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Termas de Rosario de la Frontera 

Las termas de Salta antes del catalán Antonio Palau


Por: Lucía Solís Tolosa*

La fresca y deliciosa mañana del 14 de febrero de 1826, la comisión exploradora enviada por la “Potosí, La Paz and Peruvian Mining Association” de Londres, llegó al pueblo del Rosario. Integraban el grupo, dirigido por el general Paroissien que había participado en las campañas del general San Martín, sir Edmundo Temple, secretario; el joven doctor Juan Scriviner del departamento mineralógico de la compañía; el Barón de Czettitz, jefe de la sección técnica, y los auxiliares de viaje. Habían llegado a Buenos Aires el primero de diciembre anterior y, habiendo atravesado tierras de Córdoba y Tucumán, se dirigieron a Salta para pasar después a Tupiza.

Encontraron en Rosario secuelas de destrucción y tristezas que había dejado un reciente terremoto. Por boca de pobladores tuvieron noticias de una fuente termal cercana al pueblo, lo que estimuló el deseo de conocerla. Cabalgaron unas dos leguas a través de un bosque espeso, lleno de insectos, pájaros, otros animales y plantas que les resultaban totalmente nuevos y les producía alegría, refiere Temple. Llegados al pie de una montaña totalmente cubierta de árboles; la treparon por un sendero muy estrecho que los condujo a un espacio abierto, rodeado de grandes rocas y enormes árboles, donde aparecía como tallada una amplia gruta, por donde descendían, rumorosas y abundantes, las aguas que buscaban.


Rústico balneario
Al acercarse percibieron vapores y un olor sulfuroso que desprendían las aguas y advirtieron la presencia de varios hombres y mujeres que, sin separación de espacios, se bañaban en improvisadas piletas cavadas en el lecho de la corriente. Se sorprendieron de no encontrar ninguna construcción que ofreciera rústica comodidad a los bañistas que venían, a veces, desde sitios distantes para sumergirse en esas naravillosas aguas “extremadamente eficaces en las enfermedades reumáticas, como también en torceduras, contusiones y enfermedades cutáneas”.

La fuente termal está situada en medio de un paisaje hermosamente romántico, anota Temple. El suelo es fertilísimo: podría producir cualquier fruto para vivir y para gozar de la existencia; el clima es saludable y delicioso: no se conoce el rigor del invierno. La mirada más racional y calculadora, antes emotiva, de Temple achaca a la desidia de los habitantes el que no se haya explotado aún semejante riqueza natural. El viajero inglés imagina los beneficios que se obtendrían de la instalación de servicios adecuados para quienes van allí en busca de salud. Ellos darían “a los baños de Rosario tanto renombre como los más a la moda en Europa”.

Los viajeros subieron luego hasta una cascada. Uno de ellos sumergió un termómetro en la corriente; era tan caliente, que el mercurio se dilató de repente con una fuerza que rompió el tubo. Aunque el instrumento estaba graduado hasta 112 grados, no pudieron registrar la temperatura. Tampoco pudieron bañarse allí; para hacerlo, tuvieron que bajar por la corriente que se va enfriando, a medida que se aleja de la fuente.


Se podía cocer un huevo
Un indígena les informó que poco más arriba, en la montaña, había un pozo donde los huevos y choclos podían hervirse sin problema para ser consumidos. Lo mismo relató el ex presidente Sarmiento quien, en el año 1886, peregrinó a las termas buscando alivio para su salud, entonces muy quebrantada. Próximo a su muerte, Sarmiento escribió que en aquellas aguas puras y calientes los huevos podían cocerse “envueltos en un pañuelo”.

Temple observó que cerca de la fuente termal, fluía otra casi paralela, perfectamente fría y transparente. El doctor Scrivener, coincide en detalles del relato, que él hace más breve y despojado de comentarios referidos a la mentalidad de los habitantes. Los viajeros ingleses regresaron al pueblo por otro camino de vegetación selvática, que consideraron de encantadora belleza.

