentrados en la capital donde había 3.040 líneas. El promedio era
un teléfono por cada 25 habitantes. Le seguía Metán con 110 líneas y
con un promedio de un teléfono cada 170 habitantes. Medio siglo
después había 72.100 líneas, distribuidas en todo el territorio
provincial. Esto es, un teléfono por cada 14 habitantes.
Hasta mediados de la década de los '80 del siglo XX las comunicaciones
telefónicas eran lentas y se hacían a través de operadores que
recibían pedidos condicionales que tardaban hasta veinte o treinta
horas en ser cursados. Las comunicaciones ahora no sólo son
instantáneas con el resto del país y del mundo, sino que el número de
usuarios de teléfonos fijos se ha multiplicado, además expandirse la
cantidad de usuarios de telefonía móvil.
Medios de información
Pasemos a Internet, "esa columna vertebral de la comunicación global a
través del ordenador" . En la Argentina, detrás de Brasil y Méjico en
Latinoamérica, hay 1.800.000 usuarios de Internet, según datos de
agosto de 2000. Esto da un promedio para todo el país de 4,6 por
ciento. El 68 por ciento de ese total se incorporó a la red en los
últimos dos años. El 67 por ciento de esos usuarios tienen entre 30 y
31 años. De acuerdo a una reciente encuesta el 15 por ciento de los
argentinos tiene acceso regular a Internet.
Aunque no disponemos de datos actualizados referidos a la provincia de
Salta, se estima que hay 15.000 usuarios, lo que hace un promedio de
1,2 por ciento. Según algunos especialistas, "La Argentina está
quedando rezagada de la revolución de Internet, porque desaprovecha
oportunidades que le permitirían ingresar en la era de la
información".
La restringida oferta informativa y de comunicación que prevaleció
hasta comienzos de los años '90, al combinarse democracia con la
incorporación (aunque aún débil) de las nuevas tecnologías de la
información, es sustituida por una multiplicación de los medios.
Aunque tenemos que advertir que semejante multiplicación no significa
aún que el sesgo localista esté experimentando una tenue apertura
hacia una visión más universal.
El libre flujo y el acceso a la información y la comunicación son
condiciones de una democracia ciudadana. "No hay ciudadanos activos y
responsables si no están informados y no tienen posibilidad real de
recibir y responder a los mensajes de los actores políticos y privados
que toman decisiones sobre la ciudad", afirman Castells y Borja.
Conviene, añaden, multiplicar todas las formas de comunicación, desde
las más tradicionales a las más modernas.
El largo dominio de una radio comercial sometida indirectamente al
control estatal junto a otra propiedad del Estado nacional, llega a su
fin empujado por explosión de decenas de emisoras Frecuencia Modulada,
que operan en la legalidad o en el ancho circuito informal. En 1997 se
podían sintonizar 151 emisoras: 5 de Amplitud Modulada y 146 de
Frecuencia Modulada.
Por su parte, la televisión por cable quiebra el exclusivismo del
canal único. La rápida difusión del vídeo permite mayor libertad para
una programación individual. La proliferación de publicaciones
periódicas hace otro tanto en el ámbito de la prensa escrita. Estas se
han multiplicado desde 1983. Casi todas recogen fragmentos de la
realidad, pero ninguna se propone reflejarla con un mínimo de
amplitud, objetividad y pluralismo.
Gran parte de esas publicaciones reproducen el clima beligerante y la
tonalidad amarilla de las hojas y pasquines del siglo XIX. Muchas no
son medios de información o comunicación: son armas de presión de
grupos o sectores que buscan obtener ventajas o dirimir rencillas
domésticas y hasta querellas personales. No informan ni, menos aún, se
proponen divulgar ideas ni estimular la formación de la opinión
pública.
Concluimos aquí nuestro bosquejo. Deliberadamente, no incluimos
conclusiones cerradas ni recetas infalibles. Nuestra pretensión es
enunciar y tratar de relacionar algunas de las cuestiones referidas a
los problemas que plantean las vinculaciones entre localismo y
globalización. Esta búsqueda no debe ser individual sino
interpersonal, social. Para ello debemos explorar viejos senderos y
abrir múltiples y nuevos caminos. Si no reflexionamos sobre los
cambios, ellos se harán no sólo sin nosotros sino contra nosotros. Si
esto ocurre, no sólo permaneceremos ajenos a ellos sino que seremos
destruidos por ellos.