Las primeras noticias
Pero no fueron estos ingleses los primeros en dar noticias de las maravillosas fuentes termales. El chileno Filiberto de Mena, contratado en 1772 para presentar un informe al Rey sobre las riquezas de estas tierras, escribió que en las proximidades del antiguo Fuerte de Cobos “hállase bastante cera, grana para teñir, y miel de abejas, logrando el beneficio de un arroyo que tiene cercano a dicha fortaleza de un agua muy saludable, casi de color de vino atribuyéndosele por algunos físicos, que la causa de ser tan buena proviene de que corre por un zarzal, y otras yerbas medicinales, siendo cierto de que dicha zarza se ha hecho el experimento, y es a propósito para el morbo gálico”. El “morbo gálico” no es otro que la sífilis, que aparece constantemente como una de las enfermedades que puede tratarse con estas saludables aguas termales. Ellas serían las de nuestras termas.

Se sabe que los fundadores de la villa del Rosario tenían por costumbre y por lujo visitar con frecuencia las fuentes, “atribuyéndoles un origen fabuloso y virtudes misteriosas”. También se cuenta que las huestes de Güemes repusieron sus fuerzas en las bienhechoras aguas . Lo que es probable porque la finca de Dionisio Puch, su suegro, se encontraba no demasiado lejos del sitio, y en las inmediaciones hubo encuentros con las armas realistas.

Por su parte, el francés Martín de Moussy, que recorrió el país a partir de 1865 por encargo del presidente Urquiza y estuvo en la región Noroeste a principios de 1858, escribió: “En la provincia de Salta, contigua al pueblo de Rosario de la Frontera, en el macizo oriental que bordea luego las márgenes del Juramento, hay una fuente sulfurosa muy frecuentada por su eficacia, bien reconocida, en las enfermedades de la piel, escrofulosas y sifilíticas. Una fundación piadosa provee a las necesidades de los pobres quienes van en busca de salud a esos baños, los cuales, juntamente con los de Fiambalá, son los más conocidos y visitados de toda la Confederación”.

Producto de exposición
Con motivo de la Exposición Nacional de Córdoba, en 1870, la Comisión Provincial de Salta encargó sendos estudios sobre los recursos de la provincia a Federico Stuart y Francisco Host; ambos mencionan las aguas termales de Rosario de la Frontera, aunque señalan que, hasta ese momento, no habían sido analizadas. En 1875, Alejandro F. Cornejo remite muestras de las aguas a la Comisión Provincial para la Exposición de Filadelfia.

Tales antecedentes demuestran, sin dismuir un grano los méritos del doctor Antonio Palau, catalán residente en Tucumán, que él no descubrió las aguas, sino que fue quien supo apreciarlas científica, medicinal y comercialmente, desde que las conoció en 1878, cuando no tenía aun treinta años. Fue él quien, dos años después, con espíritu emprendedor y contando entonces con las ventajas del ferrocarril recién llegado, organizó la explotación tan largamente recomendada. Diez años más tarde, el químico Federico Schikendantz, por encargo del gobierno nacional, analizó por primera vez las aguas del Rosario. Un artículo publicado en los Anales del Círculo Médico Argentino en 1890, dió cuenta de los resultados terapéuticos obtenidos en la temporada 1888.

Manantiales salvajes
Lo que sigue es historia más conocida, sobre todo a partir del informe producido por la Comisión encabezada por el doctor Eliseo Cantón, quien dice haber conocido los manantiales “en su estado totalmente salvaje”, en 1875 siendo niño. Ya entonces algunas familias llegaban allí en invierno, instalaban sus carpas en un pequeño desmonte vecino, dispuestas a cumplir el ritual de los baños. El entonces presidente Sáenz Peña había encomendado a esa Comisión el estudio de las aguas termales de las provincias de Tucumán, Salta, Santiago del Estero y Jujuy, en 1894. El informe dió preferencia a las termas de Rosario de la Frontera “por su mayor importancia como aguas minerales, y por haberse levantado allí el primer establecimiento balneario con que cuenta el país”. La notable Memoria descriptiva de la Provincia de Salta. 1888-1889, de Manuel Solá, les dedica una página destacada.

Igual que las de Francia
Años más tarde, en 1914, Emilio Schleh dirá que, de acuerdo a un informe del Ministerio de Agricultura de la Nación (1912), “la Argentina es la única nación que a la par de Francia, puede presentar un conjunto tan completo de aguas minerales. Estas manifestaciones, más que a región alguna, corresponden a Salta, cuyas aguas terapéuticas y de mesa se han hecho famosas hasta en el exterior”. Entre ellas, el agua de mesa Palau, “consumida en todas partes”. Es de notar que la época de oro de las temporadas elegantes en el Hotel Termas, que era en invierno como llegó a ser después Punta del Este en verano, coincide con los años más prósperos y culturalmente más afrancesados de nuestro país.

Juana Manuela Gorriti, en uno de sus últimos libros, La tierra natal, publicado en 1888, relata un viaje a Salta en tren hasta Metán y luego en carruaje, que hizo dos años antes. De regreso, cuando pasa por la estación de Rosario de la Frontera, sube un caballero que venía de las termas. Ella lo interroga sobre una conocida, suponiendo que estaría disfrutando de la sociabilidad mundana que ya se había hecho costumbre en el lugar. Él explica que no es así, que su amiga está retraída porque la vida a que había dado lugar el refinado confort del hotel, le resultaba a ella como vacía en comparación con la alegre y llana sociabilidad que tenía lugar cuando las familias iban a acampar. Contó entonces una romántica historia acerca de un curioso personaje que resultaría ser un héroe nacionalista italiano.

Geología generosa
Se sabe que estas aguas tienen origen en una profunda grieta geológica, la misma que permite la afluencia de las otras termas, desde Río Hondo hasta Bolivia, o sea que no se deben a movimientos volcánicos. Acaso ¿se conocían estas fuentes antes de la llegada de los españoles? Se sabe también que los Incas, cuyo poderoso imperio se extendió hasta nuestra región y más al Sur, hasta la actual Provincia de Mendoza, construyeron una extensa red vial que, “además de unir puntos estratégicos del imperio, pasaban en parte por fuertes termales y en parte por minas” que ellos sabían explotar. Pero no tenemos testimonios de que ellos las conocieran, ni ha quedado toponimia indígena en el lugar.

Hasta donde conocemos, las aguas de Río Hondo son semejantes a las de Rosario, aunque afloran a ras del suelo y no caen en cascada. Pero allí sí se fijó una toponimia de lengua quechua: “Inti Yacu” (Aguas del Sol); “Supay Yacu” (Aguas del Diablo). Eso se debe a que el quechua penetró en el territorio de los Lules con los conquistadores españoles que venían acompañados por indios del Perú, y quedó como lengua dominante, desplazando al tonocotés que había predominado sobre el cacán. En cambio, en la región próxima a las termas de Rosario, los pobladores eran Matarás, descendientes de los Tonocotés, todavía recolectores-cazadores semi nómades. La ocupación territorial hispánica estableció la toponimia en castellano.

Geografía humanizada
Como dice Milton Santos, no hay elementos geográficos “puros”, sino paisajes materiales que se convierten en espacios por la presencia y la acción de los hombres que le otorgan significados. Así, nuestras aguas termales, fluyendo durante siglos, han sido “descubiertas” y luego aprovechadas por comunidades históricamente más evolucionadas, que progresivamente las conocieron más y más en su composición y sus efectos saludables dándoles un significado terapéutico, económico o social que va cambiando en el tiempo.

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* Licenciada en Filosofía e investigadora. Este texto se publicará próximamente en la revista “Todo es Historia” de Buenos Aires y es parte de un libro inédito. Derechos reservados en el Registro de la Propiedad Intelectual.











 
 
 

 

 

   
  

 

 
 
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